De la vida cotidiana: «No quiero verlos sufrir»

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De la vida cotidiana: «No quiero verlos sufrir»
Fecha de publicación: 
11 Junio 2018
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Han pasado algunos días y todavía Dayana narra el hecho con pesadumbre. «Mi esposo llegó a la casa y, conociendo mi gran amor por los animales, me contó que un perrito lo había seguido hasta el portal. Ya soy dueña de dos y por ahora no puedo hacerme cargo de otro, pues, además, tengo a mi pequeña hija Livia, pero me disgusté muchísimo porque, de alguna manera, podía haber evitado que este llegara hasta nuestro hogar».

Aquella noche apenas pudo dormir. Sus sentimientos no le permitieron desentenderse del todo de la situación. Como quiera había que auxiliarlo. Dejó lo que estaba haciendo, le preparó rápido algo de comer, se lo brindó, y dejó el perrito a resguardo de la lluvia. Unas horas después comprobó que se había marchado y ella, aunque con pena, sintió que era lo más saludable.

En un encuentro familiar, la muchacha relató otras historias sobre esos seres indispensables, para quienes siempre ella ha sido un apoyo.  

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Lo había visto varias veces, y pensaba que laboraba en ese centro de trabajo en el municipio capitalino de Plaza de la Revolución. Sin embargo, un domingo, muy cerca del parqueo, donde habitualmente lo veía rodeado de los perros y de los gatos, lo encontré con la disposición de siempre.

Le pregunté su nombre y entonces supe que se llamaba Antonio, que venía de la estirpe de los Maceo, pero que como el apellido provenía de las mujeres de la familia, pues el ilustre nombre se había perdido por el camino.

La imagen que vi me sobrecogió sobremanera. Antonio llevaba en un nailon pequeños paqueticos de comida y con sus manos los iba alimentando, casi uno a uno. Una escena realmente conmovedora.

«Yo vivo cerca, por la calle Ayestarán, y hacer esto no me cuesta nada, están indefensos y viven en la calle. La gente pasa, los mira y sigue, pero a mí me da dolor y, mientras pueda, seguiré viniendo. Los animales me han demostrado cariño y lealtad, contrario a muchas personas».

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Muchas personas sienten gran cariño por los animales, y son capaces incluso de querer

a aquellos que no tienen dueños. Este no es Antonio, pero he tomado la imagen porque se 

trata de una escena similar.                                                                                            
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Ella estaba en su casa, hacía las tareas hogareñas, cuando recibió la noticia de que, en un lugar de La Habana, estaban tirados dos cachorritos. De manera rápida contactó con otra señora, quien pertenece a una de las redes para la protección de los animales. Entonces se pusieron de acuerdo para encontrarse en el lugar y socorrerlos.

Dejó lo que estaba haciendo, se vistió, caminó unas cuadras, y hasta tomó una máquina de diez pesos —me explicó—. Solo un pensamiento rondaba en su cabeza: «debía llegar a tiempo antes de que algo malo pudiera sucederles».

No había transcurrido ni media hora y ya ambas estaban en el sitio acordado. Buscaron las señales dadas, pero fue en vano. Caminaron, dieron algunos pasos y no los encontraron. Luego, sacando conclusiones por las condiciones del lugar, imaginaron por dónde habían salido, y pensaron que quizás la calle no había sido la opción. Una a la otra se dieron aliento y se marcharon cavilando que tal vez la suerte hubiera rondado a los perritos. Regresaron al día siguiente, esperaron a que llegara la dueña de la casa aledaña y comprobaron que los cachorros estaban bien.

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Felices, comprobaron que a los cachorros nada malo les había ocurrido.
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Él era flaco, de cincuenta y pico de años, y su acento no era el nuestro. Ella, joven, y evidentemente con «malas pulgas». Andaban con una perrita de raza, que al parecer estaba en celo porque, a su paso, atraía a otros animales.

Mi amiga Eva estaba cerca, vio la escena y no pudo contenerse. El hombre, incómodo, le tiraba piedras a quienes rondaban su «tesoro». Entonces se metió «entre las patas de los caballos», como quien dice: «¡Oiga, ¿por qué hace eso, le gustaría que se lo hicieran a la suya?!», le gritó de un lado a otro de la acera.

«A usted qué le importa, métase en otra cosa, no tenemos por qué aceptar que se le acerquen otros. Esta es la nuestra y es la que nos interesa», dijo en un español no muy bien pronunciado y al instante, tiró otra piedra.
 
Ante aquel drama doloroso, Eva siguió respondiendo. La pareja andaba y llevaban a la perrita con un arreo. El cuento parecía no tener final.

Hasta que la mujer no pudo más y le dijo: «Bueno, pues si usted quiere, pues llévese a todos esos animales churrosos para su casa, y no los defienda más».

Esas palabras la ofendieron tanto, que prefirió callar. No le quedaba más remedio. La propia historia la había «mordido» otras veces y por eso ya tenía en su casa a Peter, Toy, Julieta, Reina y Troya.
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Casos de este tipo abundan todos los días en nuestras calles. Los hay tristes, dolorosos, pero también —para un mayor consuelo— están quienes (al igual que Eva) se enfrentan a una injusticia o quienes han construido redes de ayuda y de solidaridad.

Son muchísimas las personas que sufren por los desmanes que esos seres desamparados sufren a diario —y estamos hablando solo de perros y gatos, pero también están los caballos, por ejemplo— y ante lo cual no hay protección legal alguna.

Una situación que, en vez de tener alguna mejoría, empeora por días, y ante los hechos de maltrato, crece la insensibilidad.

Rosa, una trabajadora de un asilo de ancianos en Cruces, provincia de Cienfuegos, contaba cómo en un patio aledaño al lugar construyeron una especie de perrera para recoger a los animales de la calle. Ella, desde una ventana, veía los atropellos a que estaban sometidos y sufría la realidad con amargura. «Conozco que mucha gente protestó, pero no sé en qué ha quedado el asunto», comentó.

El tema de la protección de los animales es recurrente en las redes sociales. Recientemente, una noticia conmovió a los usuarios. El presidente ruso, Vladimir Putin, apareció con un hermoso perro entre sus brazos, y así se daba a conocer que su gobierno establecerá altas multas para quienes atenten contra los animales callejeros.

putin cubasi
Vladimir Putin siente gran respeto y amor por los animales.
 
En nuestro país este es un asunto pendiente que pide una solución. Urge resolverlo, pues expresa —de alguna manera— cómo somos, sentimos y pensamos los cubanos sobre un tema que, por demás, no deja de ser humano.

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El amor por los animales se inculca desde la más temprana edad.

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