Vidas que no valen: Infierno en El Infierno

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Vidas que no valen: Infierno en El Infierno
Fecha de publicación: 
26 Mayo 2020
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Una pintada en la que se lee "Ayuda, nosotros también importamos", en una prisión de Chicago, el 10 de abril de 2020 AFP/Archivos

Se dice que la violencia ciudadana y la policial contra ésta ha disminuido en esta situación de pandemia en Estados Unidos, centro neurálgico del mal, “vanguardia” en infestados y decesos, el abandono oficial de las medidas para contrarrestarla y la campaña de calumnias para echar a otros la culpa propia al respecto.

Mientras el virus infecta a gran parte de la nación y el gobierno sigue abriendo zonas que debían estar bajo vigilancia sanitaria -para evitar el inevitable desempleo y la caída de la producción y la economía en un año electoral- las muertes por el mal se quintuplican en las cárceles, muchas de ellas entregadas a la explotación privada.

Pero abunda más la tortura para obligar a los reclusos a acatar el sistema carcelario y las condiciones inhumanas de trabajo, y todo en medio del mal que acaba con sus vidas más rápidamente.

Por ejemplo, las ventanas de hasta 12 pies de altura de las células carcelarias en Pelican Bay, California, superan los estándares internacionales de espacio para un solo recluso. La única manera de salir es a través de una puerta de acero perforado que da a un muro de hormigón.

A excepción de un número indeterminado de presos que tienen compañeros de celda, no existe ningún contacto entre reclusos y hay poca interacción con los guardias, en tanto son controlados a través de cámaras de circuito cerrado, las puertas se abren con interruptores remotos y la comida es empujada a través de ranuras.

Los presos díscolos o los que caen mal a guardias o al alcaide son separados del resto y no tienen acceso a programas de rehabilitación. Sólo se les permite ejercitar algunos minutos al día, en el interior de una habitación de hormigón a través del cual se ve un trozo de cielo visible a 20 metros de altura.

De acuerdo con funcionarios estatales, la estancia media en régimen de aislamiento es entre 6 y 8 años, por lo cual es común que los reclusos acudan constantemente a las huelgas de hambre, y sólo se verán librados de las condena y sufrimientos que ello conlleva si son infestados por este coronavirus y tienen la “suerte” de morir.

La tasa de suicidios es uno de los más sorprendentes que tenemos, afirmó Amnistía Internacional, agregando que incluso los presos que salen de aislamiento sin matarse terminan "dañados psicológicamente por la experiencia."

Como los presos no tienen derecho al voto, como otros muchos millones de norteamericanos por diversos motivos, ello no representa interés para el actual mandatario, quien busca reelegirse en noviembre venidero.
Mucho menos le interesa que, mientras los presos aislados representan alrededor del 2% de la población reclusa total, cuantifican el 42% de los suicidios en los últimos cinco años.

Pero lo anterior no es algo nuevo y sólo representa actualmente el recrudecimiento del mal de un sistema que corroe desde hace mucho a la sociedad norteamericana, más si es en las cárceles, todas con mayoritaria población negra.

De ahí que las huelgas de hambre por aislamientos y torturas en cárceles norteamericanas haya crecido inopinadamente en la actual gubernatura, luego que Trump, en la anterior campaña electoral, acusó a Barack Obama de haber dividido el país, ocultando que el sistema imperante, desde el nacimiento de la nación, ya tenía en sus entrañas los gérmenes que desarrollaría.

Y esto es sólo un pequeño índice de un mal peor que la COVID-19, en una nación que chantajea con la amenaza constante de la destrucción del mundo.

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