CRÓNICA POR UNA CRISIS: Rehacer el refugio

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CRÓNICA POR UNA CRISIS: Rehacer el refugio
Fecha de publicación: 
30 Octubre 2017
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Con estos relatos del periodista Víctor Joaquín Ortega, colaborador de CubaSí, nuestro sitio quiere homenajear la resistencia del pueblo cubano y la dimensión de estadista de nuestro Comandante en Jefe, Fidel Castro, en los días difíciles y estremecedores de la Crisis de Octubre, 55 años después de aquellos hechos que pusieron al mundo al borde de una confrontación nuclear. Pero no es una cronología de los acontecimientos, no es la Historia en mayúsculas, sino el día a día vivido desde adentro y contado, como dice el autor en su presentación, «como un soldado del pueblo». Durante esta semana, la misma de aquel 1962, CubaSí irá publicando esta Crónica por una crisis.

La tropa huele que la desmovilización está próxima, que los yanquis no se van a tirar. Los combatientes andan locos por regresar a casa. El calor y el aburrimiento; añoran a las mujeres y a la cerveza como nunca. Y, de contra, esto de arreglar el refugio por culpa de los que dirigieron su construcción. El comisario rompe estos pensamientos: me manda a buscar. «Escoge a dos o tres de la Juventud y métete a trabajar en la reconstrucción del refugio. Y ¡choca, coño, choca! Hay que hacerles ganar disciplina...»
  
Salgo de la tienda. ¿Cómo lograrlo? No me gusta ser robot. Discrepo cuando lo creo necesario y con cualquiera, y ahora siento lo mismo que los demás milicianos de este batallón creado por hombres llegados con atraso a la conciencia. Debido al mando, se echó a perder el refugio. Bien lo advirtió Papo, el albañil, y no le prestaron atención y hasta le hablaron duro.

Este fracaso es la victoria de Papo, y la mía, pues a pesar del carguito aquí, ya se lo dije a Cascaret: «Soy el mismo con cargos y sin cargos». Patada a una piedra. Apretar los dientes. Morderme los labios. ¡Qué demonios! Aquí todos somos uno.

El fracaso es de todos. ¡Cómo estoy lleno de estupideces! Debo ganar la partida a las dudas, a las contradicciones. La rebeldía se debe canalizar aquí aún más que en lo civil. «Cascaret, Falconeris, Ratón, vamos pa'l refugio rajado: debemos construirlo otra vez».

Papo lleva la voz cantante. El sudor se le recrea entre los pellejos que el sol ha ido regalando a la espalda. Las palas son guiadas por manos no muy hábiles. El turno: conmigo, Ratón. Le damos duro desde el inicio. El sudor hace su presentación.

Al poco tiempo, Ratón se quita la camisa. Sentado, más bien tirado sobre la tierra, descansa Papo; juguetea con sus rodillas como si fuera bongó y empieza a cantar un guaguancó improvisado: «Yo se lo dije a los jefes/que esto se iba a joder/que me hicieran a mí caso/para no volverlo a hacer. Y, ya ven, se jodió...»

Las carcajadas son peligrosos aplausos. Mis pensamientos, mi rabia, se acercan a los de Papo, y hasta ganas traigo de inventar una cancioncita: molesta el error cometido. Soy responsable de propaganda de los zapadores y correo de la unidad, los jefes confían en mí, la Juventud me mandó a fajar aquí. Tampoco puedo brincar como una fiera para justificar lo mal hecho. Los compañeros perderían su confianza en mí. Sería demagogo o, peor, comebolas. ¿Quién puede justificar la mala dirección de este refugio? Sigo trabajando callado; espero la oportunidad.

Cascaret y Falconeris nos relevan. Aprovecho: me siento al lado de Papo. «Oye, Papo». Corta con mirada, ademanes, palabras: «Ya sé, comunista, ya sé... Vienes a sermonearme y con razón. Realmente, no soy un tipo de última hora. Solo que me gustan las hembras y los tragos y, a veces, me pierdo un poco por ahí. Me vas a descargar por el guaguancó; chico, comprendo la importancia de la disciplina militar... ¡Ay!, compréndeme tú a mí: si no canto, me ahogo».

«¿Y si te llegan a oír?»

«Me jeringo».

«No quiero eso. Eres de los buenos. Con canciones así me formas líos con los indisciplinados».

No podemos seguir hablando porque llega el capitán; le quita el pico a Cascaret, comienza a trabajar. De pronto, para y le da los anteojos a uno de los combatientes. «Compañero capitán, ¿puedo mirar por ellos?»

El capitán aprueba con un gesto. Sigue usando con fuerza, no libre de rabia, el pico. Papo y yo nos acercamos al grupo. Cogemos puestos para los anteojos. Cuando me toca, miro hacia la izquierda: la carretera, varias casas pequeñas, las palmas. Después los usa Papo. Pronto los pasa. «Dale, blanco, vamos a terminar rápido esto para irnos a pugilatear algo por la cocina». Lo dice Papo y coge una pala. Sonrisa distinta le festeja hasta la mirada. Aunque no es mi turno, agarro un pico y uno golpes a los del capitán.

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