viernes, 17 agosto 2018, 12:52
Mostrando artículos por etiqueta: De Cuba, su gente

La conocí en la cola del policlínico. (Yo estaba ahí por una posible epicondinitis, un dolor en el antebrazo que me da cuando escribo compulsivamente).

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Se llama Yisel, tiene 17 años y desde hace dos días vive escondida en el Centro Dulce María Loynaz, en 17 y E, en el Vedado.

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Se llama Benny y tiene la poca tradicional dicha de, con 24 años, vivir solo en una casa de cuatro cuartos y tres baños en lo más céntrico del Vedado.

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“La razón de ser mi vida es expresarme. Y todos los días lo hago. Cuando no estoy haciendo un audiovisual, siempre con mis propios recursos, estoy escribiendo, o dibujando… o pensando un performance”.

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A principios de este año, los pocos amigos que aún quedaban en Cuba se fueron. Me dejaron caminando, sin agua y a pie, monte arriba y a campo abierto, buscando en vano voces de gloria y de triunfo.

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El destino amoroso de Paulina comienza fortuito como una travesura de mozuela: Unas niñas de Palma Soriano juegan a escoger sus casas entre fotos de revistas.

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Su nombre era Ru y era bella como mi madre. Piel tersa; blanca y cuidada. Daba gusto verla. Con su vestido de Yumari González y sus piernas de ciclista. La prima Ru de las fotografías.

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Bertica se maquilla, coqueta. Se esmera porque siente que se le ha perdido un hombre. No quiere quedarse temblando; no quiere comerse el polvo de su dolor; extraviarse en el llanto de su propia sombra.

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Las niñas de Hoyo Perdido usan, invariablemente, unos peinados muy sofisticados, con trenzas entretejidas de su propio pelo en adorno.

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El excremento de puerco baja por unas tuberías y mi prima Dania, con una escoba, lo empuja hasta un pozo.

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