Una saga de “cuentos de horror y misterio” pudieran hacer los realizadores de audiovisuales con unas pocas veces que viajen en las guaguas con destinos de playas.
No encuentro explicación alguna al por qué ese trayecto entre la playa y el hogar (u otro lugar cualquiera) no se realiza de la forma más digna posible, sin tener que soportar altos volúmenes de música (casi siempre de la peor factura), los playistas con las trusas mojadas, a poco vestir, y los niños brincando y haciendo de las suyas, como si el pasillo del ómnibus y los asientos fueran un parque de diversiones.
Hoy, en medio de este verano fatigoso, ello ocurre donde quiera que esté ubicada la zona de playa. Una señora decía el otro día “que la población ha perdido cordura en cuanto a comportamientos y modales”. Y no deja de tener razón, porque a decir verdad sobre todo en el área trasera del transporte público la gente, literalmente, hace lo que le viene en ganas.
Hace unos días, por la última de las puertas del P-10 montó un “pasajero” inusual llamado Tobi. Era un perrito a quien su dueño atropelló de alguna manera al obligarlo a viajar en esas condiciones. “¡El pobre, va apretujado entre las personas, él no merece eso!”, exclamó una pasajera evidentemente sensibilizada con el animalito.
Luego, al avanzar otro tanto, una muchacha subió comiendo mamoncillos, acompañada de un joven que llevaba una especie de cubo grande repleta de esas pequeñas frutas. Quienes estaban bien vestidos, trataban de alejarse de ellos pues el mamoncillo mancha la ropa. Sin embargo, a los susodichos esto no les preocupaba.
Las indisciplinas en el transporte urbano son cada vez más preocupantes. He sido testigo de niños encaramados en los espaldares de los asientos; adolescentes que una vez en las paradas saltan por las ventanillas; jóvenes y adultos que se sientan unos arribas de otros, y hombres que no tienen reparos a la hora de abrir las piernas, como si el espacio estuviera destinado solo para ellos.
El caso de los niños merece una observación especial, pues actúan indebidamente ante la vista y el consentimiento de los padres, quienes son los primeros en cometer muchas de las indisciplinas narradas con anterioridad.
Si un pequeño observa que el adulto toma el ómnibus en ropa de playa, mojada por demás, con los zapatos y las chancletas en las manos, tomando ron del pico de una botella o de un vaso plástico, gritando, y bailando delante de todos, como si aquello fuera un cabaret, entonces ¿qué educación formal y buenos modales se le puede exigir después?
En realidad resulta muy difícil abordar un transporte en esas condiciones. Muchos de los asientos ya tienen huecos, el mal olor se adueña de determinados espacios, sobre todo en el llamado “acordeón”, donde incluso no solo orinan los pasajeros, sino también los choferes y conductores; pues este personal (según he escuchado) no tiene dónde hacer sus necesidades cuando llegan a los puntos cabeceras. Aunque soy del criterio que tal acción No tiene justificación alguna, pues siempre puede encontrarse una alternativa.
En fin, el transporte público necesita cada vez más de un control constante, sistemático y, sobre todo, consciente. Ya la época de playa va en picada, pero en septiembre comienzan las clases, y las actuaciones entonces asumen otros matices.
Está claro que algunos no tienen conciencia de los esfuerzos que realiza el país por mejorar el transporte público.
Una amiga a quien le comenté el tema sugería que si seguimos así en lugar de comprar más guaguas iban a tener que colocar cámaras en determinados lugares y espacios cerrados como estos, para que la gente se limite a la hora de cometer indisciplinas. Estamos conscientes de que en cada guagua no puede viajar un policía, ni el chofer puede estar vigilando lo que sucede atrás o a mediados del transporte que conduce. Otro cosa que se puede hacer es poner pegatinas en los ómnibus sobre la necesidad de cuidar la propiedad de todos y las sanciones por violar las normas establecidas.
Resulta imprescindible poner un coto a las indisciplinas sociales y aquellos que rompan los asientos y no cuiden la propiedad social deben pagar por ello.
Muchos de nuestros compatriotas que viajan por el mundo regresan a Cuba admirados por el cuidado de las calles y de los bienes puestos al servicio del pueblo (como el transporte, por ejemplo). Una vez allí no les queda más remedio que asumir los buenos modales y las conductas saludables de la convivencia humana. La gente no sube a la guagua sin pagar, ni con equipos portátiles para que toda una comunidad escuche lo que esa persona desea.
Cada país dispone sus propias normas, que los ciudadanos están en la obligación de cumplir. Por lo tanto, aquí se necesita un actuar más severo por parte de las autoridades correspondientes, porque todos no tenemos porqué convivir con este tipo de indisciplinas, que distan mucho de la manera de ser de la mayoría de los cubanos.
Jueves, 15 Agosto 2019 04:31
Transporte, playas e indisciplinas sociales: “Un todo incluido”
Escrito por Alina M. Lotti / CubaSíLa época de playa ya va en picada, pero en septiembre comienzan las clases, y entonces las actuaciones asumen otros matices.
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Lo que Ud. aquí describe, ocurre donde quiera en cualquier lugar, no solo en la zona de playa; La señora que dijo «…”que la población ha perdido cordura en cuanto a comportamientos y modales” ...», NO ES que no deja de tener razón, sino que ¡tiene TODA la razón!!!, además que definió la realidad actual que as su vez es resultado, y no causa; Aunque significativame nte paradójico, aún queda sensibilidad por los animales en algunas y algunos, ¡menos mal!; Sobre la anécdota de los mamoncillos, ¿por iba a preocuparles algo a ellos? Lo preocupante es precisamente que ‘al parecer’ no está identificada la causa por la que no les preocupa violar la legislación del país a ellos y a muchos otros. Yo sostengo que sí están identificadas, de lo contrario ¿Qué hacen nuestras autoridades, por donde caminan?, Eso sí, están preteridas a ultranza por decisiones erróneas de titulares de cargos, de funcionarios no comprometidos con la política del Estado, de la Revolución, que ‘prefieren’ los excesivos y por tanto inútiles ya, llamados a la conciencia, al actuar único del pueblo. Le toca a los padres, a la familia educarse y educar a sus hijos, pero la ley, la ley tiene a los órganos del Estado como garantes que tienen como deber, por obligación, asegurar y proteger la sociedad contra riesgos y necesidades, y la indisciplina ya no es riesgo, es una muy indeseada y peligrosa realidad, la disciplina social actualmente es virtual, y sigue siendo un imperativo real, y una necesidad para que la sociedad retome la confianza y el apoyo ante el difícil e inaceptable ambiente que se va imponiendo por la fuerza ¡no solo en el transporte urbano!, sino ¿Quién y cómo van a educa ra esos padres de «… los niños …actúan indebidamente ante la vista y el consentimiento de los padres, quienes son los primeros en cometer muchas de las indisciplinas narradas con anterioridad... » ; Ud. plantea que «… el transporte público necesita cada vez más de un control constante, sistemático y, sobre todo, consciente...» «…Estamos conscientes de que en cada guagua no puede viajar un policía, ni el chofer puede estar vigilando lo que sucede atrás o a mediados del transporte que conduce...», ¿qué propone concretamente ante la imposibilidad de acción de las autoridades facultadas y en el deber de hacerlo?, ¿quién lo hará?, ¿Ud., yo otros ciudadanos con tanta preocupación por lo narrado y sobre todo, por el futuro y que si tenemos que viajar en ómnibus o caminar por la ciudad? No pasarían cuatro o cinco ‘oposiciones’ a tales posturas, y casi seguro que desde la primera salga con antecedentes penales o policiales en el mejor de los casos, luego de verse involucrado en reales enfrentamientos , duelos, refriegas que en las condiciones actuales, ¡serian constantes!!!. Por favor no malinterpretar pero escribir «…Resulta imprescindible poner un coto a las indisciplinas sociales...» ya es una Verdad de Perogrullo tan sabida y conocida que resulta pesado y molesto oírlo y más aún, absurdo repetirlo sin hacer algo al respecto; en los países donde las mayorías cuidan las calles, los bienes, los modales y conductas, ciertamente lo hacen por conciencia, solo que esta NO tiene existencia virtual, aparente, no real, ni está asentada únicamente por ‘llamados’, sino por la aplicación sistemática de las leyes y normas por las autoridades acreditadas para ello, quienes son los encargados de obligar, y los obligan a cumplirlas. Nosotros tenemos igualmente las nuestras, pero no pocos (en realidad numerosos) de nuestros ciudadanos se sienten en la obligación de cumplirlas porque NO se aplican con la severidad (que no implacabilidad) , ni la sistematicidad requeridas (y no por operativos).
La educación en CUBA es gratuita y general hasta noveno grado, pero eso no garantiza que estemos formando los valores necesarios, por tanto, a veces hay que poner mano dura para encarrilar la disciplina.
Como dijo Raul Castro en la calusura de la Octava legislatura.... se ha confundido la modernidad con la vulgaridad y la desfachatez.... eso es una verdad de perogrullo y se manifiesta en toda la sociedad cubana. Restauran esto que es ser decente vale mucho.