Lucho, un boliviano agradecido

Lucho, un boliviano agradecido
Fecha de publicación: 
12 Noviembre 2019
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La presentación fue muy breve, apenas unas palabras y me dejó entrever que provenía de una familia muy pobre. Lo cual yo suponía.

Venía de un lugar muy lejano de las tierras bolivianas llamado Cantón de Huacanapi, en el departamento de Oruro, donde su padre y algunos de sus hermanos pastoreaban cabras y otros animales. Lucho era más bien callado, un muchacho de campo, poco dado a las costumbres de las ciudades.

Después de contarme de su familia y de cuánto la extrañaba, me confió entrecortado que él no iba a poder vencer todos esos años de estudio, a pesar de que era un sueño convertirse en médico y regresar a su tierra para ayudar a los suyos.

Ese fue el comienzo de una amistad que perduró todos los años que él permaneció en Cuba. Mientras muchos de sus compañeros regresaban a Bolivia una vez terminados los cursos, él no podía pues su familia no contaba con el dinero suficiente para costearle los pasajes de ida y de vuelta.

Lucho lo lamentaba, pero sabía que su deber era terminar lo que una vez lo trajo a Cuba. Le gustaba pensar en el regreso definitivo, en el consultorio que abriría a los pies de la montaña, en los rostros de sus vecinos y amigos que jamás habían tenido la posibilidad de asistir a un médico. En Cantón de Huacanapi —al menos donde él vivía en aquellos años— la gente curaba las dolencias con plantas y brebajes, conocimientos que se iban trasmitiendo de una a otra generación.

Han transcurrido algunos años desde que lo encontré con su bata blanca. Ya no era el muchacho callado, introvertido, el joven de campo. Definitivamente había cambiado. No solo había logrado graduarse de médico, sino que en aquel entonces cursaba la especialidad de Cardiología en el hospital Calixto García y poco le faltaba para terminarla.
 
Estábamos en una parada de ómnibus en pleno corazón del Vedado. En pocos minutos él intentó decirme muchas cosas: que había vencido el miedo a los estudios, que se había acostumbrado a la rutina de vida de los cubanos y hasta a la comida de la beca que en un principio le resultaba difícil.

Las palabras se le atropellaban al bolivianito agradecido, pero entre una y otra frase encontró un lugar para su presidente. “Doña, ¡imagínese sino hubiera sido por mi presidente Evo yo estaría pastoreando las cabras en mi Cantón de Huacanapi, junto a mis padres y mis hermanos! Hoy soy médico gracias a él, que nos dio la posibilidad a mí y a otros de estudiar. Esto ha sido verdaderamente una oportunidad. Con otro gobierno ¿quién le hubiera dicho a mi padre que alguna vez tendría el orgullo de un hijo médico?”. 

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