Hay gente que no sabe mirar

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Hay gente que no sabe mirar
Fecha de publicación: 
23 Marzo 2015
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No para irme por las espinosas ramas de la calidad de los servicios en esta isla -eso sería un seguro motivo de migraña post artículo-, sino para hablar sobre esas tantas miradas que descubres, te tropiezas o te rehúyen cada día, ratificando lo que decían las abuelas: la mirada es el espejo del alma.

De primera y pata, rechazo a las personas que te hablan sin mirarte a la cara. En mi subconsciente se posiciona de inmediato  la imagen de esos bichos viscosos, reptantes, oscuros, ¿jubos? No sé mucho de zoología. Pero lo cierto es que desconfío de quien me dice el “mucho gusto” de las presentaciones, con los ojos apuntando a otra parte.

Y si se trata de personas ya conocidas, que, cuando te hablan, a veces te miran a los ojos y a veces no, entonces la cosa es peor. Porque a las primeras, les das un delete inmediato y sin remordimientos; pero las segundas, te ponen a funcionar el psicólogo –a veces psiquiatra- que todos llevamos dentro, y hasta Freud se asoma a menearse un poco a ritmo de guachineo.

Ocurre que quien escabulle la vista, te oculta algo o es per se un esconde-cosas, un tipo o tipa que engaña o se engaña, un cobardón, o, al menos, alguien que no está en paz consigo mismo.

Ustedes dirán, y ¿quién está siempre en paz con uno mismo? “No somos santos, joder”, reclamarían los malos doblajes al español de las películas de turno. Por acá la expresión sería algo parecida, pero más directa. De todas formas, el asunto es que aunque en el reino de este mundo nadie anda caminando por ahí con un halo y su par de alitas, lo cierto es que los “pecados” inherentes a vivir no son en la mayoría de los casos tan pesados como para obligar a desviar la vista frente al interlocutor, o frente al espejo, que sería “de lo más peor”.

A veces estás conversando con alguien y te parece que en vez de un diálogo, estás frente a un discurso, porque el otro, la otra, no hace más que mirar al horizonte, peinando a diestra y siniestra como buen parabrisas. Es lo usual que hace aquel que discursa desde un podio, porque fijar la vista en una sola persona del público sería, cuando menos, molesto.
Pero aquel que está intercambiando contigo y no te mira, ese es cualquier cosa menos un orador.

Hay des-miradas de muchos tipos, porque me he fijado que algunos hombres cubanos, al saludarse o despedirse con el consabido apretón de manos, a veces lo hacen como sin querer… y sin mirar. Pareciera que le están restando importancia al asunto. No sé, quizás sea una sutil expresión de machismo cuyos móviles más hondos no llego a alcanzar; quizás sean solo mal educados.

También hay personas que no saben mirar, no es que no quieran hacerlo. Son esas que para nada se atreven a ser “un alma que al mirarme sin decir nada me lo dijese todo con su mirada”. Tienen mucho que decir, pero a veces es tanto, que prefieren amordazar a su “niña de los ojos”, como llaman a la pupila.

Esos pudieran ser tímidos o refrenados por educaciones familiares donde junto a la compota le van dando al crío la lección de que los sentimientos no son para publicarlos, son de uno y ya. Y si es en el caso de los varones, apaga y vamos.

Claro, hay quien no tiene sentimientos que publicar, no porque de tan perversos valga más mantenerlos ocultos, sino porque, simplemente, esa carpeta la tienen casi vacía,  únicamente con los sentires más elementales que nos distinguen de los animales –y cuida’ o.

Pero creo que el caso más triste es el que mencioné antes, de aquellos que por haber llevado una vida durísima, o por equívocas enseñanzas hogareñas, no aprendieron a mirar. Son esos que le pasan por al lado a las breves hermosuras cotidianas sin reparar en ellas, lo ven todo “al bulto” o, simplemente, a través de lentes ajenos, sin ocurrírseles, o sin atreverse, a ver más que una nube donde dicen que está el cielo.

Dentro de los que no aprendieron a mirar se apuntan  también los incapaces de entender el verso del cantautor: “Tu mirada, es el más perfecto modo de decirlo todo, todo, aunque no hayas dicho nada”. Es posible, y lamentable, que nunca fueran destinatarios o emisores de tal regalo.

 Son los que no saben trasladar desde lo hondo de la pupila esos mensajes, a veces resultan más elocuentes que cualquier incontinencia verbal mal diagnosticada y peor medicada.

Por eso me conmovió tantísimo cuando ayer, en el policlínico,  se sentó frente a mí, aguardando por la consulta con la doctora, aquella pareja con su niño en brazos. Parece que tenía fiebre y ella le tocaba a menudo la frente. Pero él, un fortachón de esos de concurso y entrado ya en la treintena, no se inclinaba siquiera hacia su bebé. Pretendía proyectar serenidad, casi indiferencia, aunque el incesante movimiento del pie delatara lo contrario.

Pero cuando ya no pudo más con la pose, con tanta angustia y tanto amor que le dolía, fijó sus ojos en el bebito. Ni un solo músculo del rostro o el cuerpo movió, pero lo que le dijeron sus ojos al niño… todavía no se han inventado las palabras para poder repetirlo.

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