DE CINE EN CINE: Mucho dolor y mucha gloria

DE CINE EN CINE: Mucho dolor y mucha gloria
Fecha de publicación: 
23 Diciembre 2019
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No hay que estar muy al tanto de las muchas peripecias de Pedro Almodóvar para notar la esencia intensamente autobiográfica de su más reciente película: Dolor y gloria. El tono es evidentemente confidencial, como si nos adentrara en la intimidad de alguien. Que Almodóvar escogiera a Antonio Banderas, uno de sus actores fetiches, para interpretar a un director de cine asediado por sus demonios habla perfectamente de la apuesta: se trata de caminar sobre la cuerda floja de las emociones, a punto de caer siempre, pero luchando con todas las fuerzas por mantener el equilibrio. Banderas —excelente— es capaz de cubrir el espectro. Y el resto de los actores también, porque aquí hay enjundia para todos.

De cualquier forma al director no le interesa establecer fronteras inamovibles entre el referente y su recreación. Ni vale la pena averiguar dónde comienza exactamente la ficción. Esta es una historia sobre los «fantasmas» de la creación y cómo se entrelazan con el devenir del creador, su día a día. Algunos quieren pensar al arte como un ente autosuficiente y autónomo, olvidando que detrás (o delante, o dentro) está el artista. Y el artista es un hombre o una mujer de carne y hueso, que siente y padece nuestros mismos dolores de estómago (concretos y metafóricos). El gran reto es que la creación consiga trascender la medianía con ese plus que tantos años de historia del arte y teoría de la cultura no acaban de definir con suficiencia. El título de la película es una declaración de principios.

De las deliciosas «imperfecciones» del joven cineasta que fue Almodóvar (a pesar de las cuales —o quizás por las cuales— siempre se vislumbró su genio extraordinario) aquí no queda nada. Esta es una narración ejemplar a la hora de trenzar las épocas y sus complejidades. Nada sobra. Nada falta. El director tiene pleno dominio de la munición que necesita para cada disparo. Visualmente es una película hermosa, pletórica de imágenes poéticas y significativas. Pero Almodóvar no se regodea fútilmente en la belleza: la asaetea con los imperativos de la pasión, el desencuentro, los miedos, el éxito… Está aquí, por supuesto, el singular humor del director, algunas de sus fórmulas y obsesiones dramáticas. Y hay, al mismo tiempo, una densidad filosófica que se puede asimilar con la misma facilidad con la que consumimos una telenovela. No es lo mismo, claro. A eso juega Almodóvar.

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Penélope Cruz, tan hermosa y tan capaz...

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