ARCHIVOS PARLANCHINES: ¡Ayúdame, diosito…!

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ARCHIVOS PARLANCHINES: ¡Ayúdame, diosito…!
Fecha de publicación: 
7 Febrero 2020
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El Cristo de La Habana, la majestuosa y colosal estatua que se encuentra a la entrada del puerto de La Habana, entre la vetusta fortaleza de San Carlos de la Cabaña y el pueblo de Casablanca, es una referencia permanente para los capitalinos que siguen apegados a sus raíces más pintorescas y anecdóticas. La escultura, declarada Monumento Nacional en 2017, nos permite soñar una ciudad que sigue impresionando a propios y extraños y, a la vez, nos hace cómplices de una historia llena de atrevimiento, secretismo y espíritu bizarro que le ha tocado los cascabeles a más de uno…
 

La promesa
 

Varios historiadores coinciden en afirmar que la idea de erigir el Cristo en la loma de La Cabaña nació durante el asalto al Palacio Presidencial, llevado a cabo el 13 de marzo de 1957 por el Directorio Revolucionario con el fin de ajusticiar al dictador Fulgencio Batista. Ese día, la entonces primera dama, Martha Fernández Miranda, prometió, en un acto de desesperación, erigir una imagen de Jesucristo que pudiera ser divisada desde cualquier rincón de la ciudad, si su esposo escapaba con vida de aquel infernal tiroteo.
 

No mucho tiempo después, se anunció el concurso El Cristo de La Habana, y se creó un Patronato con el propósito de recaudar fondos para sufragar la ejecución de un proyecto que pronto logró reunir la cantidad de 200 000 pesos, una cifra nada despreciable en la época.
 

Para sorpresa de muchos, la escultora cubana Jilma Madera, natural de San Cristóbal, hoy provincia de Artemisa, quien había esculpido el busto de José Martí emplazado en el Pico Turquino y el frontispicio de la Fragua Martiana, ganó el certamen con un proyecto sin modelo a la vista que se inspiró más bien en su ideal de belleza masculina: altura y linaje, porte señorial, ojos oblicuos y labios pulposos, en sintonía con el mestizaje racial de este pedazo del mundo; aunque las malas lenguas aseguraron durante años que la creadora retrató a un misterioso caballero unido a ella sentimentalmente.
 

En principio, los burócratas batistianos intentaron levantar una figura más alta que el Jesús Cristo del cerro del Corcovado, en Río de Janeiro, pero la propia Jilma se opuso a la desastrosa idea por la poca altura de la loma de La Cabaña. Al final, se votó por una mole de 20 metros de altura sobre una base de tres y una elevación de 51 sobre el nivel del mar que complació a casi todo el mundo.
 

Nace el gigante
 

Con todas las decisiones en su bolso, Jilma marchó a Italia a mediados de 1957, donde dirigió a los obreros «técnica y artísticamente» durante un año de trabajo intensivo hasta que la obra quedó lista y, tras ser bendecida por el Papa Pío XII, comenzó su travesía hacia Cuba. En su construcción fueron utilizadas 600 toneladas de mármol blanco de Carrara, el mejor del mundo, que formaron 12 estratos horizontales y 67 piezas que se unieron en el interior.
 

El montaje se inició a principios de septiembre de 1958, con 17 operarios encabezados por la propia Jilma y el apoyo de una grúa de fabricación norteamericana.

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Jilma en plena acción.

 

La figura de Jesús aparece de pie, mirando hacia la ciudad, con una mano en el pecho y la otra en alto como muestra de su amor por el prójimo. En declaraciones recogidas por El Mundo de marzo de 1960, Jilma comentó:
 

«En el Cristo de La Habana seguí mis principios y traté de lograr una estatua llena de vigor y firmeza humana. Al rostro le imprimí serenidad y entereza como para dar la idea de la certidumbre de sus ideas. No vi a Dios como un angelito entre nubes, sino con los pies firmes en la tierra».

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Proceso de colocación de la cabeza del Cristo.

 

La escultura fue inaugurada el 25 de diciembre de 1958, en un acto solemne que fue presidido por el mandatario Fulgencio Batista y su esposa, una semana antes de la caída del régimen ante el impetuoso avance del Ejército Rebelde.
 

Desde el Cristo se puede disfrutar de una de las más hermosas e imponentes vistas de La Habana, sobre todo de su parte más vieja, así como del paso de enormes buques por el canal y del andar nervioso de las lanchas de pasajeros que transportan a los vecinos a ambos lados de la bahía.

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El Cristo no fue visto por su creadora como «un angelito entre nubes».

 

Por supuesto, al hercúleo no le faltaron tampoco las novelerías: en su base se enterraron diversos objetos de la época, como periódicos y monedas; la efigie tiene los ojos vacíos y da la impresión de mirar a todos por igual, y en sus pies se observan unas sandalias de meter el dedo que empleó la propia Jilma.
 

¡Cuidado con los rayos!
 

Al colocar la obra en la loma no se instaló un pararrayos, a pesar de que, por su tamaño y la armazón ferrosa de su centro, resultaba muy vulnerable. En 1961, en medio de una tormentosa borrasca, un rayo impactó y perforó la cabeza del Cristo, la cual fue reparada durante cinco meses por la propia Jilma con el apoyo de los bomberos de la calle Corrales.
 

Al año siguiente, una segunda descarga estremeció de nuevo su parte superior, y en 1986 un tercer relámpago estuvo a punto de sacarla de circulación. Entonces, al fin, fue protegida por un pararrayos; sin embargo, los males acumulados en casi toda su superficie resultaban ya irreversibles y un intento de mejorar su estructura emprendido por varias instituciones religiosas en la década de los ochenta resultó un total fracaso.
 

Por ello, en 2012, el coloso, víctima de la intemperie y de los contaminantes atmosféricos, mostraba incrustaciones salinas, manchas rojizas y otras anomalías que anunciaban un peligroso derrumbe, el cual, a la postre, fue evitado por un amplio equipo de expertos que ganó el Premio Nacional de Restauración 2013.

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La escultura se puede divisar desde muchas partes de la capital.
 

En el Museo Municipal de Historia de San Cristóbal se atesora un gran número de fotografías, documentos y piezas originales de Jilma Madera, una artista que también le da nombre a un certamen de artes plásticas y literatura auspiciado por este centro de estudios.
 

¿Es el Cristo de La Habana una de las figuras más admiradas de la capital, como algunos dicen? Es posible. No obstante, lo que sí resulta innegable es que durante décadas ha sido fuente de inspiración de poetas, pintores y trovadores serenateros, quienes, a sus pies, se han atrevido a devorar un imponente paisaje marino que enseguida le da paso al toque nostálgico de las edificaciones coloniales.

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