De Cuba, su gente (II): Canta el olor con otra ortografía

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De Cuba, su gente (II): Canta el olor con otra ortografía
Fecha de publicación: 
30 Noviembre 2015
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-Ese olor que sientes es el gas metano. Es con lo que se hace el biogás –me explica.

Como quiero ayudarla, -mi prima tiene ocho meses de embarazo- hago un esfuerzo, para mí sobrehumano, por quitarle la escoba y remover los desechos de los cerdos.

No tengo idea de cómo se llama dónde estamos. Sé que la casa por no tener no tiene ni paredes. Sé que tampoco tendría por qué.

A la derecha, las lomas del Escambray; en frente, kilómetros de sabana con marabú. Sé que este pedazo de tierra, de tan perdido en el mapa, por no tener no tiene ni nombre.

Frente a nosotras una pequeña con piernas llagosas arrastra sobre una penca de palma una muñeca de trapo.

-¿A dónde van tú y tu muñeca? –le pregunto, pero la niña es arisca y no me responde.

Mi prima la ignora; tiene otros menesteres de los que ocuparse. Hace una mueca y se recuesta en el suelo. “Estás bien, qué te pasa”, le pregunto.

-Tráeme agua –me pide y me señala el pozo, a unos cien metros de allí.

Por el camino me encuentro con el hijo mayor de mi prima. Lo saludo con cariño; no lo veía hacía mucho. Viene cargando un vagón de excrementos de puerco. Me explica que la finca necesita 350 kilogramos de “mierda de animales” para producir el máximo de gas metano para el que está diseñado. Lo escucho con el respeto con que atendería a un hombre hecho y derecho. Por la seriedad de su voz y el empinamiento de su pecho me olvido a ratos de que tiene once años.

Me pregunto entonces por esa otra realidad que hubiera yo tenido si mi madre hace veinte años no hubiera cogido par de maletas y emigrado para La Habana. Sería yo la persona que soy, escribiendo estas líneas, o estaría con las piernas laceradas por las matas y bichos, rodeada de gallinas, guanajos y cerdos. Hasta qué punto la realidad condiciona lo que vivimos. ¿El ser humano piensa como vive, irremediable e inexorablemente?

Cargo par de cubos del pozo y regreso a ver a mi prima. Me recibe a las puertas de la casa la niña que arrastraba una muñeca de trapo. Ha sustituido la muñeca por un bebé lloroso, pero la penca sigue siendo la misma. Dejo los cubos a un lado y levanto al niño del suelo. A unos pasos de allí, mi prima todavía expulsaba la placenta.

Yo, que llevo casi una década cuestionándome si salir o no embarazada, lidiando lo mejor que puedo con el miedo al dolor del parto y la poca higiene que encuentro en los hospitales, cargo a un primito que llora entre moscas y gas metano, que nació casi ante mis ojos, sobre la tierra árida del altozano.

-Cómo te demoraste, chica. ¿Dónde está el agua? –me interrumpe la concatenación de pensamientos mi prima- búscala para limpiarme.

Ante la falta de un sitio decente donde colocar al bebé, lo cargo en mi pecho, y le alcanzo a mi prima los cubos de agua.

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