Lado a lado: folletín militante

Lado a lado: folletín militante
Fecha de publicación: 
10 Enero 2018
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Lado a lado es un folletín «militante». Al concebir un pseudo-romance para enmascarar un sinfín de activismos usaron la telenovela de tribuna y con ello opacaron su mensaje.

 
En dramaturgia, pienso yo, no hay error mayor que producir trama para decir cosas, cuando es mejor decir cosas produciendo trama.

 
Tal parece que los guionistas hicieron un inventario de contradicciones sociales, que distribuyeron mecánicamente en una sucesión sin originalidad ni grandes peripecias.

 
Cuando las miras con una lupa, percibes que Laura e Isabel, no tienen más función que ilustrar cuanto prejuicio existiera en el Brasil de principio de siglos y luchar contra ellos.

Su trayectoria en tanto heroínas románticas importa menos que su posición en la época y el posicionamiento con respecto a ella.

 
José encarna cada lucha que tuvo el «movimiento negro» (inexistente entonces, pero tratado como tal) y sin excepción participa en todos sus sucesos, reales o ficticios.

    
Édgar es otro dechado de virtudes: ha estado en el barco, en el cuartel, escribe bajo un alias en pro de los oprimidos y las causas justas, increpa la corrupción del padre, etc.

Sólo peca cuando asume a Catalina con la hija y con ello rompe el equilibrio de una relación icónica, sin mancha que no se sostenía a base de arrumacos y ternuras.

En eso, José María luce más vivo, pues «héroe» y todo, no acepta a la novia desflorada, ni la tolera bailarina. Un punto a su favor, si no sonara previsible. Tan previsible como la aprobación tardía y su complejo. José es bueno y digno ¿qué otra reacción le cabe?

Que las novelas tengan tema es legítimo. Es lo que distingue a la telenovela brasileña.

En este caso, la negritud en su perfil más amplio: samba, capoeira, incluso religión.

La última no sale bien parada en calidad y número de referencias. La mãe de santo, más que adivina es maga cuando tira los caracoles y habla hasta lo que no podrían revelar. Pero no es capaz de ver desde el principio que el niño de Isabel no ha muerto.  

Y aquí advertimos que más valen los intereses que los ideales. El prejuicio del que incidentalmente hablan en la serie y que tendrá un episodio cumbre, está más que vigente, sobre todo en la camada protestante, y ello aconseja moderación con el tema.  

Lo mismo pasa con Isabel y Laura. Osadas a la fuerza con respecto a su tiempo, no pueden darse el lujo de serlo con respecto a éste, so pena de sufrir el castigo del auditorio que, en términos generales, sigue mojigato. Por eso son convencionales, siempre en el marco estrecho de lo aceptable y lo políticamente correcto.  

Ejemplo: Isabel se declara católica y describe la religión afro como un elemento de identidad. Una lectura anacrónica y contemporánea. Su justificación no es ante su patrona francesa que la increpa, sino delante de esos millones de espectadores que siguen viendo el Candomblé como un culto primitivo, incluso infrahumano.  

La Isabel de Lado a lado nunca se haría santo, aunque probablemente fuera el camino más natural en esa etapa. Y no por convicciones superiores. Sino por la inercia del contexto o incluso por superstición, pues ni siquiera hoy se entiende su calado filosófico. Mucho más rico y próximo de la matriz en esos años.

Quien habla de religión, habla de sexo. Esta mujer que ha saboreado la libertad de la farándula francesa, no ha conocido más varón y nunca cruza la línea que la presente libertina. No a los ojos de la sociedad carioca de 1911. Sino de la que cien años más tarde la lapidará como una Magdalena si se le va un desliz, por mínimo que sea.

La única libertad que conoce Isabel es la del vestuario escotado y las declaraciones rimbombantes que tampoco se avienen al período.    

En un país con serios problemas educativos como Brasil, muchos le cobran a la televisión una función didáctica y ven con entusiasmo cualquier producto que «enseñe».

De ahí su éxito de crítica y en cierto segmento del público. No mayoritario. Lo recalco.

Escolar no es sinónimo de cultural. La obligación de transmitir contenidos pedagógicos es de la escuela. Que los medios apoyen es válido. Que les endilguen la función, no.

Cierto que una cuña de novela, la menos vista, «descubre» cualquier asunto para una multitud desinformada.

 
Pero el balance no se puede romper al punto de desfigurar la cara artística de la obra.

En Lado a lado los conflictos sociales se tragan los temas sentimentales y son estos últimos los que realmente movilizan la atención de las masas y son objeto del género.

Incluso, cuando los han llevado a conflictos de relación (conflictos interpersonales) como manda el manual. El modo más efectivo de presentar asuntos abstractos o complejos como la política e historia a audiencias vastas y no siempre ilustradas.

Doña Beija conjugó con éxito todas las materias que Lado a lado intenta. Como Isabel, Ana Jacinta de San José es víctima de su tiempo y rompe cánones. A veces con una estridencia sólo vista en el culebrón (lo que la hizo tan adecuada para su adaptación).

De igual modo Lado a lado aprovecha sus peripecias para pinchar indirectamente su cotidiano. Violencia urbana, prejuicios, racismo… que aún perviven en el Río del siglo XXI.

Pero a diferencia de Beija, las novelas de los años 70 o Historias de tres hermanas de la antigua CMQ, no busca decir cosas prohibidas por medio de la alegoría.

Es una forma de conectarse con su público y ¡una vez más! hacerse un camino desde la militancia que pierde la esencia en la eterna ejecución de la forma.

No se puede negar que Lado… intenta conciliar el teque con el melodrama. Sin embargo, el melodrama resulta tan tibio como el discurso, muy a pesar de toda la pasión que se le imprime (al discurso, porque al melodrama lo tratan con cálculo).

Y eso es el gran problema: apuesto que los autores no lo sienten y con ellos nosotros.

 
Para que los «golpes bajos» del folletín funcionen hay que tenerlos en vena. No programarlos en una tormenta de ideas, como se suelen trabajar estas historias escritas por muchas manos y con poco corazón.

 
Las actitudes precocidas de las heroínas, entran en este mismo apartado.

¡Qué absurdo! se volvió —sin proponérselo— la muletilla de Laura e Isabel, porque todo lo que es expresión de [los prejuicios de] la época no sólo merece un espacio en este prontuario de activismos, sino un enjuiciamiento [bien moderno] en boca de ambas.

Por una parte es sociológica, al punto de volverse pedagógica. Por otra, se permite libertades anti-históricas y lo que es peor ¡anti-dramatúrgicas! porque estas heroínas, con vulnerabilidad calculada y mecánica resistencia, ni sienten, ni padecen.

De Beija no sabíamos qué esperar. «Ella ama, ella odia» (como decía su canción-tema). Sin contar, que a nivel novelesco era mucho más orgánica y vigorosa que la actual.

Aquí nada de lo que digan o hagan será sorpresa (nos la conocemos de memoria); nada de su vacilación ante los retos y prejuicios nos inquieta, porque sabemos que ellas dirán: ¡qué absurdo! e irán a la lucha con adarga y espada en ristre.

 
De nuevo un ejemplo: Isabel, duda si vuelve a bailar para salvar El Ajera, por el remilgo de su padre... ¿Acaso tenían dudas que Isabel bailaría? Eso es demasiado calculado.

En este duelo ideológico cada uno tiene una contraparte y el mismo desafío. Isabel/Alfonso, Laura/Constanza, Sandra/la abuela. Progreso y rezago en pugna.

Esos no son los únicos pares. Tenemos al senador bueno/senador malo. Periodista bueno/periodista malo. Capoerista bueno/capoeirista malo. Mulata buena/mulata mala.

 
La mala (Berenice), después de ser determinante en la primera etapa, perdió el brillo. Como, de hecho, la propia Isabel que tras volverse rica se ha quedado sin historia y ni siquiera busca al hijo, porque lo cree muerto. ¡Qué desperdicio para el melodrama! tan dado a las intuiciones maternales y al inexorable llamado de la sangre.

Tampoco hay chances que el amor de Albertico rinda y le traiga algo de contradicción y escándalo a esta trama, pues está claro: él es el malo, ella es la buena, y ante el despertar de su consciencia como mujer negra, sólo merece alguien a la altura de su color y su firmeza ideológica. Es más, ya tiene otra en perspectiva. O sea: sin sorpresa.

 
Laura, por su parte, seguirá recalcando su independencia sin un conflicto más interesante que la oposición del medio y la familia.
 
Hay, en general, una desaceleración. Tras un comienzo tibio, Lado a lado ganó un ritmo adecuado, que logró seducir y a la altura del episodio 80, aburre. Ninguno de los ajustes que introdujeron para mejorar sus parcos ratings salvó la telenovela.

Era evidente que entonces trabajaban para amarrar su gran viraje: el robo del bebé y la partida a Francia. Hoy, apenas son presa de la inercia e hilvanan situaciones de relleno.

 
Constanza es un capítulo aparte. La Baronesa es el único papel tridimensional, con fluctuaciones emocionales, para ser creíble e inquietante.

 
Algunos cuestionan que la villana racista se aficione al nieto mulato (la misma base del asunto es forzada: en aquel tiempo nadie haría tanta bulla por un hijo natural, más teniendo hermanas negras como mismo reconoció la propia Constanza).

Ahora, ¿ya pensaron lo lineal que sería la malvada? Gracias a detalles como este la galería de arpías clásicas gana una pieza más, casi todas venidas de la telenovela brasileña, pues las mexicanas y afines sólo gritan y enarcan las cejas.

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