domingo, 15 diciembre 2019, 18:58
Lunes, 07 Octubre 2019 05:17

Un recital de afectos para Teresita Fernández (+ Fotos)

Escrito por  Sergio Jesús Martínez Villalonga (Fotorreportero Dpto. Comunicación Dirección Provincial de Cultura, Matanzas)
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La compañía Teatro de Las Estaciones celebra con un prodigio teatral su 25 cumpleaños y recuerda con cariño el patrimonio sonoro de la obra de la maestra que canta, a seis años de su deceso.


Matanzas, 27 de septiembre

A la entrada de la sala se reúnen unos pocos viejos amigos antes del estreno. Existe una complacencia mutua en esperar. Algo raro sucede, alguien pregunta por qué somos tan pocos; otros, en buen cubano, hacen chistes de la tardanza. El estreno se anunció para las 3:00 p.m. y ya son casi las 4:00 p.m. Ulises postea en su muro de Facebook que la obra se ha aplazado. Los que entran saben que es un estreno inusual: viernes por la tarde, casi nadie puede venir a esta hora. ¿Y los niños?

Mi amiga María Antonia me dice con gracia: ¡chico, esto es un ensayo general con público! Y yo, que soy novato en el gremio, supongo que se trata de un ardid de la compañía para perder el pánico. ¿Pánico, a los 25 años?

Bueno, no quiero hacer más conjeturas y entro.

Para los que no conocen Matanzas: en la calle Ayuntamiento hay una salita, en honor a Pepe Camejo, uno de los titiriteros más grandes que ha dado este país. Allí, desde hace unos cuantos años, en un pequeño espacio, ocurre el milagro de Las Estaciones, catalogada por muchos como la más grande compañía de teatro para niños que tiene Cuba hoy. Es una contradicción de esta tierra el que una compañía teatral como esta haya florecido con tan buena savia en un espacio tan reducido.

Sentado en primer puesto, cámara en mano, espero el momento para hacer las primeras fotos del estreno y, como todo reportero, robarme la primicia. ¡Ja! Llegué a tiempo hoy. Sabía que a Teresita le gustaba la puntualidad. A una cita con la cantora mayor nunca podrías llegar tarde. Un minuto y te perdías lo mejor del encuentro, y si era en espacios tan pequeños como este, ella misma podía parar en plena peña para advertir la llegada de cualquiera. Era única.

Entre el olor a incienso y la música de introito (Somewhere over the rainbow, de Harold Arlen / E.Y. Harburg), logro amenizarme y, de pronto, quedo estupefacto. En tres segundos se llena la sala. ¿Cómo es posible? ¿Serán magos?

La fuerza de convocatoria de Teatro de Las Estaciones en 25 años de trabajo tiene un empuje descomunal. Ya se oyen niños que, a decir verdad, son pocos. Ya se siente el auditorio. Avisan las campanas y sale, como de costumbre, Rubén Darío Salazar (director general), a presentar el espectáculo. Me atrevo a afirmar que todos los que estaban allí tenían la misma ansia, experimentaban el mismo gozo y se habían creado unas expectativas elevadas.

Teresita Fernández y Teatro de Las Estaciones

Recordar a Teresita Fernández García es una deuda con la canción infantil, con el presente de nuestros niños, dentro de un mundo adverso, lleno de estereotipos musicales, de lo vulgar, de enseñanzas deformadas que, lejos de educar, perturban la niñez. Desde que en 2013 nos dejara su verso por herencia, no ha existido proyecto mayor que reviva el legado de “la maestra que canta” como la propuesta teatral de Rubén Darío Salazar, María Laura Germán, Zenén Calero y Teatro de Las Estaciones, con arreglo musical de la maestra Elvira Santiago.

La nueva flor cultivada por la compañía se titula Todo está cantando en la vida. Recital de afectos para Teresita Fernández. Las palabras de Rubén Darío, al presentarla, aluden a una antigua deuda, y también a un gozo, una necesidad. Para el público es un renacer a la belleza, al canto profundo, al descubrimiento de lo esencial que es invisible, a la pedagogía de la canción. Esta muestra del talentoso equipo de teatro, crecido ahora por el elenco de actores y músicos invitados, quedará registrada como algo inusual, por la música en vivo, la cantidad de personajes y músicos en escena y, sobre todo, por tratarse de un recital de afectos para una cantante ausente y olvidada.

Yo quiero ser para ti una flor

Según la musicóloga Lourdes Fernández Valhuerdi, “el recital es un tipo de presentación musical, una serie de obras unidas por una dramaturgia determinada. En este caso, la dramaturgia está en el afecto a Teresita Fernández, en el darle un cariño a una imprescindible creadora de la canción en Cuba, que tiene un acento marcado en lo infantil. Su obra no es solo para niños, pero desde su obra para niños, ella alude a temas que son universales. Eso tiene mucho que ver con la poética de Las Estaciones”.

Cantar es estar vivos. La música es un fenómeno que, sin importar la edad, como un imaginario sonoro colectivo, se mueve en todos los estratos. Pero son los jóvenes, por lo general, quienes revolucionan las melodías y se hacen eco de ellas. En esa etapa de la vida se están formando los principios, los ideales, y Teresita sabía, con su carácter de pedagoga, cómo llegar a los jóvenes. No es de extrañar entonces que el nombre de los actores fuera, en su mayoría: muchacho sensible, muchacha alegrísima, muchacha apasionada, muchacho temeroso. “De alguna manera —confiesa Rubén—, cada uno de ellos es la propia Teresita, con sus miedos, sus alegrías, sus aprensiones, su asombro ante el mundo”.  

Varios días antes del estreno se podía pasar frente a la Sala Pepe Camejo y escuchar desde afuera los ensayos. Con ahínco, músicos y actores atacaban la nota para pulir el canto. En el Recital hay una madurez, ya vista desde obras anteriores como Canción para estar contigo, con la participación de Barbara Llanes; Cuento de amor en un barrio barroco, con William Vivanco y la orquesta Failde en vivo, así como recientemente, Cantos y cuentos de Las Estaciones, con Rochy Ameneiro. Interpretar a la cantora mayor no fue problema. En cambio, en Todo está cantando…, se ve un compromiso extraordinario con la exquisitez melódica y la letra de las composiciones.

Los arreglos de la maestra Elvira Santiago hacen justa la armonía, sin fanfarria, con encanto casi pueril. Los instrumentos escogidos son dulces, los que acarician el alma más suavemente: el oboe, el violín, el violonchelo, el piano y por supuesto, no podría faltarte a Teresita, la guitarra. Esta combinación es llamativa dentro de la academia, por lo poco que suele vérsele, a decir de Fernández Valhuerdi.

Desde varios puntos de vista la obra es cimera dentro del trabajo de Las Estaciones. La vinculación entre la música y el drama es como un todo en el que cada elemento cuenta. Concuerdo con la musicóloga en que “no podemos separar los arreglos de Elvira de la actuación, de los músicos, ni el decorado excepcionalmente fabuloso de Zenén Calero. El espectáculo entra así en un concepto wagneriano de obra de arte total”. 

Como Teresita les llamara, los músicos en la obra son considerados doctores de la alegría. Es meritoria la labor de las hermanas Fernández Oliva: Roselsy, que es la pianista y directora musical y Lucelsy, quien es la voz principal, actúa y, como maestra de canto, es a la vez encargada del entrenamiento vocal de todos los actores.

Once de los doce temas escogidos se interpretan en vivo. Un último regalo, arreglo de la canción “Vamos todos a cantar” llega a través de ese amigo de Las Estaciones, Raúl Valdés, quien sintetiza la orquestación del tema y con novedosa técnica remasteriza la voz de Teresita Fernández.  

Canciones y objetos transfigurados se unen para crear una sensorialidad diferente. Todo canta. Actor y espectador se encuentran para latir juntos, jugar juntos, y por qué no, también llorar.

“En este espectáculo se funden varias generaciones de Teatro de Las Estaciones, que van desde la veterana Migdalia Seguí o William Quintana, a otros muy jóvenes como Odette Yaime Macías, Alejandro Castellón, o el jovencísimo Raúl Álvarez (estudiante aún). Esa mezcla de conexiones propicia que el teatro viva y mantenga su historia activa.” (Tomado de Ulises Rodríguez Febles, 29 de septiembre de 2019, en Grupo Amigos de la Escena Matancera, URL: www.facebook.com/groups/952127951663611)  

Destacan en la puesta las actuaciones del muchacho sensible, Iván García y la muchacha sabelotodo, María Laura Germán.

“Iván García es el muchacho sensible en Todo está cantando… Lo mismo desde la interpretación musical, la animación de objetos, la actuación o la expresión corporal, ofrece junto a sus colegas en escena una lección de profesionalidad que, a mí mismo como director, frente a él hace ya casi 15 años, me seduce y me sorprende.” (Rubén Darío Salazar, post de su muro en Facebook @RubenDario.SalazarTaquechel, 1 de octubre de 2019)

María Laura Germán se engrandece en esta obra como actriz y como escritora. El afecto que pone en ello trasluce sobre el escenario, en su contacto con otros actores, con el público, con los títeres. Sus constantes aliteraciones en escena le valen la risa de todos los niños, los de edad y los de corazón. A ella se le debe también buena parte de la poesía de la obra. Su personaje es como la joven adolescente, pícara y vivaracha, inteligente y sagaz que fuera la propia Teresita.

¿De quién es la idea original?

Dos días después de la cuarta función, en la pequeña oficina de la Sala Pepe Camejo, converso con el mayor artífice. Lo que pretende ser una breve entrevista se vuelve otro recital. Y entre pregunta y respuesta Rubén Darío Salazar reproduce en su laptop las canciones de Teresita, algunas de ellas poco conocidas, otras, bien profundas. Escuchamos con mayor añoranza aquellas que no alcanzaron a ser seleccionadas para los doce temas que componen el recital de afectos.

Hace algunos años, en el comienzo de Las Estaciones, el grupo quiso hacer un espectáculo dedicado a Teresita con su música para niños. Cuando ya estaba todo listo, ella se enfermó y no pudo venir. Habían quedado algunos arreglos, que eran de la maestra Elvira Santiago. Cantaban los niños, entre los que estaban las hermanas Lucelsy y Roselsy Fernández Oliva. En aquel momento Zenén hizo una escenografía con los colores de la bandera cubana para la intervención de Teresita.

A pesar de que el intento no resultó, este empeño seguía vivo con el mismo criterio de hacer un concierto. “Al no estar ella, un recital de afectos para ella. Ahora no es el recital de una sola persona. Es todas Las Estaciones cantando para una persona.”

La compañía de teatro descubre un patrimonio sonoro en Teresita y hereda entre sus preceptos la ternura, la inocencia, el asentamiento en los niños de una espiritualidad rica. “Cuando uno tiene ante sí un cofre –me dice Rubén solemne– con un tesoro mayúsculo como es su música para niños, tiene que seleccionar, discernir de una manera muy consciente.”

Pero si sale la luna, tus latas van a brillar.

El estreno fue todo un éxito, la obra seguirá un camino de luces sobre los pedazos de plástico, telas y materiales de descarte transfigurados por Zenén. Eso es lo que ocurre con los títeres, telón de fondo, y otros elementos que conforman el diseño escénico de Todo está cantando en la vida. Con maestría, sin alardes, quedamente, Zenén Calero transforma “lo potencialmente feo” en fiesta, alegría, color, realidad mágica, ambiente, espacio-teatro, vida. La sutileza de las luces y su cuidadoso manejo arroban los sentidos y completan el espectáculo visual.

Este hombre, que trabaja en silencio, muestra en sus creaciones una mezcla de arte con pensamiento, una especie de coordenada para entender el teatro y recrear la atmósfera de cada momento. Teresita no puede ser otra. Así, entre botellas y latas, entre papeles y recortes. Los retablillos muestran su rostro, entre niños y jóvenes, entre mascotas y entre gente común del pueblo.

Con curiosidad de niño que quiere descubrir al mago, observo a detalle en la fotografía el telón de fondo. Queda revelada sin par la “opulencia” y “elegancia” del diseñador. La tela metálica está ahuecada por los pedazos de botellas plásticas, tendederos y tapas de envases.

Otro detalle de excelencia está en el diseño de títeres, confeccionados en su mayoría con envases plásticos y objetos de reciclaje. Teresita decía que todo canta en la vida. Aquellos objetos de descarte, que otros desprecian, para ella y también para nosotros, son todavía valiosas piezas. No se trata del amor a las cosas, sino de la verdadera valía de las cosas, de encontrar lo bello en cada pedazo de humanidad. Este subterfugio aún está latente en la cotidianidad del cubano. El diseño de Calero, nos hace cuestionarnos cuán pobres podemos ser y cuán ricos realmente somos.

El elegante vestuario fue creado en referencia a la naturaleza, figuras y fibras como hojas, texturas y ornamentos simples, pero que casi no resaltan para evitar lo estridente y mantener la atención en lo que se dice y canta.

El hábil e inteligente diseño, que semeja una obra de Gustav Klimt, lo resguarda un hermoso y flamante telón de boca. Cuando me enseñaba el atrezo, Rubén Darío me cuenta una anécdota: Soy daltónico y veo lo rojo, verde. Antes de instalar este bello telón rojo en la Sala Pepe Camejo, Zenén me dijo: “Vas a quedar muy contento con el telón verde que confeccionaré para ti.” Él sabe bien que, desde mi daltonismo, así lo veo, verde. Ese es mi color preferido.

Porque tenemos el corazón feliz

El deseo de Las Estaciones de unir fuerzas a sus propósitos y de atraer a los jóvenes que empiezan, ha fomentado que el diseño de carteles, programas y algunos otros elementos sean siempre de encargo y sirvan para promover a quienes se suben a este barco.

Como todas las cosas que suceden en redes sociales, el punto de encuentro es uno mismo. Así encontré a Iranidis Fundora: una persona comparte y comenta las primeras publicaciones sobre el estreno de la obra, quién será. Rubén, que sigue cada letra que se escribe sobre la compañía, me dice: “Has encontrado a Iris. Es una mujer y diseñadora excepcional. Desde hace tiempo había pensado que ella diseñaría el cartel.”

Antes de escribirle y presentarme, hice una breve pesquisa sobre su obra publicada en el URL www.irisilustraciones.blogspot.com, y quedé maravillado. Así entendí el porqué de la elección.

Ella declara: “Siempre quise trabajar con los titiriteros, y la vida me regaló la amistad de Christian Medina, titiritero y amigo de Las Estaciones. Él me llevó a ver la única obra que he visto de esta compañía, Los dos príncipes. Y allí me presentó a Rubén y a Zenén, quienes ya conocían mi trabajo por los discos de Liuba que había ilustrado. ¡Y ese mismo día decidieron que yo debería hacer algo para ellos! Escuchaba a Tere desde niña. Yo también soy de Santa Clara. Y luego para el disco Liuba canta a Teresita tuve la suerte de conocer más su obra y a ella misma. ¡Así que no me lo pensé dos veces cuando ellos me hablaron de qué se trataba! Y a partir de ese momento todo fue como una serenata entre Rubén, Zenén y yo, acompañando y compartiendo el proceso del montaje de la obra, sus intenciones y emociones… Y así sin más surgió el cartel. Las técnicas que usé fueron las que se merecía la Tere: la suavidad de la acuarela y los lápices de colores, retazos de tela y cuerdas de algodón para su guitarra. ¡Ah! ¡La ternura y el humor! Eso es para mí Teresita.

¡Me siento con el corazón feliz! Agradecida.”

Espero conocer en persona a esta joven diseñadora alguna vez. La sensibilidad y la sencillez de sus respuestas en esta breve entrevista, descubren la capacidad de su proceso creativo. La red social me ofreció también la posibilidad de sorprender a estos amigos con una instantánea de los actores junto al cartel, que publiqué enseguida junto a las palabras de Iris.   

Del programa

“¡Vamos todos a cantar! Fue la invitación para siempre, que a pequeños y grandes hizo la cantautora Teresita Fernández desde una de sus más aplaudidas canciones. Es también el convite que en su 25 cumpleaños hace Teatro de Las Estaciones a la familia.

Teresita sigue y seguirá cantando en las voces de todos los cubanos, incluso en la de amigos y amigas de otros lares del mundo. Sus melodías, con los colores del amanecer y el atardecer, desandan los campos y ciudades de la isla. Unas veces en forma de gato, grillo, lechuza o conejo, otras, desde la humedad de la lluvia, las olas del mar, el perfume infinito de las violetas…”

La cotidianidad regresa, ahora nos toca vivir sin ti otra vez.

Vivir este recital es una experiencia única. Puedes ir varias veces a verlo y encontrar siempre una nueva razón. Pero ese primer día, nunca lo olvidaré. Cuando se cierra el telón nadie grita eufórico. Nadie corea ¡BRAVO! Tampoco hay silencio mortuorio. Es una mezcla de lágrimas en los ojos, aplauso atronador, y sonrisas, y cantos, y esperanzas, y juventud. ¡Teresita, Teresita! Somos los niños de antaño, que te venimos a cantar.

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