martes, 12 noviembre 2019, 22:00
Martes, 05 Noviembre 2019 05:41

Habana 500: Capital que dialoga y abraza

Escrito por  Vladia Rubio / CubaSí
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Sumando costumbres y modos de vida, las migraciones internas han tenido entre sus focos de atención a la capital de Cuba, que cumplirá 500 años en menos de un mes.


Ya falta menos de quince días para que La Habana arribe a su aniversario 500 y es un buen motivo para situar bajo la lupa la tantas veces repetida frase de «La Habana, capital de todos los cubanos».

Y sí que lo es. La más reciente encuesta sobre migraciones internas de la Oficina Nacional de Estadísticas e Información (ONEI) así lo ratificó. Esta urbe «es el asentamiento de mayor atracción» y en ella habita el 19% de toda la población cubana.

Casi la mitad de quienes residen en la capital y no han nacido en esta, son nativos de las cuatro provincias del extremo oriental del país, a quienes se agregan también los provenientes de Villa Clara.

Tan atractiva parece resultar La Habana, que solo 0,66 migrantes por cada mil pobladores habaneros son los que han decidido abandonarla para asentarse en zonas rurales.

Que la capital sea tan importante punto de convergencia para las migraciones internas no es una excepcionalidad cubana: en todas partes del mundo sucede lo mismo con las grandes urbes.

En Cuba, el 77% de sus habitantes reside en zonas urbanas, en general. Además de La Habana, las provincias de Artemisa, Mayabeque y Matanzas registraron el año pasado ligeros aumentos de su población, condicionados, en gran medida, por ser también las principales receptoras de las migraciones internas, según detalló al periódico Granma el Máster en Ciencias Juan Carlos Alfonso Fraga, vicejefe de la ONEI.

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Lo que sí se hace evidente, de manera subrayada, en esta ciudad es cómo tales migraciones han entronizado en las dinámicas capitalinas hábitos y costumbres de esos moradores venidos de otros puntos de la Isla. Es lo que el fallecido y eminente arquitecto Mario Coyula llamó la «ruralización de la ciudad».

Lo mismo puede verse a alguien «pastoreando» a una recua de chivos en un cruce de la avenida Boyeros, a escasos metros del Palacio de la Revolución; que a otro que va recogiendo sancocho por el barrio para el puerquito que está criando en un pasillo lateral del edificio.

No ha faltado aquella que saca sus jaulas con conejos a coger sol ante la entrada de un edificio de microbrigada, en Nuevo Vedado, mientras espera que se le sequen las sábanas tendidas en un área común de la edificación, en cordel improvisado.

Cierto matrimonio capitalino no necesita despertador. Radicado en el corazón de Miramar, cada amanecer el gallo de la vecina les da un sonoro «de pie» justo a las 4:30 de la mañana. La sugestión de encontrarse en medio de una fértil llanura de la campiña cubana solo la desdibuja el sonido de motores y cláxones del tránsito por la cercana avenida.

Pero decir que esas y otras costumbres, incluso peores, son solo «importadas» por los llegados a la capital desde otras provincias sería demasiado absoluto y, además, inexacto. No son todos los llegados de otras provincias quienes incurren en esas conductas, a la vez que también habaneros de pura cepa ignoran elementales hábitos de convivencia, buenas costumbres e higiene comunal.

Leal y las migraciones

A pesar de esas sombras, el Historiador de la Ciudad, Eusebio Leal, no se queja por el tema migraciones internas:

«No me quejo para nada de que La Habana sea hoy mucho más capital en el sentido de que vienen y están en ella cubanos de toda la isla. No estoy entre los que se avergüenzan de los cubanos de otras partes que hoy forman la “habaneridad”». Así declaraba al espacio Más que dos, del Canal Educativo.

También en esa oportunidad, hace unos dos meses, aseguraba que «La capitalidad —haciendo alusión a la condición de capitalino(a)— no nació como una determinación solo de carácter político real, sino que nació de la historia, y la historia fue la que hizo a Cuba.

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«La Habana, la capital, la cabeza, que es una superior entre iguales porque las representa a todas, es de carácter también hospitalario, dialogante, que le gusta tentar a lo que viene, que se sienta en el Malecón para ver el mar, no como algo que separa, sino como algo que une, que le gusta trascender, que le gusta soñar, que tiene una rara noción de la cultura, una sensibilidad y una espiritualidad propia. Todo eso me interesa mucho, lo comparto y lo disfruto».

Diez años atrás, Eusebio ya era leal a ese credo, y así lo hacía saber en una entrevista para el periódico Juventud Rebelde:

«No satanizo ni quiero convertir a los cubanos de otras partes del país en responsables de nada aquí. De ninguna manera se puede pensar que esa emigración no haya sido el resultado de situaciones económicas que, si aquí fueron duras, en el interior fueron peores.

«Además, creo que, como capital, La Habana tiene el derecho de ser representativa de toda la nación, y que estén aquí personas de oriente, del centro y de occidente.

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«Pero creo que la nación ha hecho muy bien en controlar esa desmedida migración, porque llevaría a La Habana a ser como otras capitales continentales que manifiestan esa especie de macrocefalia, hoy en día ingobernables en muchos países...»

En cuanto a las costumbres y culturas tributadas por los migrantes a la urbe, comentaba entonces:

«Creo que sí han aportado, aunque no me atrevo a poner en una balanza qué aportaron de bien o de mal. Pienso que ese diálogo intercubano es muy conveniente. Lo que sucede es que, para que una persona o una familia que llega del interior se adapte a vivir —en el sentido pleno de la palabra—, a compartir tradiciones, formas de vida... pasa mucho tiempo. No es algo que puede solucionarse en pocos años».

La versión en línea de la revista Novedades en Población, correspondiente a julio-diciembre del año pasado, publicaba en un artículo del Centro de Estudios Demográficos, de la Universidad de La Habana, que la migración interna en Cuba ha sido reflejo de los diferentes contextos socioeconómicos vividos en el país, y apuntaba, entre sus razones, desde la pérdida de atractivo de unos espacios y el ligero florecimiento de otros, hasta la introducción de políticas e intenciones gubernamentales dirigidas a mitigar el sustantivo flujo de población desde oriente a occidente.

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Subrayaba asimismo el papel determinante de la migración interna en el cambio demográfico del país. A tal punto ha sido así, ejemplificaba, que por efecto de dicha migración crecieron 19 municipios en el país al cierre del 2017, mientras que otros 57 decrecieron al finalizar el mismo año, lo que convierte a este hecho en el determinante fundamental del cambio poblacional del 45,2% de los municipios cubanos.

En cuanto a La Habana, en particular, apuntaron que desde 1995 hasta la fecha solo ha registrado pérdidas de población por migración interna en los dos años posteriores al Decreto 217, y ha mantenido su condición de provincia receptora.

El texto citado refiere que el móvil económico, a partir del deterioro generado durante los años noventa en Cuba, fue la causa fundamental del incremento de los movimientos migratorios internos, condicionante que es la razón fundamental del interés por migrar en todas las sociedades contemporáneas, acota.

Cuba y los que se mueven

De todas formas, la capital de esta Antilla Mayor no es, ni mucho menos, el único ni principal destino de aquellos cubanos que se mudan de territorio. Según confirma el Centro de Estudios de la Población (CEPDE) de la ONEI, las migraciones internas ocurren de manera escalonada, lo cual significa que primero las personas se trasladan de asentamientos alejados o remotos a poblados o pueblos; luego, se encaminan a cabeceras municipales, y, finalmente, a ciudades.

El 22% de los cubanos reside en un lugar de la Isla que no es donde nació.

La más reciente Encuesta Nacional de Migración realizada por el CEPDE también indica que las personas que migran tienen, en su mayoría, un nivel educacional más alto que las que no lo hacen, y migran más aquellos con categorías de dirigentes y gerentes, profesionales, científicos e intelectuales.

De acuerdo con la fuente citada, la población migrante reciente es relativamente más joven que la no migrante, ya que, por lo general, los móviles de sus desplazamientos suelen ser la búsqueda de fuentes de trabajo y estudio, así como formar familia en los lugares de destino.

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El profesor titular y director del Centro de Estudios Demográficos (CEDEM) de la Universidad de La Habana, doctor Antonio Aja, de conjunto con el Máster en Estudios de población William Hernández, también del CEDEM, asegura en el artículo Dinámica de la población y sus interrelaciones en Cuba y sus territorios. Recomendaciones para la acción, publicado a inicios de este año, que las provincias receptoras de migrantes que ganan en número de población son La Habana, Artemisa, Cienfuegos y Sancti Spíritus, según datos al cierre de 2017.

En el otro platillo de la balanza, Pinar del Río, Villa Clara, Camagüey, Las Tunas, Holguín, Granma, Santiago de Cuba y Guantánamo, perdieron población por migración interna.

Estos flujos migratorios internos impactan en la distribución espacial de la población. Tanto es así, que las mayores densidades de población se ubican, precisamente, al centro y occidente del país, donde poco más del 75% de la población total reside en zonas urbanas, de acuerdo con los investigadores arriba citados.

En verdad, era imposible suponer, aquel noviembre de 1519, cuando tuvo su definitivo asentamiento la villa de San Cristóbal de La Habana en el Puerto de Carenas, que ese pedacito de ínsula, más terreno virgen que otra cosa por aquel entonces, cinco siglos después estaría al centro de tanta migración interna y de tanto sueño.

Pero lo cierto es que así ha sucedido, y hoy La Habana vibra, besa, se amodorra a veces como gato junto al mar, canta y llora, en las noches titila como la barriga del cocuyo, y como cocuyo anochecido, a veces, ni ella misma sabe la maravilla que lleva en su barriga de casi 500 años.

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