DE CUBA, SU GENTE: Se me va a hacer llagas este cuerpo solo

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DE CUBA, SU GENTE: Se me va a hacer llagas este cuerpo solo
Fecha de publicación: 
24 Agosto 2016
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El padre de Marcos la abandonó a ella y a sus hijos en cuanto vio la situación existente, y el hermano mayor de Marcos dividió la casa y si te he visto, no me acuerdo. Hasta se quedó con la línea telefónica. Por ende, Marcos no terminó la secundaria. Se dedicó a cuidar a su madre. A cargar maletas a los turistas en los hoteles, a revender periódicos, íntimas, y hasta curieles.

Ahora Marcos tiene treinta años. Le gusta el fútbol y las mujeres, pero no tiene tiempo —ni televisor— para asumir uno u otras. Su único período de ocio es cuando la madre duerme la siesta de la tarde y él sale al tejado de su casa, que implica apenas cuatro paredes maltrechas; que una vez fue la casita del motor en el tejado del edificio que hace esquina en 17 y G, y que hoy es la casita del motor más dos habitaciones.

Marcos se recuesta al muro del tejado y observa a la gente pequeña que camina treinta metros debajo, que corre o se detiene. Mientras, fuma. Marcos fuma mucho.

Así fue como Abdullah se le acercó: le ofreció un cigarro. Abdullah es un musulmán alquilado en el último apartamento del edificio de 17 y G; un apartamento de verdad, no uno inventado como el de Marcos. O sea, un apartamento con baño, con divisiones entre los cuartos, con cocina de verdad y no una metafórica: una hornilla sobre el suelo, al lado de la cama.

Abdullah le ofreció a Marcos cigarros Marlboro y comenzó a hablar. A Marcos le sorprendió cuán fácil le contaba ciertas cosas, cosas que no deberían contarse.

Por ejemplo, le dijo que odiaba a todos los países occidentales. Y no solo a los países occidentales, sino a su gente, a sus gobiernos, a su arquitectura, a todo. Que no estaba en contra del terrorismo, sino a favor. Y que las bombas eran necesarias.

Marcos fumaba los cigarros Marlboro y escuchaba a Abdullah insistiéndole en que se hiciera musulmán. Según Abdullah, recibiría entonces ayuda para su madre. Pero nada respondía Marcos.

Junto con una caja de Marlboro, el musulmán le entregó a Marcos un paquete de billetes con muchos dólares dentro. Eran billetes relucientes, nuevecitos. Recién salidos del banco.

Marcos preguntó a cambio de qué. Y el musulmán le dijo: a cambio de que me guardes esta maleta en tu casa. ¿Se puede abrir?, preguntó Marcos. No, subrayó el musulmán, pero necesitas el dinero, ¿o no?

Marcos sabe al dedillo que sí, que lo necesita. El montón de billetes podría comprarle una mejor comida a él y a su madre. Qué coño comida. Una mejor casa. Una enfermera para que lo ayudara. Y hasta un televisor y de alguna manera, una mujer al lado. Pero que no aceptó el dinero. No podía. No después de los sucesos del 11/11 que repercutieron sobre todo el mundo. No después de que Abdullah le dijera que el terrorismo era bienhechor. No podía. No quiso. No lo hizo.

Abdullah no insistió. Se llevó su paquete reluciente de billetes nuevecitos y dejó su caja de Marlboro. Marcos se fumó el primer cigarro de la caja mientras lo vio alejarse del tejado. Y el último, pocos días después, mientras veía al musulmán alejarse, lleno de maletas, del edificio. No sabe a dónde.

Esta mañana la madre de Marcos no quiso tragarse el desayuno. Se hizo más pesada que nunca cuando Marcos intentó levantarla para su baño. Marcos fue a pedir prestada una silla de ruedas al policlínico para poder llevarla. Cuando regresó, ya ella había muerto.

Marcos bajó entonces las escaleras de su edificio y buscó un teléfono público. Me llamó y me contó esta historia. Se sentía culpable, me dijo, de no haber aceptado el dinero del musulmán; culpable porque su madre hubiera muerto sin la posibilidad de un desayuno rico y de un televisor para entretenerse.

Hiciste bien, lo consolé. Se me va a hacer llagas este cuerpo solo, me respondió.

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