Opinión: El amateurismo del General

Opinión: El amateurismo del General
Fecha de publicación: 
18 Noviembre 2012
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La comunidad de inteligencia y el generalato norteamericano deben estar perplejos por la mezcla de amateurismo, ingenuidad y frivolidad conque David Petraeus, el más reputado de los militares norteamericanos, flamante director de CIA y John Allen, Jefe de las tropas occidentales de Afganistán, se han enredado en un lio trivial que mezcla faldas y correos electrónicos.

Es probable que el origen de la investigación conducida por el FBI se haya desencadenado al dispararse alguno de los fusibles que protegen la seguridad nacional, uno de cuyos puntos más vulnerable es el factor humano. Obviamente la contrainteligencia nacional, actividad que en Estados Unidos está a cargo del FBI no investiga por rutina al Director de la CIA y, a menos que haya un “garganta profunda” lo más probable es que esta vez se trate de una conexión horizontal que tras un asunto de faldas revela puntos débiles en la seguridad del país.
 
En los ámbitos militares regidos por el mando único y estrictas reglas de compartimentación y subordinación, donde el secreto forma parte de la rutina y el poder de los jefes es incuestionable, resulta difícil investigar la vida privada de un peso pesado como David Petraeus, Comandante Norteamericano en Irak (2007), Jefe del Comando Central (2008), Comandante de todas las fuerzas militares en Afganistán (2010) y Director de la CIA (2012), con probabilidades de convertirse en un próximo presidente de los Estados Unidos, cargo que han ocupado sólo 5 militares de carrera: George Washington, Zachary Taylor, Theodore Roosevelt, Ulises Grant y Dwight Eisenhower.

Según se sabe, el desencadenante para la investigación fue la queja presentada por Jill Kelly, una trabajadora social, amiga de Petraeus y de su familia, vinculada a la base aérea de McDill en Tampa, donde estuvo radicado el general cuando se desempeñaba como Jefe del Comando Central y que en el mes de mayo comunicó al FBI estar recibiendo correos electrónicos descompuestos agresivos y cuyos textos implicaban al director de la CIA.

Al remontar la fuente de los mensajes el FBI llegó al ordenador de Paula Broadwell cuyos vínculos con Petraeus eran públicamente conocidos y que por su contendí hacían suponer una relación sentimental impropia. Para más complicaciones la presunta amante del general utilizó para sus comunicaciones un indicativo o alias empleado por el Director de la CIA.

La investigación tomó un giro inesperado cuando al introducirse en el  círculo digital de Jill Kelly, el FBI descubrió en la línea la voluminosa presencia de otro de los grandes en la jerarquía militar norteamericana, el general John Allen, quien había sustituido a Petraeus como máximo jefe militar en Afganistán. Debido a que de ese modo el Pentágono fue implicado, el Secretario de Defensa León Panetta ordenó una investigación en regla.

A partir de ese punto las conexiones con la seguridad nacional de los Estados Unidos y el Alto Mando eran evidentes y de conocimiento como mínimo del director del FBI Robert Muller y de los secretarios de defensa y justicia Leon Panetta y Eric Holder respectivamente, estos últimos del círculo más cercano y con acceso expedito al presidente.

Todo se enreda cuando Pula Broadwell, realizó declaraciones públicas en las cuales se evidenció que dispone de informaciones sensibles sobre lo ocurrido en el consulado norteamericano en Bengasi el pasado 11 de septiembre cuando fue ultimado el embajador norteamericano Christopher Stevens y que no debía poseer. ¿Cómo las obtuvo? Y ¿Por qué las utilizó?  Es algo que seguramente ella y el general deberán explicar. Luego les cuento como marcha el asunto. Allá nos vemos.

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