De Cuba, su gente: De qué sirve contemplar las olas

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De Cuba, su gente: De qué sirve contemplar las olas
Fecha de publicación: 
21 Diciembre 2015
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Pero nosotras la sabíamos enferma de un mal que no se iría. Sus piernas amontonadas bajo las sabanas, los huesos reblandecidos como gusanos. La almohada amarilla, el olor amarillo, los pomos y las cucharas. Su cabeza echada atrás como una dama sedienta. Mi prima, ciclista de ciudad.

 

Decía que vivir era llegar y morir era volver. Decía que el cielo y el infierno solo existen en nuestra mente. Pero a veces no decía nada; porque a veces no podía terminar de hablar: su propia saliva la ahogaba, y los brazos le colgaban, fatuos, a ambos lados de la cama.

 

Si estaba de buen humor, tenía conversaciones inconexas. En aquel tiempo no la entendía, y ahora trato de buscarle el sentido:

 

-¿De qué sirve contemplar las olas, si lo que deseamos es encontrar la preciosa perla? –me decía a cuentagotas, como quien revela algo trivial. Luego, muy seria, me pedía que contara las manchitas blancas de mis uñas, para así saber cuántos muchachos pensaban en mí.

 

Era difícil imaginar sus piernas alguna vez fuertes, los huesos duros dividiendo el aire, pedaleos limpios y precisos, no doblados y arrugados como los de un bebé, no ahogándose bajo la luz, flatulenta, amarilla.

 

El día que jugamos el juego no sabíamos; no podíamos adivinar. Con nuestras cabezas echadas para atrás, nuestros brazos flojos e inútiles, colgantes como de muertas, nos hicimos las moribundas. Reímos como ella reía. Hablamos como ella hablaba, del modo en que los ciegos hablan con la cabeza ladeada y los ojos pegados. Imitamos la forma en que teníamos que levantarle la cabeza para que pudiera tomar agua, sorberla lentamente de un jarrito maltrecho.

 

No supimos. Había estado muriéndose por tanto tiempo que lo olvidamos. Nos dejó de parecer inminente. No lo creímos. Pensamos que había nacido así y que viviría así para siempre.

 

Me pidió, muy bajito, que le leyera mis poemas. Le dije que otro día. No me respondió.

 

Tal vez quería escucharlos por última vez. Tal vez era su despedida, su manera de decirme que, finalmente, después de tantos años, presentía el final. Que le leyera un último poema y ya después podría descansar de lavar platos, fregar sábanas y cambiar el orinal. Un último poema, una última vez, y podría volver a ser niña, volver a poder rezongar bajo de la cúspide del cielo en vez de limpiar escupitajos virulentos y lavar y planchar sábanas y ayudar al esposo, que ya no lo era.

 

No insistió. Quizás le dio vergüenza. Quizás no tenía fuerzas.

 

Y entonces murió, mi prima que escuchaba mis poemas.

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