A propósito del transporte público: ¡Ómnibus vacíos, una maldad!

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A propósito del transporte público: ¡Ómnibus vacíos, una maldad!
Fecha de publicación: 
14 Marzo 2017
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Para venir a trabajar tengo que tomar carros obligatoriamente, me dijo un hombre mientras estábamos en la parada del P-6, frente a la Universidad de La Habana, unos días atrás. Entonces le pregunté el porqué de tal necesidad, y afirmó un tanto apenado: “es que padezco de mal de Parkinson y el molote de la gente me hace daño”.

La conversación transcurrió de una manera amena. Éramos dos cubanos hablando de la vida cotidiana, y en lo cual el análisis del transporte —quizás por el lugar donde estábamos y las circunstancias— nos ocupó buena parte del tiempo mientras allí esperábamos.

Así conocí que se desempeña como técnico de la construcción y que por estos tiempos trabaja en la reparación de las instalaciones del hospital Calixto García. Con un testimonio verdaderamente conmovedor, Iván narró las “peripecias” que enfrenta cada mañana cuando en una de las paradas de la populosa avenida de Diez de Octubre espera con “toda la tranquilidad del mundo” a que le pare un botero para llegar a su trabajo”.

De los boteros, todavía mucho por decir…

El comentario publicado en estas propias páginas Otra vez sobre los boteros: “Cortar las alas a la avaricia” propició varias opiniones.  Como es de suponer, algunos foristas mostraron claramente su posición al lado de los cuentapropistas con licencia de operación del transporte. En tanto otros —creo fueron mayoría— defendieron la tesis de que el Estado debe tener “mano dura” con quienes desde su función de transportistas “aprietan los bolsillos” del pueblo.

Han pasado varios días desde el 9 de febrero último (cuando el Gobierno de la capital anunció precios para los taxistas privados, debido al fraccionamiento de las rutas que desde hace algún tiempo venía ocurriendo) y la situación sigue siendo la misma. Es decir, no resulta cómodo salir a la calle y poder abordar un transporte de este tipo, ante las conocidas dificultades del transporte urbano.

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En conversación con choferes particulares y estatales he podido profundizar en varias aristas del tema que, por supuesto, en su gran mayoría justifican el actuar de estos cuentapropistas. Muchos de ellos alegan que el Estado no les proporciona ningún recurso, que el combustible es muy caro, que las gomas nuevas cuestan legalmente sobre los 160 CUC, y que conseguidas de “medio palo”, es decir de uso, se montan en los 50 CUC, para poner apenas dos ejemplos.

Sin embargo, la situación en muchos renglones se comporta de la misma manera que años atrás y los precios del combustible no han tenido variaciones significativas. Por lo tanto, la postura asumida es —a mi modesto modo de ver— incomprensible, pues según afirman algunos los llamados boteros siempre reciben ganancias. En tanto otros criterios señalan que ahora en los tramos cortos, al bajarse algunas personas, seguramente no faltará la demanda de otras.
 

Más de una arista tiene el problema

La situación del transporte en la capital se torna cada vez más difícil. Por tan solo mencionar una zona muy transitada y de mucho pasaje, está la avenida Boyeros, que conecta parte de la periferia de la ciudad con el centro. “Dicha ruta está imposible en las horas picos, cuando la gente se traslada hacia los centros de trabajo”, me comentó Irina, una muchacha que todos los días toma este camino.

Mientras tanto los capitalinos se preguntan qué solución va a tener todo esto si los boteros siguen actuando sin importarles los intereses de las grandes mayorías.

Ahora bien, hay un asunto que no abordé en el comentario anterior, y es el relacionado con el transporte de empresas u organismos, que traslada personal en determinadas horas del día, y que muchas veces pasa por paradas que están repletas de personas, y el chofer ni siquiera detiene el carro para brindar una respuesta, cualquiera que sea.

Hoy si los “boteros” están cuestionados por la población, también tienen que estarlo quienes montados como reyes en ómnibus estatales (de diversos tipos) —utilizando un combustible que no les cuesta un centavo de sus bolsillos— no son capaces de recoger al público, aunque esté lloviendo, y en el conglomerado estén presentes los adultos mayores, los niños o las mujeres embarazadas.

Recientemente, una dirigente sindical me contaba que en una provincia determinada el secretario del Partido cuando iniciaba una reunión de análisis presentaba fotografías del tema que se iba a discutir. Por ejemplo, si se trataba del transporte, pues llevaba en gráficas las pruebas fehacientes de lo mal hecho. Y así resultaba imposible ripostar su criterio.

No pretendo que ello deba convertirse en un método. Pero hace falta que quienes dirigen empresas u organismos, aquellos que tienen alguna responsabilidad con medios de transporte, asuman una postura de defensa de los intereses populares y, por lo tanto, respondan por la recogida de personas que están en las paradas u otros puntos, sin saber exactamente cómo y cuándo llegarán a sus hogares u a otros destinos. No les cuesta nada y van en la misma dirección.

En nuestro país el transporte público siempre ha estado en la picota pública, ha tenido bajas y altas. Y es cierto que, aunque el Estado nunca se ha desentendido de esta problemática, no resulta fácil solucionarla por numerosas razones, sobre toda por cuestiones económicas.

Usted no me dejará mentir y seguramente ha sido testigo de innumerables actos de indisciplinas en los ómnibus (saltos por las ventanillas, más de una persona sentada en un asiento, escrituras en las paredes del carro u otras). Eso también atenta contra la calidad de ese transporte que todos los días el pueblo necesita.

Algo por decir

Resulta imprescindible analizar muchas de estas cuestiones con quienes laboran en el sector —tanto en el estatal, como en el no estatal—, apelar a la sensibilidad, a los valores humanos y solidarios que siempre han caracterizado a nuestro país, pero también es fundamental detener la mirada en lo mal hecho, y tomar medidas drásticas sobre todo con aquellos que laboran con recursos del Estado y asumen una postura negligente e irresponsable con el pueblo.

La coyuntura actual reclama en las calles la presencia de los inspectores populares (primero vestidos de amarillo y luego de azul) quienes con gran sentido del deber detenían cualquier vehículo estatal para transportar a la población. Ellos, verdaderamente, dejaron una huella favorable por el servicio prestado.

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Debemos acostumbrarnos a “tomar los toros por los cuernos”, como dice el refrán popular. No podemos seguir alimentando la cultura paternalista. Quien abuse con la población —desde cualquier postura— debe ser castigado, y como bien se decía en la medida anunciada el pasado 9 de febrero último en relación con los cuentapropistas, quienes incumplan lo establecido estarán a expensas de retirárseles la licencia o podrá decomisársele el transporte privado.

 
De esta manera es menester actuar también con aquellos que manejan vehículos estatales y quienes dirigen organismos u entidades —sin pretender librar una cacería de brujas, ni mucho menos— que mantienen una postura indolente al respecto.

La población es digna de todo cuanto se haga por ella. Personas como Iván, un hombre que enfermo va a trabajar, no merece otra respuesta. 

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