DE CUBA, SU GENTE: Ahora que la fosa común ya va a cerrar sus fauces

DE CUBA, SU GENTE: Ahora que la fosa común ya va a cerrar sus fauces
Fecha de publicación: 
7 Julio 2016
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Dice, también, que los mismos que en las mañanas le gritaban maricón entre los naranjales de Ariza de su infancia eran los que, a la caída de la tarde, lo esperaban agazapados detrás de la reja de la casa de su madre, para doblarle las rodillas a fuerza de golpes y hundirle la cabeza entre sus ropas sudadas, con sabor a tierra y a hombre.

 
Andrés se afeita las piernas con Gillete Super Max y gel Dove y me cuenta. Dice que tiene que invertir en él, en su físico. Que si no se cuida él mismo, nadie va a hacerlo por él.

Dice que en su adolescencia asumió las tardes como ese rato de pago por su existencia en el que calmaba las necesidades siempre perentorias de un grupo de hombres hirvientes, que luego de terminar de manosearlo, lo ayudaban a peinarse y a ajustarse el pantalón, raído.

Pero lo que más le molestaba a Andrés, me cuenta, era las habladurías de los ancianos, mientras él caminaba por las calles de Ariza. Que si sus piernas sin vellos, que si sus pendientes, que si su pulóver ceñido, que enseñaba la entrada del pubis. Y la reticencia de las personas a hablarle mirándole a los ojos por más de dos minutos. Y la condescendencia de aquellos que sí lo hacían.

Y por supuesto, entre las cosas que más le han molestado en la vida, está esa vez que pasó alguien que él no alcanzó a ver bien y le tiró alcohol en la cara… junto con una caja de cerillas encendida.

—Como para que no pudiera ver bien quién me esperaba detrás del muro de casa de mi madre —asume Andrés—, como si no supiera yo a quién pertenecía cada par de manos toscas.

Me cuenta Andrés que el día de su venganza le robó a su madre la caja del dinero y se montó en un tren hacia La Habana. Dice que en la ventana de su compartimento en el tren se reflejaba, cual montaña, la inmensidad de un fuego. Y que su vida comenzó, entonces, pura y limpia, como no lo había estado desde antes de la primera vez detrás del muro de casa de su madre.

Y que se alegró cuando, en el tren, una mujer cerca de él exclamó:

—¡Miren eso! ¡Qué clase de fogata hay en Ariza! ¡Parece que están quemando toda la basura del pueblo!

—Sí… —asegura que comentó en ese momento Andrés—, yo vengo de allá y la están quemando.

—Bueno —insistió la mujer—, pero el fuego es muy grande. Parece que se les fue la mano…

—Señora, usted no tiene idea de la clase de basura que había en ese pueblo —dijo Andrés, y me cuenta que después de esa frase no volvió a pensar en Ariza hasta el día de hoy, que comparte conmigo esta historia.

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