Final de la corrida

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Final de la corrida
Fecha de publicación: 
28 Abril 2017
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Hace muy poco murió Palomo Linares y al saber de la noticia sentí una punzada en el costado de la nostalgia. Por pudor, callé el sentimiento de pérdida que me llenó. Hubiera resultado inentendible y ridículo para muchos, sobre todo para los jóvenes.

Pero en lo más hondo yo andaba de duelo. Había muerto uno de mis novios de la adolescencia.

Y no porque lo hubiera conocido. Jamás, ni por asomo, estuve cerca del torero Sebastián Palomo Linares. Pero aún así fue mi novio. Y mucho que viajamos, y que asistí yo a sus combates de matador, alentándolo desde las gradas cada vez que burlaba o sometía al embravecido toro.

Ocurre que para los cubanos nacidos en la década del 60, y sobre todo para las cubanas, la exhibición en los cines de  “Solos los dos”, donde compartió el protagónico con Marisol (Pepa Flores) convirtió en un ícono al matador.

Las chiquillas íbamos cantando por las esquinas aquello de "yo no quiero ser torero y además no entiendo na’…”, y hacíamos colas kilométricas en los cines de barrio –que por entonces existían- para ver una y otra vez la película del pobre zapatero convertido en torero.

Salíamos con las narices coloradas y la huella de lagrimones prietos por el rímel, que por entonces no era a prueba de agua. Y también no pocas abandonábamos el cine toreando los profundos celos por la Marisol que se había ganado los besos del lindo españolito.

Aunque de modo muy soterrado presentía que había algo picúo –el término kitsch no estaba de moda- en aquella trama y también en llorar por ella, yo también moqueaba, celaba como la que más y me dibujaba en la palma de la mano corazoncitos con mi nombre y el de Palomo atravesados por la consabida flecha.

Fue igual que con La vida sigue igual, de Julio Iglesias. A estas alturas no puedo precisar por cuál de los dos artistas latía más fuerte mi pecho de adolescente.

Lo cierto es que en mi casa me la pasaba fantaseando con que era la novia de Palomo Linares y, evocando la trama de la película, sustituía la imagen de Marisol por la mía, esa vez sin el rímel corrido.

Pero como son las cosas  cuando son del alma adolescente, nunca más volví luego a interesarme por aquel novio de traje ajustado y de luces. Ahora, la noticia de su muerte a causa de un derrame cerebral tras una operación a corazón abierto, me dio en la frente cuando andaba yo toreando por las redes sociales.

En mi recuerdo, Palomo Linares seguía siendo aquel muchacho ágil, valiente y pintoresco, pero la noticia de su muerte me restregó en los ojos la imagen de un señor de pelo blanco y  rostro lleno de arrugas.

Mi “novio” torero había envejecido tan triste y realmente como cualquier mortal. Ahora estaba muerto.

Despacio, como quien carga sobre los hombros un fardo muy pesado, separé la vista de sus fotografías y la dejé reposar en el almanaque que colgada a mi derecha.

Los meses, semanas y números estampados en la cartulina fueron trocándose ante mi mirada en  fragorosa lidia de toros, con banderillas, oles  y el hondear de la roja muleta ante los bufidos del colérico animal.

Pero no sentí la emoción de cuando disfrutaba con la película de Palomo Linares. Ya sabía el final de la corrida.

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