El duro oficio de ser decente

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El duro oficio de ser decente
Fecha de publicación: 
22 Agosto 2018
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No por gusto el nieto de mi amiga, al verla llorando a lágrima viva mientras una tubería de su patio echaba agua como indetenible surtidor, trató de consolarla desde la inteligencia de sus cinco años: «abuela, no llores más, cuando yo sea grande voy a ser arregla tuberías».

Le vaticino un próspero futuro como fontanero. Porque como en Cuba hay varias cosas de cabeza por estos tiempos, es seguro que el dinerito entrará a sus bolsillos con la misma potencia del agua que ahora brota a raudales de su patio.

Quien haya sufrido un salidero en su patio, una tupición en el fregadero, la rotura de una tubería en el baño —¡vade retro!—, la rotura de una ventana, de la cerradura de la puerta, la perreta de una olla arrocera o del refrigerador —¡válgame Dios!—, sabe de qué estoy hablando.

Claro, eso en el caso de que el sufriente no sea plomero, albañil, carpintero, cerrajero o electricista.

No voy a hablar de lo que se ha dado en llamar pirámide invertida, eso ya se sabe... y duele. Pero sí vale detenerse, como intento de indemnización a la abuela llorosa, en lo que significa para cualquier hijo de vecino con un salario medio hacerle frente a uno de esos desaguisados que ocurren en las casas.

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                                                          Lo de Ulises fue poco al lado de la odisea que hoy representa un trabajo de plomería, albañilería o cualquier otra reparación en un hogar cubano.

Lo primero es encontrar un trabajador realmente calificado, más o menos decente, y que no te cobre un congo. Luego viene la odisea de los materiales. Ulises, el legendario héroe de la mitología griega, pudo enfrentarse a cíclopes, a tempestades, pero difícilmente hubiera podido sortear esos monstruos porque, entre sus muchos atributos,... era decente.

Irremediablemente, hay que «comprar por la izquierda», pactar con choferes que usan transportes estatales y cobran como si fueran los dueños. No pocas veces hay que vender cosas, propias o ajenas, para poder pagar. No imagino a la abuela de este cuento como merolica, proponiendo de puerta en puerta licras y calzoncillos bóxer.

Se cuenta medio en broma, pero es bien duro. Cuando al final de cada jornada de reparaciones pones la cabeza en la almohada, te preguntas por qué tiene que ser así, por qué hay que incurrir en la ilegalidad para resolver el problema.

Claro, existe la canalita, está el «rastro» —tantas veces auditado, visitado por inspectores—, la ferretería... pero quien espere encontrar en esos espacios todo lo que necesita para una reparación de urgencia, probablemente pueda practicar nado mariposa en la sala de su casa, si el asunto es una tubería partida.

Eso, por no hablar de los precios. Una medio parienta, madre de dos adolescentes, divorciada y a cargo de su padre anciano, sufrió al inicio de este verano la rotura de su refrigerador y todavía está pagando el arreglo. Ahora, su frío está arreglado y blanquito como un coco. Es un coco por fuera y también por dentro: agua na’ má’.

Confiemos en que esas cosas también cambien, ahora que tantas cosas se replantean para bien del cubano. Y que el nieto de la señora con salidero en el patio no siga abonando su meta de ser plomero. No digo que sea indigno serlo —es tan digno ese oficio como el de albañil y cualquier otro, cuando se ejercen con decoro—, pero duele que el niño lo vea como el único camino para secar las lágrimas de la abuela.

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