Sonando en Cuba y altísimo

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Sonando en Cuba y altísimo
Fecha de publicación: 
1 Noviembre 2016
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Ya han visto la luz las primeras consideraciones de colegas y especialistas sobre esta segunda temporada de Sonando en Cuba, pero nunca sobrarán comentarios cuando se trata de un programa que ha logrado revolucionar a la Televisión cubana y sus audiencias.

Sonando empezó muy bien y terminó mejor. Su factura y su contenido mucho dicen de cuánto se puede lograr cuando se le pone bomba y también, claro está, recursos. Esas dos cosas los cubanos las merecemos.

No voy a abundar en los premios conferidos, que para mí, en casi todos los casos, resultan indiscutibles. Sí vale la pena subrayar muchas veces que el superobjetivo de Sonando fue cumplido y rebasado: conferirle el lugar que merece a la música cubana.

Pero hubo más. Junto con la promoción de géneros, compositores e intérpretes que siempre debían estar brillando, salvados de las telarañas del olvido, estas entregas dominicales abonaron la identidad y el sentido de pertenencia de los cubanos.

Sin charlas ni consignas, en ese sentido Sonando habló hasta con los colores. No resultó casual que en el último programa los globos que llovieran sobre el escenario fueran precisamente rojos, azules y blancos; tampoco fueron fortuitas las imágenes que en las grandes pantallas recreaban desde el buen gusto y la creatividad, a la bandera cubana.

Cada bocadillo de los conductores ensalzando a aquel o a este compositor de todos los tiempos, cada nota brotada del pecho de los concursantes al interpretar números anclados en la historia musical de esta isla, fueron tributos a nuestra identidad, al sentido de pertenencia de quienes habitan en esta geografía.

En estos tiempos de guerra cultural y globalizaciones que desdibujan identidades y relegan patrimonios y autenticidades, esta producción de RTV Comercial, gestada por Paulo FG, es un renovador abono a la cubanía y sus raíces.

En más de una ocasión, realmente muchas veces, discursos y pronunciamientos de figuras públicas han insistido en la necesidad de fortalecer esencias, anclajes. También las recomendaciones de investigaciones sociales lo han indicado. Los cómo es lo que no siempre quedaba claro. Sonando ha dado una clase magistral en esa dirección porque el socialismo no está reñido con los colores, con el buen espectáculo.

Y el adjetivo de magistral no es una talla XL injustificada. Recuérdese de esta última emisión el homenaje a Camilo; de otras, referencias al bloqueo, a las víctimas del avión que volaba desde Barbados… Todo eso sin una palabra de más, sin una grandilocuencia o retórica que solo invitan a desviar el interés por aquello de la saturación.

Habría que hacer Bailando en Cuba, Cocinando en Cuba, Vistiendo en Cuba… Muchas ramas pudieran crecerle a este buen árbol, cuyos aciertos quedaron avalados por la concurrencia de figuras tan valiosas como diversas, desde Adalberto Álvarez y Frank Fernández hasta Silvio Rodríguez.

Lo cubano fue todo en Sonando, no solo la música. Lo fueron las propias historias de vida de los concursantes, gente de a pie, sin poderosos que les auparan ni billeteras abultadas para intentar comprar lo que el talento no conseguía.

Esos concursantes vivían en barrios como los que pueden encontrarse a cada paso; sus casas, ambiciones y problemas fueron el espejo de un bulto de gente como ellos. Por tanto, junto a las tres finalistas y al total de los que midieron sus voces y corazones, ganó nuestra música y ganamos todos los cubanos.

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