La novela brasileña: Ya no hay quien siga este rastro

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La novela brasileña: Ya no hay quien siga este rastro
Fecha de publicación: 
1 Junio 2017
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Hace varios meses escribimos en este sitio acerca de Rastros de mentiras (Cubavisión, 9:00 p.m.), y apenas podíamos vislumbrar a qué niveles de desparpajo podía llegar esta telenovela brasileña.

Lo que estamos viendo ahora mismo, por momentos, parece el delirio dramatizado: «buenos» que ahora son «malos» y viceversa; cartas sacadas de debajo de la manga para «solucionar» o explicar determinados conflictos (nada en contra de ese recurso, si no se sostuviera tantas veces en el más escandaloso absurdo); extravío de algunas nociones de la ética a la hora de recrear ciertos fenómenos sociales.

Los creadores (y los productores, no faltara más) pudieran aducir que todo cabe perfectamente dentro del planteamiento inicial de la propuesta: todo aquí se sostiene en un armazón de mentiras.

Casi todos los personajes mienten, han mentido o terminarán por mentir; por disímiles motivaciones: por miedo, por vergüenza, por venganza, por conveniencia, por desconocimiento, por maldad, por el puro placer de mentir…

Las apariencias engañan y en el principio de todos los conflictos hay una gran mentira. Lo interesante es la manera en que esas mentiras salen a la luz… y también cómo se esconden unas dentro de otras, como si de una matrioshka se tratara.

Así que si el escritor logra sorprender al respetable con un giro inesperado, será un éxito.

Hasta cierto punto, digo yo.

Porque, francamente, hay indudable pericia a la hora de «casar» peripecias y descubrir móviles… pero también son notables las ganas de no «pasar mucho trabajo» cuando hay que resolver otros asuntos.

Y entonces, con tal de sostener esas «pirotécnicas» líneas argumentales, se llega incluso a desvirtuar los planteamientos originales de algunos personajes.

Dos ejemplos puntuales: Vega y Amarilis. La primera, al principio, era el ejemplo incorruptible de la mujer ética y responsable, incapaz incluso de continuar una amistad con alguien que se mostrara artero y deshonesto (ejemplar en ese sentido su relación con Tales).

Unos cuantos capítulos después, ella misma se muestra deshonesta, frívola e interesada, capaz de votar en una junta a favor de un ladrón. No busquen causas de fuerza mayor, nadie la presionaba para hacerlo: lo hizo porque le dio la gana, por móviles rastreros y tontos.

Lo de Amarilis ya es otra cosa. La que fue la amiga fiel y preocupada de la protagonista, una persona de «buenos sentimientos», es ahora una villana de temer: egoísta, calculadora, manipuladora, ruin.

El amor a un hombre y a un hijo, parece decirnos el escritor, puede cambiar a una persona de manera radical: la que era casi una santa puede ser un demonio. ¿O habrá sido el trauma del accidente?

Ojo, no criticamos ese cambio progresivo o repentino que puede experimentar un personaje a ojos del espectador: el héroe que en realidad era un villano porque no lo conocíamos del todo.

Es un recurso legítimo y utilizado hasta la saciedad.

Pero aquí no pasa eso. Aquí es pura conveniencia del escritor (o necesidad de mover la historia o las audiencias).

Es la misma lógica que hace que Paloma no le haya dedicado 10 minutos a conversar con Bruno para que este le explique su versión de la historia con Aline. Cosa extraña, si tomamos en cuenta que Paloma es el más racional y emocionalmente equilibrado de los personajes de este folletín.

En fin, cosas peores se han visto en las telenovelas.

Aquí, al menos, uno se divierte (y esa misma desfachatez es motivo de diversión), porque esta propuesta de lo que sí puede vanagloriarse es de no aburrir.

Que sea ejemplo fehaciente de la transformación de la telenovela brasileña en los últimos años (esto es Brasil, sí, pero cada vez más «internacionalizado»), no es lo más relevante. Tampoco que no haya ni un solo negro entre los personajes (los más mestizos —no nos pongamos tampoco hipersensibles— son Aline y Nido, dos villanos).

Esto no está hecho para ser «arte comprometido», esto está hecho para divertir. Y si eso es lo que se toma en cuenta, pues es un éxito. Algunos valores universales sí se defienden, y eso parece bastar.

Claro, también se puede divertir desde una dramaturgia más sólida y con decidida conciencia social. En la televisora Globo lo tienen bien claro.

(Para los foristas que piden que no critiquemos solo las telenovelas brasileñas, que hablemos también de las series cubanas, lo anunciamos: el próximo comentario será sobre Zoológico).

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