El alba de nuestra obra más grande

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El alba de nuestra obra más grande
Fecha de publicación: 
12 Mayo 2016
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Siempre cada día de las madres me tomo unos minutos para pensar en mi abuela Sara. Mulata alta, de voz y puño firme, zurda como yo, mástil de una familia unida. Capaz, con su título de Bachiller y un doctorado en la universidad de la vida, de guiar por el buen camino a sus seis hijos.

 

Varios sucesos me llevaron el pasado domingo a invocarla con más fuerza: el abrazo cálido de mi madre al encontrarnos en la tarde, pasajes de disímiles reuniones familiares rememorados, la vida, convulsa y paradójica…

 

Ciertamente el pensamiento más fuerte para traerla estuvo asociado con mi obra más grande: No se trata de ningún texto periodístico, sencillamente mi futuro hijo (a) ya viene en camino. Para mí significa algo así como haber descubierto vida en Marte, sumergirme en el Nautilus y tocar puerto en la Atlántida, perderme cámara en mano en la Capilla Sixtina, o sencillamente devorar el hectómetro en 9.56 segundos.

 

¿Estaremos preparados nene?

 

Fue esa una de las primeras interrogantes que escuché de Made. Miles de interrogantes desembocaron en mi mente: La edad, un elemento de ʻmadurezʼ que siempre se esgrime; las condiciones materiales elementales necesarias para recibir al nuevo miembro de la familia, condición a la que muchos le confieren un peso notorio; los valores y principios para poder educarlo con acierto…

 

Confieso que podrían hacerme esa pregunta una y mil veces y mi respuesta siempre se acercaría a esta: “Nunca se está totalmente preparado, ni se tienen las condiciones ideales. Sencillamente un hijo debe constituir el mayor motivo de satisfacción para todo ser humano, es nuestra mayor obra de creación. Vital en ese proceso interminable de aprendizaje mutuo es el amor, la comunicación, la comprensión.

 

Desde el preciso instante en que se confirmó la noticia de que sería padre, mi vida ha dado un giro de 180 grados. He revisitado una y otra vez mi andar por ella, la presencia incondicional de mi mamá, la solidez inexpugnable de esos lazos familiares sin importar latitud o distancia, mi formación y la ideología que practico. Justo ahí afloraron algunas respuestas sobre responsabilidad, el estar apto para encarar la travesía de la paternidad, las preocupaciones iniciales de salud, alimentación, bienestar de Made y la criatura.

 

Entonces el starter apretó el gatillo, sonó el disparo. Comenzó una maratón de años de duración, travesía de siempre. Desde ese preciso instante reparo en cada mamá adolescente, en cada regaño violento o inadecuado atestiguado por mí en la calle, en cada coche, rostro, sonrisa, manecillas minúsculas diciendo adiós. Despiertan en mí ese estado de ansiedad por darle la bienvenida a mi benjamín toda imagen de una pareja tomando a su pequeño de la mano, hablándole o explicándole el por qué de algún fenómeno, arreglando su uniforme o pañoleta a primera hora para llegar a la escuela impecable…

 

Es incuestionable que el cubano es un ser cálido por naturaleza. Esa mezcla  de español con negro africano, ese gen latino, nos ha convertido en una ʻespecieʼ sui géneris, con una elevada capacidad de respuesta ante cualquier situación, fraguada en una cotidianeidad intensa, diversa.

 

Desde hace algún tiempo mi metabolismo ha cambiado. Una feliz noticia lo hizo variar. Todas las formulaciones, cálculos, planes y proyecciones convergen en un destino: mi pequeñuelo (a).

 

No importó el hecho de haberme sometido a análisis en dos ocasiones por desconocimiento, tampoco la escasez de papel en el hospital Ramón González Coro para imprimir ese primer ultrasonido. No reparo en lo absoluto en el hecho de redoblar toda providencia con respecto a Made y sus días. Aligerar o contribuir en el proceso de culminación de su tesis. Respetar horarios y velar por su correcta alimentación. Madrugar y escuchar acuciosamente luego cada mínima indicación hecha en las consultas.

 

Todo esfuerzo previo y posterior fue premiado en la mañana de lunes, cuando pude filmar los primeros movimientos de mi pequeño (a) en el ultrasonido de genética. Poco más de tres minutos de gloria, de expectación, felicidad suprema bastaron para borrar casi dos horas de espera en el Policlínico Rampa. Horas de historias, de futuras madres con el brillo dibujado en su rostro, de satisfacción al conocer el sexo de su pequeño.

 

Siempre le he conferido un espacio especial al día de las madres. La carrera contra el desafiante Cronos en busca de un presente, un simple detalle que de fe de nuestro cariño de hijo, nieto, sobrino, amigo…Ver a miles de cubanos montados exactamente en el mismo personaje, la siempre fiel y pintoresca cola, la complicidad tóxica del calor, los dependientes apostando a la última gota de paciencia para intentar no sufrir metamorfosis de solícitos a demoníacos.

 
El del pasado domingo fue especial. Gracias a mi abuela Sara por acompañarme siempre, no ha dejado de estar a mi lado, de iluminarme el camino, de atender a mis constantes llamados. A mi madre, esa escudera eterna, mi mayor tesoro. Gracias a Made, por aceptar compartir el tablado en cada acto de esta obra, por ser musa y cómplice, consejera y hermana, por llevar a resguardo nuestro fruto. A todas las madres de la familia, amigas, conocidas.

 

Salgo a caminar en busca de una nueva historia. Mi viaje es largo, el deporte, como siempre, me absorbe, pero en lo adelante también cada imagen de paternidad, pues acabo de irrumpir en el umbral de mi mayor creación.

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