Para que no se acabe el querer

Para que no se acabe el querer
Fecha de publicación: 
21 Diciembre 2016
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Conversando con una psiquiatra a quien conocí fortuitamente en una cola, le pregunté cuán duro y a veces doloroso podía ser su trabajo en la sala de internos donde me dijo trabajaba.

Para mi asombro, la doctora respondió que no era tan así. Los enfermos, decía, eran muy cariñosos, a veces demasiado. Cuando ella, por alguna razón, no podía ir, al otro día enseguida le preguntaban qué le había pasado y si estaba bien de salud.

Sin embargo, me comentó con un dejo de tristeza, a veces mis propios compañeros, mis colegas, ni me preguntan. Eso es más duro y doloroso para mí que el trabajo que hago con los pacientes psiquiátricos.

Lamentablemente, a veces la cotidianidad y sus dificultades condenan a lo último de la gaveta a esa sensibilidad humana que siempre debería andar a flor de piel. Parece emerger un cierto egoísmo que hace de nuestros asuntos y problemas el único eje de atención, sin importar si el de al lado, sea compañero de trabajo, vecino, amigo, pariente, o incluso un desconocido, está necesitando de nosotros.

No hablo ya de una ayuda material. A veces una llamada, una pregunta, un abrazo, se vuelven la mejor de las ayudas.

Pero hay un «sálvese quien pueda», un «defiéndete tú y déjame a mí» que parecen andar lastrando la convivencia. No digo que sea la generalidad, pero no por gusto a la anécdota que encabeza estas líneas se suma también el amargo comentario que una conocida me hiciera:

«Llevo un mes de reposo médico y nadie de mi laboratorio ha llamado para saber si necesito algo. Ni Sindicato, ni Partido, ni nadie. En contraste, mi sobrino, que es masón, perdió la billetera con todo el salario acabado de cobrar, y al día siguiente estaban sus compañeros de logia llevándole una colecta que habían hecho entre todos. ¡Di tú!».

El camino no va por imitar a organizaciones fraternales o similares, sino por ser consecuentes en el entorno más inmediato con lo que hacemos en otros ámbitos. ¿O acaso puede olvidarse lo que tantos médicos cubanos han hecho y hacen en otras partes del mundo? ¿Puede olvidarse lo hecho por nuestros combatientes internacionalistas?

Sin salirnos de estas fronteras insulares, en el pedacito de cada cual, qué bueno sería que cada uno tuviera la misma disposición hacia el prójimo que tiene al lado que para partir a esas misiones en lugares lejanos.

Pero, paradójicamente, hay quien fue dispuesto a dar la vida por la independencia de algún pueblo africano y, sin embargo, no es capaz de un esfuerzo, un pequeñito esfuerzo, por el que tiene en la puerta de enfrente. Conozco de una señora a quien su familia ha comenzado a enviarle dinero desde el exterior y esas finanzas le alcanzan para contratar los servicios de una doméstica.

Esta mujer, tiempo atrás, también limpiaba pisos ajenos, y ahora resulta que apenas da los buenos días a quien lo hace en su casa y la mira por sobre el hombro. Eso sí, no se cansa de pavonearse ante quien quiera escucharla sobre «lo bien que le limpia la señora esa».

En cierta oportunidad, esta persona vanidosa se vio precisada a salir antes de la hora en que habitualmente llegaba «la señora que limpia» —de más de 60 años—, y me pidió le dijera si la veía que regresara dos horas después. A mi propuesta de que la llamara por teléfono para evitarle el viaje por gusto, ripostó con una media sonrisa: Que camine, que camine, para eso le pago.

«Ser tan humano, que se acerque a lo mejor de lo humano», instaba el Comandante Ernesto Guevara, y nuestros hijos siguen repitiendo «Seremos como el Che». Entonces, haría falta que les demos el ejemplo.

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