MIRAR(NOS): Domesticar

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MIRAR(NOS): Domesticar
Fecha de publicación: 
17 Febrero 2017
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No creo que el hombre haya domesticado al perro porque necesitara compañía, en todo caso y con ese fin procuró domesticar a la mujer. Algunos lo han logrado, en mayor o menor medida, pero a otros (los más) se les ha virado la tortilla y han terminado con el yugo en la cerviz. Leído así a la primera, la imagen es bastante cruda, pero no piense en ninguna intención escondida debajo de la idea. Véala simplemente como una metáfora.

 

En algún punto de nuestras vidas todos necesitamos algo nuestro. Las personas no se pertenecen las unas a las otras, pero ¿a qué reconforta saber que podemos contar con alguien bajo cualquier circunstancia, sin horarios específicos? Y es que la amistad (que nadie diga que no) casi siempre deviene intercambio, y el intercambio trae consigo interés.

 

Incluso el Principito de Antoine de Saint-Exupéry se dejó seducir por los encantos y secretos de la zorra. Terminó domesticándola, creando una dependencia recíproca que torció sus convicciones más puras.

 

Aunque no lo sabía así con absoluta certeza, hace unos días descubrí que de todos mis amigos me retroalimento. Probablemente porque le doy importancia a una buena conversación, caí en la cuenta de que mi círculo más cercano está rodeado de personas extrovertidas. Las dos cosas (la buena conversación y el denuedo a la hora del diálogo) no tienen que ir juntas necesariamente. Ya me conoce quien lee, soy enemiga número uno de lo absoluto.

 

Amigos sí tengo como para hacer un caldo con las mejores esencias de cada uno. Compartimos gustos; aunque quizás no en la misma magnitud, también estilos de vida y, lógicamente, puntos de vista. A mí me da por pensar que tampoco a ellos uno los escoge, no directamente. En algún lugar están escritas las decisiones que tomamos, las compañías que frecuentamos y los amigos que tocan por la libreta.

 

Más allá de sus virtudes o defectos, todos ellos, los míos, me han domesticado. Lo sé con mayor certeza cuando han pasado días sin hablarnos y me gustaría hacer turnos para vernos.

 

La vida, la señora vida, pone algunos kilómetros por medio. Con sus curvas, bajantes y rectas, invaluables distancias se acortan en la bendición que supone el cable telefónico, y más a tono con estos tiempos, la internet.

 

De modo que nadie está tan lejos como parece, al menos no desde su esencia. Si nos guiamos por Arjona, uno no está donde el cuerpo, sino donde más lo extrañan, pero el tiempo es traicionero y uno se va olvidando de que el roce es culpable del cariño.

 

Tanto distanciamiento termina por enterrar las mejores vivencias. Se quedan entonces, sujetos con imperdibles, los recuerdos más profundos... los otros se evaporan, se convierten en agua que cae en cualquier suelo, no necesariamente fértil. Porque en el saco de la desmemoria se nos va todo y no podemos elegir lo que queda.

 

Me gustaría, una vez al año, reunirlos, aunque ya sé lo que viene después. Seguramente ellos querrían hacer lo mismo y sería el cuento de nunca acabar.

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