domingo, 20 octubre 2019, 15:51
Martes, 14 Mayo 2019 05:30

DE LA HISTORIA DEPORTIVA: Con la floretista bronceada de Cali 1971

Escrito por  Víctor Joaquín Ortega / Especial para CubaSí
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Irene Forbes podría haber muerto el seis de octubre 1976 cuando, criminales al servicio de los yanquis, hicieron estallar en pleno vuelo  un avión de Cubana.



Irene Forbes podría haber muerto el seis de octubre 1976 cuando, criminales al servicio de los yanquis, hicieron estallar en pleno vuelo  un avión de Cubana. Iba a cubrir el  centroamericano de categoría superior donde nuestro seleccionado juvenil de esgrima arrasó. Al no llegarle la visa, no formó parte de la lista de los Mártires de Barbados. Su libro sobre aquellas víctimas de la violencia imperial, Soles sin manchas, es un tributo tierno y combativo a sus compañeros de lidia atlética.
 
KO A LOS INCRÉDULOS

Periodista, al retirarse  de las lides del músculo, no escribía del deporte sino desde el deporte: Sabía lo que era batirse florete en mano, con un físico apropiado para balista o discóbola, y mantener una lucha cotidiana contra no pocas incomprensiones: desde los prejuicios por su cuerpo hasta algunos conceptos equivocados.
Noqueó a los escépticos: logró una medalla de bronce en los Juegos Panamericanos de Cali 1971 y fue dos veces campeona nacional, como máximos galardones. Contendió también en la magna cita de Munich 1972.

Al obtener por primera vez la corona del país, la estrella, Margarita Rodríguez, estaba ausente. Un periodista disgustó mucho a mi amiga cuando dejó caer insistentemente en el comentario esa inasistencia: le restaba mérito al citado triunfo. “Eso me dio más fuerza, deseos, voluntad para el entrenamiento y la propia competencia del año siguiente”, me dijo. Y aunque en el torneo actuó la Zurda de Oro, Irene se impuso y envió a la destacada rival al peldaño de plata.

Varios funcionarios no le aplaudieron su ingreso a la Escuela de Periodismo de la Universidad de La Habana como debieron hacer. Al contrario, uno de ellos le soltó: “necesitamos que solo le metas el cerebro al deporte; tú estás para conseguir medallas, olvídate de tanta escribidera”. Un profesor de los predios caribes también la llevó recio: “O eres estudiante o eres atleta de alto rendimiento: tienes que decidirte por una de las dos carreras”.

Después de ser ganada por una sonrisa algo triste, me confesó: “Con esos truenos, mi hermano, ¿crees que podría revelarles que yo padecía de ataques epilépticos? Me sacaban del equipo. Y el deporte, aparte de ser fundamental en mi vida, de ser mi gran amor, me ha ayudado muchísimo a enfrentar la enfermedad”.

EL APOYO DEL ENTRENADOR BOADA

Estuve muy relacionado con ella durante su aprendizaje. Yo dirigía el proceso de la llamada inserción de los estudiantes en Juventud Rebelde. Sin ser una pedante "abelardita", era de las primeras en asistencia, puntualidad y disciplina. Brillaba en los encuentros teóricos y los trabajos asignados. Después de la ocupada tarde, hacia el adiestramiento.
   
La esperaba Boada, su entrenador, que la colocaba en un horario y una práctica especiales. Allá también era la uno. Sin el sacrifico de él, tampoco hubiera podido triunfar. La aspirante a periodista llegaba de noche a su hogar, con una doble sesión bastante fatigosa. Al otro día, de nuevo a “las dos aulas”. Siempre mantuvo el entusiasmo, la disposición, la entrega. Siempre contó con el apoyo decisivo de Boada.
   
Ante su labor profesional en claro ascenso en las revistas del Inder y, con posterioridad, en el diario de la juventud cubana, aunque no reconocido plenamente, aseguré que era la mejor especialista deportiva de nuestras publicaciones. Me lo reafirmó su obra As de espada sobre Ramón Fonst Segundo, enviada al Concurso Nacional de Biografía convocado por el Instituto Nacional del Libro en 1998. Yo integraba el jurado.    

Investigación y análisis muy profundos cabalgando sobre una magnífica prosa lejos del didactismo a pulso, que hace huir a los lectores como el diablo de la cruz, y la pasión cegadora. Sin negar su labor, su dedicación, sabía cuánto le debía también como autora a su propio batallar sobre la plataforma. Ya les aclaré que escribía desde el deporte.
   
No pintaba perfecto al extraordinario deportista, traía a un ser humano caballeroso, de destacados dones físicos y espirituales, con una hoja de servicios maravillosa: a los 17 años, primer campeón olímpico de América Latina en los II Juegos París 1900, al ser el mejor espadista; y su país no era república todavía. En los II, San Luis 1904, encabezó al seleccionado que nos elevó al cuarto puesto en el medallero. Actualmente, ocupa la vanguardia de los contendientes de la Mayor de las Antillas en cuanto a preseas olímpicas: cuatro de oro y una de plata.
     
As de espada obtuvo por unanimidad el primer premio del certamen, de manera compartida con un logrado texto  sobre la vida de Fernando Alonso, uno de los creadores de la Escuela Nacional de Ballet.

Tristeza y sorpresa unidas me golpearon varios años después: a mi camarada de trinchera le falló el corazón después de una intervención quirúrgica exitosa, el que nunca se doblegó durante su batallar agonal y en la existencia. La tarde anterior de su fallecimiento, conversamos por teléfono y me comunicó que trabajaba en un testimonio acerca del titular mundial de billar, Alfredo de Oro, y acopiaba datos sobre uno de los ases olímpicos cubanos menos conocidos: el esgrimista Manuel Dionisio Díaz, para convertirlos en sendos libros. La muerte evitó esas dos nuevas conquistas.

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