martes, 22 octubre 2019, 03:04
Viernes, 19 Julio 2019 04:49

ARCHIVOS PARLANCHINES: Agua que cae del cielo…

Escrito por  Orlando Carrió / Especial para CubaSí
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Un niño baila bajo la lluvia en una calle de La Habana, el 19 de julio de 2010. Un niño baila bajo la lluvia en una calle de La Habana, el 19 de julio de 2010. Foto: Desmond Boylan / Reuters

…eso de correr en medio de un aluvión siempre ha sido para los niños y adolescentes una aventura llena de riesgos y emociones.

En Cuba no cae nieve o granizo, como quisieran los románticos y los tipos que tienen musarañas en sus cabezas, pero sí tenemos buenas lluvias, como las que han azotado este mes de julio a buena parte del país. Y a propósito: ¿conocen ustedes a algún cubano que no se haya bañado nunca en un aguacero? Probablemente no, pues eso de correr en medio de un aluvión siempre ha sido para los niños y adolescentes una aventura llena de riesgos y emociones, una suerte de grito de redención que los convierte en hombrecitos y le agrega adrenalina al tedio de la vida diaria.

A mí nunca me dejaron vivir dicho matrimonio con las hadas, aunque a veces lograba subir en secreto al tejado de mi casa en Guanabacoa para esperar la tormenta a pecho descubierto, dispuesto a vencer el catarrito bobo que, de seguro, me provocaría el chaparrón.

Paradójicamente, los baños callejeros pueden tener muchos atractivos. Los pequeños corren como locos por todas las cuadras de su vecindario, gritan con furia y se ríen de manera histérica para liberarse, un poco, del estrés de la escuela o de sus propias casas. Al mismo tiempo, aprovechan los charcos que hay en la calle y se tiran agua entre todos en un ambiente de bromas y atrevimiento.

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No faltan tampoco los que, acompañados por los mayores, juegan fútbol bajo el torrente y tratan de imitar a Ronaldo o a Messi sin importarles los rayos y los vientos de borrascas.

Pepe, el santero de la cuadra, me comentó cierto día que él obligaba a sus hijos a meterse en el temporal, pues este «les blanqueaba la piel», y Luisita, la vanidosa peluquera, me aseguró que la lluvia le dejaba el pelo muy suave y con olor a fruta fresca. Y ni hablar de los «choferes» de las chivichanas, quienes, en pareja, lanzan sus armatostes cuesta abajo por las calles más elevadas y empapan a los pobres transeúntes que van caminando ajenos a la catástrofe que se les viene encima.

De todas formas, es bueno aclarar que, entre las muchas precipitaciones del año, hay una muy particular en Cuba: el primer aguacero de mayo, el cual ha sido esperado durante decenios por nuestros abuelos y abuelas y aún hoy sigue teniendo imán, sobre todo en las zonas del interior de la Isla, donde chorrear un poco es visto como un golpe demoledor contra el «coco».

Los motivos son diversos y controvertidos; no obstante, la mayoría de nuestros hombres de campo, celosos de las mitologías de la palma y las parideras de los cerdos, indican que esta mojada puede augurarnos buena fortuna, limpiarnos de manera radical y darnos muchas energías y salud. Como si esto fuese poco, las aguas precursoras del quinto mes, al parecer, también están «benditas», por lo que nos salvan de algún bilongo o mal de ojo.

Es, asimismo, una creencia extendida que este líquido nos libra de unas descomposiciones estomacales terribles llamadas el «Bobo de Mayo», por lo que en muchos pueblos cubanos es recogido con celo en palanganas, cubos, tanques y otros recipientes. Según algunos, acelera igualmente el crecimiento de los niños, rejuvenece, elimina parásitos intestinales, bendice las cosechas y hasta… ¡fortalece el pelo!

Algunos científicos consideran que adjudicarle propiedades curativas al primer diluvio de mayo es «cosa de viejos»; sin embargo, en cuanto caen las primeras gotas, salen a la calle los niños y los adolescentes, eufóricos y esperanzados, con el fin de asistir a una fiesta que se vive en la tierra, pero viene desde las nubes. Y es que, contra el imaginario popular, los conceptos académicos resultan siempre fallidos.

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Muchos adultos añoran los días en que resbalaban por la acera e iban a dar con sus huesos al otro lado de la cuadra, para desde allí, con picardía, saludar a sus abuelas, quienes no dejaban de refunfuñar y maldecir. Estaban casi desnudos, descalzos y con poco en el estómago. Sin embargo, no necesitaban los juguetes caros ni las novedades tecnológicas de hoy. Les bastaba con moverse un poco al compás de Agua que cae del cielo, el recordado tema de Adalberto Álvarez, para sentirse los gobernadores del cosmos.

Visto 656 veces Modificado por última vez en Viernes, 19 Julio 2019 23:32

La visita que le realicé en 2012 a Emilio Bethencourt Delgado, un colombófilo de méritos y coleccionista de aves, fallecido hace unos pocos años, tiene, en sus comienzos, los ingredientes de una tragicomedia.

Liborio, uno de los pioneros del dibujo burlón en Cuba, y representante del pueblo cubano en las primeras décadas del siglo pasado, no es hijo de un artista de la plástica de nuestro país, sino del español Víctor Patricio Landaluze.

Comentarios  

 
#3 Colibrí 97 05-10-2019 11:34
Comentar que el primer aguacero de mayo se cree trae belleza a quienes se bañen en él
 
 
#2 manuel 22-07-2019 12:08
comentario No 1. en estos momentos tengo 51 años. y en tiempo de frio voy para la playa. le explico. siendo un niño se me detecta el asma. comienzo a atenderme en el Hospital Aballi. con el Doctor, Lamar. se me indica un plan con vacunas. el Doctor le dice a mis padres. que haciendo deportes. y que me llevara a la Playa en tiempo de frio. como en mi casa siempre hubo autos mi padre me llevaba a esta. mas mi comienzo en la vida deportiva. desde los 13 años el asma comenso a desaparecer. cuando me adentre en los 40 y tanto cada ves que me da un catarrito me da con falta de aire. nunca me había dado. por eso les cuento que hoy en día voy a la Playa en tiempo de frio. y el Doctor lamar. falleció de un ataque de Asma.
 
 
#1 hector 19-07-2019 08:10
Hasta los 7 años no pude conocer la alegría de bañarme en un aguacero, desde los 5 años fui asmático y mi madre me alejaba de ellos para evitar los catarros y el ahogo de la crisis. Pero un día me llevó a un alergista particular que tenía su consulta muy cerca de Coppelia, lamentablemente no recuerdo ni su nombre ni la dirección, pero aun recuerdo su pregunta de si yo me bañaba en los aguaceros y mi madre casi con orgullo le dijo que no, que ella no dejaba que me diera ni el aire de agua, a lo que el médico contestó: pues a partir de ahora tiene que bañarse en cuanto aguacero vea, mis ojos deben haberse abierto enormemente. A los pocos días estaba jugando en casa de mi amiguito inseparable de esa época frente a mi casa y comenzó a llover a cántaros, mi madre me llamó y yo le dije que estaba lloviendo a lo que ella me contestó "por eso mismo". A partir de ese momento no desperdicié ningun aguacero, aun hoy casi entrando a la tercera edad no me molesta mojarme en ellos. Repito que no recuerdo el nombre de aquel médico pero siempre le estaré agradecido por muchos de los mejores momentos de mi niñez.
 

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