MIRAR(NOS): Devoradoras

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MIRAR(NOS): Devoradoras
Fecha de publicación: 
17 Marzo 2017
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Hoy voy a hablar de las mujeres... a partir de una solicitud que alguien me hizo. Todavía no han pasado quince días desde la celebración del Día Internacional. Mientras escribo, me divierto pensando en los posibles comentarios a continuación.

 

Muchas de nosotras, confiadas en que la cortesía no ha muerto, exigimos asiento en las guaguas y, en caso de rostros cabizbajos (para negar el puesto), llegamos a nuestros destinos con el calor en el rostro, hartas por ese desaire y haciendo el cuento del supuesto «infractor» con pelos y señales.

 

Si vamos con un niño, hay más probabilidad hasta de «volarnos» turnos en la extensa fila y poder acceder a la compra de papa, aunque apretujen al pequeño; será premiado luego con los suculentos palitos fritos.

 

Pero luego levantamos banderas por la igualdad genérica y pegamos carteles por la NO violencia contra las mujeres y las niñas. Hay muchos tipos de violencia. Ya nadie cree en que un hombre tenga dolor de cabeza y por ello la baje en la guagua. La escasez de boteros nos ha hecho creer que en asuntos de transportes nadie quiere a nadie... se acabó el querer.

 

Amiga que me lee o amigo de la amiga que luego me leerá: no levante sus fusiles contra mí. Espere que llegue a mi punto final para luego dar la orden de ¡Bombardeo!

Después de todo, este 17 quiero aplaudir/criticar (usted decidirá luego) a mis congéneres devoradoras de hombres... aquellas con una capacidad tan grande para engullir, que terminan llevándose los mejores años de sus parejas.

 

Hace poco leí que en la antigua Grecia esa mujer era Erinias, diosa devoradora de la muerte. En la India, Kali, que se come las entrañas de su novio Shiva. A Indonesia corresponde Ragma... y en el reino del inframundo, custodiada por el peligroso lago de la muerte y el perro de tres cabezas Cerbero, tiene su fortaleza Perséfone, consorte de Hades.

 

Las hay peores; claro, cada uno tendrá la propia historia de alguna mujer que torció su destino.

 

Tengo un amigo que se inició en los peligrosos senderos del amor enamorado de una mujer ajena. Ajena sin posibilidades de segundas lecturas. Jamás sería de él, como si de una película se tratara; ni a ella misma se pertenecía. Y no voy a contar su historia, apenas es menester que les comente el final: jamás ha podido encontrar la verdadera pasión. Como una suerte de zombie, inconsciente de su condición, mi amigo deambula buscando no sabe qué, aunque sabe dónde hallarlo.

 

Aquella, la primera, terminó llevándose lo mejor de él. Acaso sin saberlo, dejó así a más de uno, enredado y seducido por su halo de muerte y seducción.

 

Y no escribo para justificar, ni aplaudir, ni criticar. Es un tipo de mujer, como existen otras, como existen cactus y flores, sin que nadie se moleste por los climas donde pululan, sean desiertos o tropicales.

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