miércoles, 18 septiembre 2019, 03:22
Lunes, 18 Marzo 2019 10:05

Fernando Botero, del lienzo al cine

Escrito por  ANSA
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Botero, de 87 años, convirtió el desenfado por las formas en una expresión del arte mundialmente reconocida; amada por muchos y denigrada por otros.



"A mí me apasiona el volumen y he pensado muchas veces de dónde me viene eso", con esa frase queda en evidencia uno de los pintores y escultores más prolífico, mediático y controvertido en la escena mundial, Fernando Botero.

La afirmación es una de las tantas que el artista plástico desliza en el documental "Botero", del canadiense Don Millar, y es reveladora de su estilo particular: figurativo, colorido y voluminoso.

Botero, de 87 años, convirtió el desenfado por las formas en una expresión del arte mundialmente reconocida; amada por muchos y denigrada por otros, pero que siempre invita al observador a tomar una posición frente a sus cuadros y esculturas.

El filme, hasta ahora visto en festivales y que en abril próximo llegará a las salas de cine, revela el origen del artista nacido en Medellín.

Hijo de un hombre de campo que murió muy joven y de una mujer dedicada a la costura y de talante conservador, Botero nació en una ciudad católica a ultranza, que creía en el uso de las manos para el trabajo industrial o agrícola y que miraba con desconfianza a sus artistas.

En el documental, plagado de imágenes y filmaciones inéditas del artista y su familia, el mismo Botero habla de los momentos de penuria y crisis en los inicios de su carrera, del instante en que su arte fue reconocido y hasta de sus posiciones políticas llevadas al lienzo.

Sin lugar a dudas, uno de los momentos más reveladores del filme es cuando el artista atribuye al pintor italiano Piero della Francesca el descubrimiento del volumen y las formas, y con ello el camino que tenía que seguir con su arte, que hasta entonces se reducía a plasmar imágenes vivenciales que lo habían impactado.

En su primer viaje a Europa, con los 7 mil dólares que le pagaron por un cuadro, fue donde descubrió a della Francesca y a los artistas italianos del siglo XV, y se paseó por los museos de Francia, España e Italia, y se instaló temporalmente en Florencia.

Tras descubrir las formas de la mano del arte italiano, el Botero de sujetos, animales y objetos voluminosos se le reveló mientras realizaba un boceto de una mandolina carnosa que trazó con un orificio pequeño en comparación el resto del cuerpo.

"Mi talento fue haberme dado cuenta de lo que había sucedido ahí, que era importante para mí", afirmó en el documental el artista.

El filme está salpicado de las voces de sus parientes, de amigos, de académicos y de críticos de arte de varias nacionalidades, muchos de los cuales no son afectos a su técnica, de manera que el filme no es un acto de permanente veneración sino un punto de encuentro alrededor de su obra.

Esa coral de voces se divide entre los que consideran su arte como el acto particular, consciente y dedicado de un hombre que desde sus inicios sabía que su obra sería única y reconocida.

Y de aquellos que creen que es demasiado mediático e invasivo, expuesto en las calles de los principales eje de ciudades como París, Nueva York, Shangai o Madrid, así como de quienes miran con sorna y sospecha que tenga un sello personal y burlesco. "Hay muchos artistas y críticos que piensan que si el arte da placer está prostituido, lo cual es ridículo, porque entonces todo el arte está prostituido", disparó el artista en el largometraje.

El documental concluye con un Botero en la intimidad de su familia, en su estudio y remata con una frase suya cargada de contundencia: "eso no cambia para nada el que tenga un éxito o no, mi vida es pintar".

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