MIRAR(NOS): Papeles invertidos

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MIRAR(NOS): Papeles invertidos
Fecha de publicación: 
25 Noviembre 2016
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Imagine esta escena: cualquier amiga que me lee,  llega a su casa, sin fuerzas para sonreír debido a la intensidad de la jornada. Suelta el bolso y en la cocina se encuentra su esposo, dando los toques finales a la comida, con los niños bañados, la casa limpia y en fin, todo hecho. Si me lee un hombre, igual, imagine la escena así, sin ponerle ni quitarle.

 

Le insto a que sueñe más... piense en esta como su realidad de todos los días, todos los años. Y bien ¿complacida(o)? ¿Es más o menos su anhelo que llegue el hada madrina y convierta su idilio en realidad concreta y cotidiana?

 

Algunos hombres seguramente después de la columna comenzarán a cuestionarme y tildarme de árbitro parcial. Seguramente, las mujeres sonreirán gustosas y las más intranquilas de pensamiento compartirán criterios sobre la igualdad entre unos y otros.

 

Lo que sigue va a sorprender a todos, excepto a quienes me conocen mejor. Yo, Liz Martínez Vivero, autora de esta columna, no pienso en el primer párrafo de hoy como una meta o una fantasía. Me gusta el orden establecido aunque compensando factores sin alterar el producto. Para hacerme entender bien, aunque no soy ama de casa (desconozco si alguna me lee) disfruto el atareo hogareño. No soy una máquina trabajando allí, como algunas que conozco. Planifico la semana con la ayuda de mi compañero y juntos emprendemos la rutina. Hay satisfacción en poner el plato a la mesa. Para él, que busca el menú; para mí que meticulosamente lo elaboro.

 

En alguna remota época, de mis clases de filosofía recuerdo que Federico Engels fue quien postuló que la preponderancia del hombre en el matrimonio es consecuencia, de su preponderancia económica. La mujer era más o menos una propiedad privada del hombre, primero del padre que la daba en casamiento, más tarde del esposo.

 

Los años pasaron por suerte y las mentalidades, los pensamientos más arcaicos fueron cayendo en el olvido. He descubierto que algunas viven todavía en la comunidad primitiva, con miedo a pedir permiso o ejercer un criterio. No me mire así, si vuelvo sobre el tema, es porque lo he visto recientemente. A un hombre que se calce los arreos de amo de casa, si conoce a alguno, por favor preséntemelo.

 

He visto a algunos hacerse cargo de todo en situaciones extremas y con asombro descubro que saben hacer las cosas, que no son tan huérfanos de luz en aspectos hogareños.

 

Probablemente la culpa sea nuestra que, desde niños, los alejamos de la escoba tratando de prevenir otras cuestiones también vilipendiadas por la sociedad.

 

Tengo un amigo que cose y pongo a prueba su hombría, si es preciso en fuego, para que no queden dudas. Se sienta en la máquina heredada de su abuela o ensarta una aguja y su destreza me acongoja por otro motivo.

 

Felizmente casado y con descendencia incluida, me hace cuestionarme por mi esfuerzo desmedido incluso a la hora de ensartar a la puntiaguda, aunque ahí me justifico en mi falta de visión, pero aunque comienzo librándome trato de poner manos a la obra. No concibo tampoco, a mis casi 26, la ignorancia en temas de costuras.  

 

Los papeles invertidos no debían ser cosa de situaciones límites, ni algo extraordinario, sino asumirse con naturalidad... ¿por qué nos podemos compartir todos los roles de género y no solo los que nos han impuesto siglos de patriarcado?

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