ARCHIVOS PARLANCHINES: La santa de las mujeres embarazadas

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ARCHIVOS PARLANCHINES: La santa de las mujeres embarazadas
Fecha de publicación: 
15 Diciembre 2019
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Como leí en cierto prólogo escrito por el folclorista Rogelio Martínez Furé, a principios del siglo xx la religión católica está lejos de abarcar en Cuba a las grandes mayorías. Ello provoca, por supuesto, un gran auge de cultos afrocubanos, como los yoruba como punta de lanza, y una peligrosa difusión del espiritismo y otras supersticiones de remotos orígenes. En realidad, si los jueces inquisitoriales de la conquista y poblamiento hubieran podido resucitar, habrían llenado a la Isla de miles de hogueras. ¡Sálvanos, Dios!
 

Lo apuntado justifica el fenómeno que se da con Amelia Goyri de la Hoz, la Milagrosa, una suerte de santa popular, no reconocida por ninguna autoridad eclesiástica o seglar, cuyo encanto radica, precisamente, en su falta de beatificación oficial.
 

Amelia, una hermosa dama, muerta en su primer alumbramiento, se erige desde los primeros lustros del siglo precedente como la protectora de las mujeres en el trance nervioso de la gestación, quienes acuden a su tumba, única de sus características en el habanero Cementerio de Colón, en busca de asistencias ultramundanas. Aunque, bueno es aclararlo, en un inicio, la historia de Amelia no se aleja mucho del tradicional folletín.

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Amelia, ¿santa o personaje popular?
 

Procedente de una rica familia de origen vasco, la muchacha, sobrina de Inés, la marquesa de Balboa, se enamora de su primo segundo José Vicente Adot Rabell y, tras sufrir varios años de rotundas negativas, debido a las desigualdades sociales existentes entre las familias, logra consumar su matrimonio a los veintitrés años, cuando su pretendiente se aparece en La Habana con los grados de capitán del Ejército Libertador, tras el fin de la Guerra de 1895.
 

Más tarde, la feliz pareja pasa a residir en el barrio del Pilar, perteneciente al municipio capitalino del Cerro, donde la suerte no la acompaña: la joven queda de inmediato embarazada y a los ocho meses sufre una hipertensión que la afecta, tanto a ella, como a la hijita que llevaba en su vientre. José Vicente, aterrado, convoca con urgencia al doctor Eusebio Hernández, antiguo mambí, aunque poco se puede hacer. Amelia expira el 3 de mayo de 1901 junto a su bebé.

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José Vicente, maestro del amor verdadero.

 

A ella, por su rango familiar, le corresponde ser enterrada en el panteón de los marqueses de Balboa, pero José Vicente no lo permite. Por esta razón, sus restos son finalmente colocados en una bóveda propiedad de Gaspar Betancourt y de la Peza, compadre de su esposo. En el folleto Un amor de leyenda, publicado en un inicio en abril de 1977, María Antonia Ruiz Guzmán, historiadora y misionera de la Milagrosa, retoma este drama con ciertos aires melodramáticos:
 

«Desde el día del entierro de Amelia, y hasta que José Vicente murió, fue a diario a visitar a su mujer, para él permanecía dormida y la despertaba tocando una de las cuatro argollas de la tapa de la cripta en la que ésta reposaba, la argolla situada al lado del corazón de Amelia. Tras despertarla permanecía largo tiempo hablando con ella hasta que se retiraba triste.
 

«Un amigo de José Vicente se entera de la noticia y decide compensar esa agonía con la alegría de regalarle una bella escultura de su amada esposa. Me refiero al gran artista José Vilalta Saavedra, quien concluyó el conjunto en 1909 y lo trajo desde Italia colocándolo encima del osario, donde llamó enseguida la atención por su realismo, vivacidad y cierto toque hipnótico.
 

«Ya colocada, José Vicente incorporó una nueva nota a su ritual: cuando se iba a marchar, vestido de negro, como acostumbraba, se quitaba el sombrero y lo colocaba en su pecho, daba la vuelta por detrás de la escultura y se retiraba sin darle nunca la espalda.
 

«Y así creció el rumor, así lo que empezó siendo una historia de amor particular se transformó en el amor de un pueblo hacia una mujer. La gente comenzó a otorgarle poderes sobrenaturales a la bella imagen, la veían como la defensora de las mujeres en estado y de aquél que acudiera con un problema y se lo contara a la bella Amelia.
 

«José Vicente trató de impedir el clamor popular. Hasta mandó a grabar una plaquita que decía lo siguiente: «Prohibido poner flores aquí». Más tarde, la plaquita fue borrada y las flores, aparte de las suyas propias, eran renovadas día a día, mes a mes. Principalmente, las madres acudían a verla, comenzaron a llamarla la Milagrosa, naciendo así el culto popular espontáneo.
 

«El 3 de diciembre de 1914 fallece el padre de José Vicente y, siendo él ya dueño de esa bóveda, decide enterrarlo junto a Amelia. Al abrir la sepultura, José Vicente quiso ver a su Amelia por última vez y ella estaba intacta, pero la criatura descansaba, ahora, apoyada sobre su brazo izquierdo, como José Vilalta Saavedra las imaginó».

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La devoción por la Milagrosa no debe sorprender demasiado: en Cuba, durante decenios, se le han atribuido facultades especiales a las mujeres fallecidas en su primer parto: los creyentes católicos consideran que esta es purificada, y las personas de color le otorgan a la infeliz virtudes místicas.
 

Sea así o no, la idolatría no es solo patrimonio de los ciudadanos menos dotados intelectualmente. Cuando pedí noticias sobre Amelia para mi libro Hijos de la luna, una etnóloga de la Biblioteca Nacional, sin ocultar su sorpresa y disgusto, me preguntó: «¿Y la Milagrosa es un personaje popular…?».

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