lunes, 20 mayo 2019, 09:11
Martes, 23 Abril 2019 09:54

Poetisa uruguaya Ida Vitale recibe el Premio Cervantes

Escrito por  AFP
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Ida Vitale agradece los aplausos tras recibir el Premio Cervantes de manos del rey Felipe VI (izq), este martes 23 de abril en el paraninfo de la Universidad de Alcalá de Henares (Madrid)© AFP Andrés Ballesteros Ida Vitale agradece los aplausos tras recibir el Premio Cervantes de manos del rey Felipe VI (izq), este martes 23 de abril en el paraninfo de la Universidad de Alcalá de Henares (Madrid)© AFP Andrés Ballesteros

La poetisa uruguaya Ida Vitale proclamó su devoción por “El Quijote”, un “venerable sostén de la herencia humana”, al recibir este martes el Premio Cervantes, el máximo galardón de las letras hispanas.


En una ceremonia solemne en la Universidad de Alcalá de Henares, ciudad cercana a Madrid y donde nació Miguel de Cervantes (1547-1616), Vitale recibió el galardón de manos del rey Felipe VI.

Quinta mujer merecedora del prestigioso premio desde su institución en 1976, la montevideana de 95 años confesó que “habiéndome llegado tarde, realmente me sorprendió”, aunque recalcó estar “agradecida, emocionada”.

Vitale, también crítica literaria, ensayista y periodista, expresó su “devoción cervantina” desde que, al borde de una piscina en su ciudad natal, vivió “la felicidad del primer encuentro con esas páginas” de “El Quijote”.

“Muchas veces lo que llamamos locura del Quijote podría ser visto como irrupción de un frenesí poético, no subrayado como tal por Cervantes, un novelista que tuvo a la poesía por su principal respeto”, explicó sobre su atracción a la obra.

“La inacabable virtud del libro” es la “fidelidad atemporal” que reclama, ya que “lector tras lector, época tras época, se ha ido consagrando como un venerable sostén de la herencia humana”, apuntó Vitale, de vestido negro y bufanda blanca.

Delatando su sobrecogimiento, Vitale expresó antes de iniciar su discurso que “en este momento leer algo no me nace. Me nacería no sé, abrazar, decir cosas, que serían absurdas y desacomodadas, pero me saldrían del alma”.

Y en declaraciones previas a la gala hizo alarde de buen humor, bromeando con que estaba “simplemente congelada” en este día frío y lluvioso de primavera, aunque “todo lo demás ha sido muy cálido”.

“Referente fundamental” de la poesía

Sumando su nombre al de maestros de la literatura en español merecedores del Cervantes como Jorge Luis Borges, Octavio Paz, Mario Vargas Llosa, Carlos Fuentes o Camilo José Cela, Vitale es la segunda uruguaya en recibir el premio, luego de Juan Carlos Onetti.

El jurado premió “una obra convertida desde hace mucho tiempo en referente fundamental para poetas de todas las generaciones y en todos los rincones del español”, destacó el rey de España.

El triunfo de Vitale, merecedora en su vejez de varios premios como el Reina Sofía de Poesía Iberoamericana o el Federico García Lorca, rompió con la norma no escrita de alternar ganadores españoles y latinoamericanos, ya que un año antes lo obtuvo el nicaragüense Sergio Ramírez.

Autora de más de una veintena de poemarios, nació en una familia culta y cosmopolita de Montevideo que se opuso en un primer momento a su temprana orientación hacia las letras.

Estudió humanidades y fue profesora universitaria hasta 1974 cuando la dictadura de Juan María Bordaberry (1973-1976) la empujó a exiliarse a México, donde conoció a Octavio Paz que la introdujo en el comité asesor de su revista “Vuelta”.

En la década de 1980 se trasladó a Austin, Texas. Volvió tras la muerte en 2016 de su marido, el poeta Enrique Fierro, a su Montevideo natal. Allí, “ordenando y reordenando la biblioteca, no dejé de detenerme en la sección cervantina”, recordó.

Para terminar su discurso, Vitale citó al Quijote, cuando dijo que “no hay poeta que no sea arrogante y piense de sí que es el mayor poeta del mundo”.

“No es mi caso, puedo asegurarlo. Sin duda Don Quijote no imaginó jamás que ese género femenino al que considera por oficio llamado a honrar y defender, pudiera caer en tan osada presunción, y en eso estoy segura de que acertó”, agregó.

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Comentarios  

 
#1 arturo manuel 23-04-2019 13:35
La musa Talía y Cervantes, el Manco de Lepanto

El Sol, que así se llamaba el navío, partió, junto a otros dos, del puerto de Nápoles. La proa de la galera hendía apaciblemente las quietas aguas del mar Tirreno.

Con sostenido viento a favor de sus velas latinas, el navío se acercaba a la desembocadura del Ródano, en el sur francés.

Sobre su cubierta tomaban el sol decenas de pasajeros, la mayoría de ellos soldados, muchos licenciados del servicio por las heridas de guerra sufridas.

Dos de ellos, hermanos, platicaban animadamente; los avatares de la contienda bélica, por puro azar, los había reencontrado.

Uno de los dos se reponía de las ganancias de la guerra: exponía al astro rey el muñón de su brazo izquierdo, cual bajo helioterapia.

Lejos, muy lejos todavía, se avistaban, tras la popa de la embarcación, tres puntos negros en lontananza que parecían acercarse, cada vez más.

El manco, acariciado por la brisa marina creía escuchar aquella sentencia bíblica de uno de los apóstoles, pronunciada por el Papa Pío V, en franca alusión, ahora, a otro de igual nombre: ¡Hubo un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan!

Este Juan, cruzado de la cristiandad y bastardo de linaje, había derrotado, en combate naval, a las huestes infieles de la media luna otomana, batalla en la que el mutilado recibió sus heridas, el pecho resguardado por los versos de aquél que había sostenido que nuestras vidas son los ríos / que van a dar a la mar / que es el morir (…).

Quedó profundamente dormido, con la capa que cubre todos los pensamientos.

De entre sus pliegues irrumpió el cíclope de Polifemo, el que Odiseo encegueció, persiguiendo a la hermosa nereida de Galatea que intentaba escapar de sus crispadas manos; en su huida, toma un senderillo en la espesura del monte y tras ellos se fue el dormido.

Atraviesan una umbría floresta, descienden a un undoso valle, pisan las cristalinas corrientes de arroyuelos, atisban, en la lejanía, rebaños de ovejas y cabras bajo la perenne vigilia de sus pastores, escuchan el trino de las avecillas silvestres, inundando el límpido aire perforado por los áureos dedos del rubicundo Apolo.

Ya casi el cíclope alcanza a la atemorizada ninfa cuando, abruptamente, desaparecen para el azaroso espectador.

Ahora, en su lugar, el soldado mutilado contempla la figura que se hace apoyar en un cayado de pastora, sobre su argéntea frente una guirnalda de hiedra y una máscara cómica asida por su mano libre.

La espectral aparición, sin articular palabra alguna, siembra inquietud en el ánimo del soldado: le vaticina cautiverio, penas, desengaños, cárcel, pobreza, envidia, desamores, pero también, inmortalidad (cuyo inicio arrancaría, precisamente, bajo su influjo inspirador), a pesar de la dorada centuria que le tocará vivir, junto a grandes de las letras peninsulares.

Súbitamente, vuelve a la vida consciente al oír los estampidos de cañones y arcabuces, los gritos de los asaltantes, todo lo cual le confunde y le hacen revivir el 7 de octubre de 1571, Año del Señor, fecha de la batalla de Lepanto.

Se trataba, otra vez, de bajeles turcos pero convertidos en piratas, a las órdenes de Arnauti Mamí, renegado albanés al servicio del bajalato de Constantinopla: ¡eran aquellos remotos puntos hacia el levante de la popa de El Sol!

La Galatea, novela pastoril, escrita en prosa y verso por Miguel de Cervantes y Saavedra, apareció publicada en el año 1585; en ella, el gallardo Elicio, pastor en las riberas del Tajo, canta cuánto amaba a aquella, con tan puro y sincero amor, cuanto la virtud y honestidad de Galatea permitía.

La cándida pastora se guarnece entre los enjutos brazos del virtuoso Caballero de la Triste Figura.

¿Y Dulcinea del Toboso?

Arturo Manuel Arias Sánchez
 

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