ARCHIVOS PARLANCHINES Papa Boza: el "Gordito de la Sandunga"

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ARCHIVOS PARLANCHINES Papa Boza: el "Gordito de la Sandunga"
Fecha de publicación: 
5 Mayo 2017
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Verdadera revelación del anticristo, Gilberto Boza, alias Papa Boza, es blanco, de mediana estatura y muy gordo, de unas cuatrocientas libras. Según la picardía popular, puede echarse a toda Matanzas sobre sus espaldas en solo un rato y es cierto. Donde él llega suena la trompeta, se forma la conga, estalla el cuchicheo bullanguero y aparece el traguito de «guachipupa». Por ello, no resulta extraño que sus familiares, amigos y un puñado de románticos me hayan abierto sus puertas no hace muchos años para hacer posible un acercamiento biográfico, que se alcanza, al final, a golpe de bajar y subir muchas lomas.
 

Héctor Lázaro Aguirre Hernández, mi primer entrevistado, uno de sus amigos en el Centro Provincial de la Música y especialista en espectáculos, hace hincapié en el origen parrandero de su simpático sobrenombre:
 

«¿Por qué Papa Boza?  Es sencillo. Cuando él llegaba a cualquier lugar su saludo era:

-Oye, papa… ven acá, me hace falta…
 
-Oye, papa, dime, a qué hora es esto…

Continuamente, usaba la voz papa, y como era el papá de los Boza, empezaron a llamarlo Papa Boza. Siempre tenía un chiste a flor de labios.  La gente lo cogía para el trajín. Era muy querido en los bares, en los lugares donde vendían viandas, en las cafeterías, en todas partes donde hubiera posibilidad de armar escándalos».
 

El Papa nace en Matanzas, en 1919, en el seno de una familia humilde que a duras penas sobrevive en la calle Embarcadero. Sus padres, Elisa de la Torre y Ramón Boza, crían a veinte hijos a quienes tratan, por todos los medios, de encontrarles un destino a costa de lo que sea. Ya adulto, se muda, primero, para la calle Espíritu Santo, en el barrio de Pueblo Nuevo y, más adelante, para un apartamento en el Paseo Martí. Allí, vive con Monga y sus hijos Gilbertico, coreógrafo y director artístico y Jesusito (Chucho), militar, los cuales le dan varios nietos (uno de ellos crea una historieta con su abuelo como superhéroe).
 

Su primer protagonismo tiene como telón de fondo la música campesina. Bonifacio Menéndez Quesada, poeta repentista con un carácter volcánico y activa militancia en los CDR, me indica:

«A él lo conozco desde niño. Era muy notorio, personas que nunca lo habían visto ya sabían de Papa Boza. Se unió a mí en 1961 cuando formé el grupo Cuba Nueva, el primero del género campesino en la provincia de Matanzas. También estuvimos juntos en Guardarraya Libertaria y Serenata Yumurina.
Estaba evaluado como músico profesional; tocaba el güiroy bailaba el zapateo, «a su manera», junto a una compañera de la agrupación. Su gordura y sus movimientos encantaban al público. A veces, hasta cantaba décimas muy simpáticas aprendidas de memoria.
 

«Estuvimos en actividades en Matanzas y en Cuba entera. En el campo, en los bateyes, andaba de arriba para abajo montando carretas y camiones, como si estuviera delgadito. En Radio Matanzas, Radio Tiempo y Radio 26 hicimos grabaciones y, a menudo, participamos en los programas «Palmas y Cañas» y «Meridiano campesino», ambos de la televisión nacional. Jamás hubo problemas con él, ni de borracheras ni de mujeres. No faltaba nunca, siempre fue muy cumplidor.
 
«Era el cubano perfecto: comprensivo, amistoso, jaranero, jodedor, bullicioso, le agradaba dar la palmadita en el hombro. ¡Abría la boca y hacía reír, bueno, en realidad, la gente se destornillaba de risa con él! Le decíamos el “Gordito de la Sandunga”. Fue una gran figura del arte en general».
 

A fin de cuentas, el Papa arrastra un anecdotario tan extendido como el polvo de los tiempos secos. Aguirre Hernández, incansable conversador, prosigue:
 

«En los carnavales siempre salía a la calle a fin de bailar con las comparsas y carrozas. Se paraba y movía la barriga: era un suceso. ¡Ah!... tenía, además, un grupo de tumbas y trompetas y se iba al estadio a animar al equipo de Henequeneros. ¡Imagínate el escándalo cuando los matanceros bateaban un jonrón! Su hijo, Gilbertico Boza, fundó un grupo de mozambique, allá por los setenta, y él se lució de lo lindo con el nuevo ritmo. Un 1 de mayo de la década del ochenta salimos a la calle varios empleados del sindicato de la Cultura para satirizar, un poco, a los politicastros de la neorrepública. Él hacía de senador y yo le pedía las cenizas del tabaco. Se rio de mí a su gusto. Dentro de su excentricidad, tiene valores, la historia cultural de la provincia le debe mucho».
 

A Reinaldo González Villalonga, periodista-fundador de Girón lo tuve que corretear por toda la ciudad hasta que lo atrapé en la puerta del periódico provincial:
 

«En la zafra de 1970 Matanzas tenía el compromiso de producir un millón de toneladas de azúcar. Esta meta se unió al deseo de triunfo en el béisbol. Así, surgió la consigna: “Matanzas a millón, Henequeneros campeón”. Al final, para alegría del pueblo, se lograron los dos objetivos. Entonces, aparecieron el famoso Papa Boza y su pachanga.  Recuerdo haberlo visto en una calle, por la zona de la playa, arrollando con su comparsa; tenía una caña en la mano y sus gestos y movimientos «danzarios» imitaban a un machetero en plena faena. Igualmente, repetía un estribillo que también hacía alusión al triunfo en la pelota. Sudaba a mares. Tenía una energía y un carisma tremendos».
 

Pocos saben que detrás de este hombre-espectáculo hay un Papa no tan conocido: el de la magia. Según Eneida Ernestina Boza de la Torre, su hermana menor, los vínculos del «gordo» con el esoterismo surgen en su adolescencia y se acrecientan tras su viaje a La Florida. Allí, sus hermanas le preparan una caja de utilería y un traje de payaso con el cual en lo adelante lanza malabares, manipula pelotas saltarinas, desaparece pesetas y hace mil trucos más destinados a los pequeños del barrio.

«Lo suyo eran las “maromacas”. No tenía comparación, no sabía lo que era tener un día malo o amargado -insiste Eneida Ernestina-, vivía de las ocurrencias y cuentos. ¡Ah!... y andaba mucho con traje, era un figurón a quien le gustaba presumir.
 

No se cuidó para bajar de peso, a pesar de sus problemas de presión. Me decía: “Ésta es mi gracia”. Una vez el médico le recomendó un desayuno especial con jugo de naranja o, simplemente, con dos o tres naranjas.  Él, al parecer, no entendió bien. Cuando fue a ver de nuevo al especialista este le comentó:
 

-Papa… no has perdido ni una onza... ¿no estás haciendo la dieta?
 

-Sí… yo estoy comiendo naranjas.
 

-¿Cuántas?
 

-Bueno, a diario me como medio saco... lo compro en la plaza.
 

Se fracturó la cadera, y aunque salió bien, no pudo caminar más, pues tenía artrosis generalizada. Estuvo ocho meses en un sillón. Murió en el hospital de Versalles en 1998.  Su «bandita» no pudo venir al velorio; ese día llovió a cántaros y no se le pudo hacer un verdadero reconocimiento. Es una pena».
 

Cuando en 2007 busqué en Matanzas algún escrito sobre Papa Boza no encontré ninguna evidencia que fuera más allá de las despistadas caras de los archiveros y bibliotecarios. El Historiador del lugar, lleno de reuniones y compromisos patrióticos, me dio pocas esperanzas y, para colmo, uno de los parientes más cercanos del juglar me preguntó con la perpetuidad y majestad de sus incontables canas: «¿Y yo soy hermana de Papa Boza?». Ello merece una reflexión. El criollo ambulante, incansable, alardoso, gritón y bochinchero se está muriendo en estos tiempos tan doctrinarios y con tantas influencias foráneas. Vale la pena, por lo tanto, conservar el recuerdo de los grandes actores del «género».

Comentarios

No sé si salió el siguiente comentario que hice hace varios días. Yo conocí a Papa Boza desde cuando vivía en el solar pasaje Cruza, en Espíritu Santo entre San Ambrosio y San Vicente. Yo vivía en la misma calle, pero entre Monserrate y San Cristóbal. Mi padre, Ursino Álvarez Monroy, poeta improvisador, compositor y trovador, además de lutier, a principio de los años 60 era integrante del conjunto Cuba Nueva, en el que también actuaba Papa Boza. En un pequeño estudio del Comité Provincial del PCC de Matanzas, entonces ubicado en el edificio que hacía esquina con las calles Milanés y Santa Teresa, se grababa un programa de música campesina que se transmitía por Radio Matanzas (no recuerdo si ya se llamaba Radio 26). Mi padre nos llevaba a mí y a mi hermano menor a esas grabaciones y a muchas actividades que se daban en localidades rurales de la provincia, como parte del trabajo político-cultural que orientaba el Partido. Papa Boza participaba en todo eso y lo hacía derrochando su gracia criolla. Todos nos divertíamos muchísimo, no solo los que éramos menores, sino también los mayores, a pesar de que eran tiempos convulsos, en que las bandas contrarrevolucionarias armadas por la CIA, pululaban por los campos de la provincia cometiendo todo tipo de crímenes y fechorías. Ni a Papa Boza ni a ninguno de los integrantes del conjunto se le vio nunca titubear ante el peligro de aquellas salidas a lugares intrincados de la geografía matancera. Recientemente, cuando se televisó la segunda parte de la serie Lucha contra Bandidos, la otra guerra, oí mencionar lugares a los cuales acudió Cuba Nueva con sus actuaciones y mensajes revolucionarios. Recuerdo a los magníficos poetas repentistas Pablo Murga Rodríguez, Bonifacio Menéndez, Rolando Alpízar, al virtuoso maestro del laúd Luciano Monet Mederos, buen amigo de mi padre, y a los locutores Pepín de la Cruz y Pedrito, del que lamentablemente olvidé el apellido, pero no sus instructivas conversaciones sobre cine. Hasta en un barco soviético atracado en el muelle Dubrocq actuó el conjunto Cuba Nueva; en esa ocasión, además de tocar las claves, me correspondió traducir las presentaciones, tarea muy dura para quien entonces aún no dominaba el ruso, pero que cumplí con decoro para orgullo de mi padre.
amancio.a@mail.ru

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