Crónicas de calle: Almendrones

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Crónicas de calle: Almendrones
Fecha de publicación: 
14 Marzo 2016
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Parece que subieron los salarios, o los impuestos, o el precio de la gasolina en el mercado informal y no me he enterado. Algo tiene que haber subido para que el pasaje en almendrón desde el Vedado hasta Miramar y viceversa se haya duplicado por decisión unilateral de algunos de los conductores.

Hasta hace poco tiempo lo habitual eran 10 pesos. Ahora, antes de que te montes, te suelen advertir: hasta allá son veinte. Todavía te queda la opción de decirles que no, que esperarás otro carro. Pero como están las cosas, puede ser que tengas que esperarlo por un buen rato.

Las leyes de la oferta y la demanda, dirán algunos. Yo me pregunto: ¿por qué casi siempre son los de la demanda los que se van con la podrida?

***

“Esta es la máquina del amor —dice uno que maneja un Ford del 50, bastante destartalado, entre Alamar y La Habana Vieja—; unos cuantos se han enamorado arriba de este carro. Ni se conocían, se montaron, se miraron, comenzaron a hablar y cuadraron la caja. Ese es mi carro, que tiene lo suyo”.

—¿Y cómo saben que se enamoran? Si cuando se bajan ya no los vuelve a ver —pregunta una que no se cree el cuento.

—Porque se han vuelto a montar unos días después, ya cogidos de mano; hombre con mujer, hombre con hombre, mujer con mujer, porque este carro no tiene prejuicios.

La mujer se le ríe en la cara:

—¡Ese cuento se lo hace a otra!

—¿No me cree? Mire a este muchacho que tiene al lado —me señala sonriente—, comiencen a hablar para que vean…

Yo me ruborizo y miro por la ventana.

***

Una pregunta que pone en jaque a la más elemental lógica (aunque les aseguro que tiene su propia lógica):

¿Por qué una máquina entre la Villa Panamericana y La Habana Vieja cuesta 10 pesos y la misma máquina entre La Habana Vieja y la Villa Panamericana cuesta el doble?

***

“Este carro era de mi padre, que lo heredó de su padre, que a su vez lo heredó de su padre, que lo recibió de regalo de su padre” —cuenta otro chofer. Cinco generaciones han pasado por el dichoso carro, que rueda de puro milagro.

—Por puro milagro no —aclara el chofer, que casi es un adolescente—, gracias a la ingeniería nacional —y suelta una carcajada—; lo único que le queda a esto del original es la carrocería. El motor es de un Fiat, está nuevecito. Este sí que no nos va a dejar botados en medio del túnel.

***

Lo que más se escucha en los almendrones de La Habana es reguetón. (Y una parte del reguetón que se escucha es de pésima calidad y de una vulgaridad que espanta). En segundo lugar se escucha música romántica, algo que resulta un poco más pasable, en dependencia, claro, del intérprete. En tercer lugar, música popular bailable, fundamentalmente timba o salsa latina. Los demás géneros son inusuales en los equipos de audio de los almendrones.

Hace algún tiempo narré en mi blog que un almendrón entre el Vedado y Miramar me sorprendí escuchando una sinfonía de Mozart, para desesperación de una de las pasajeras. Pero hace unas semanas me sorprendió otra joya: ¡Beatriz Márquez cantando Pólvora mojada! Llovía, las gotas perlaban el cristal de la ventanilla, y yo experimenté una extraña y flemática satisfacción.

***

—Mi chino, ¿para dónde tú vas?

—¿Para dónde va usted?

—No sé si llegues ahí…

—Dígame a dónde es y le digo…

—Pero, ¿por qué calle tú coges?

—Voy por Infanta…

—¿Crees que llegues a donde voy yo?

—¡¿A dónde va usted, señora?!

—Espérate, deja preguntarle a este otro, que a lo mejor sí llega…

***

Frase lapidaria de un pasajero, al bajarse de una máquina de alquiler en Línea y Paseo:

“Los almendrones son la mayor suerte y la mayor desgracia del transporte público de este país”.

Todo el mundo comprendió la paradoja.

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