DE CUBA, SU GENTE: Luisa y la dicotomía del silencio

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DE CUBA, SU GENTE: Luisa y la dicotomía del silencio
Fecha de publicación: 
25 Febrero 2016
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«Todo empezó una vez que cogí un taxi y no sabía cómo pagarlo. Hice lo que tenía que hacer —dice Luisa con desenfado—, terminé haciéndoselo a muchos».

«Hubo un hombre que cada vez que lo veía, me daba un regalo: una batidora, una plancha. Saqué mi cuenta rápida y dejé de trabajar con los demás. Me centré solo en uno, que es el sueño de toda mujer de la vida, tener a uno solo».

«Claro, hubo quien no entendió que yo solo estuviera con Herrero, que es como se llama mi marido. Por eso él me llevó a un lugar nuevo, donde nadie me conocía. La gente hasta pensaba que él era mi esposo. Pero nunca lo ha sido, porque él es casado».

Luisa se detiene, abrupta. Sentimos el sonido de una cerradura abriéndose. Se levanta, inquieta.

—¿Ya te llenaste? —me apura mi comida.

Su ansiedad me preocupa, pero no articulo palabra.

—Ya terminaste con tus preguntas.

—No, falta un poco —le digo.

Luisa, imponente, con la fuerza que ha tenido que asumir durante años de cuidarse sola, de estar a merced de sus propias y azarosas voluntades de adolescencia:

—No era una pregunta. Necesito que te vayas. A mi marido no le gusta que reciba visitas si él no está.

Yo, inocente, asumo actitud de gallito de pelea:

—Que no le guste. ¿Y eso qué?

De la nada, o quizás de todas partes, el hombre con el que Luisa vive tira contra el suelo un yaqui y un dado de porcelana, gigantes los dos, que estaban a la entrada de la casa, a manera de adorno.

Luisa se apresura a acompañarme fuera. Antes de irme, insisto, no sé si por inmadurez, necesidad de reafirmación o la más soez consternación por su problema.  

—Luisa, dime la verdad… mira, si quieres no publico esto, pero yo necesito saber, ¿él es así de violento?, ¿lo es contra ti?

Ella no conoce la vergüenza:

—Solo cuando da regalos caros… Una vez me regaló una lavadora automática de lo más buena, tan solo porque quería complacerme… y terminó tirándome contra esa lavadora.

—¿Cómo lo permites?

—Bueno, amiga, mientras los golpes no me dañen mi lavadora, no hay problema.

Y cierra la puerta en mi cara.

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