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Jueves, 14 Marzo 2019 18:31

Exposición argentina aborda delitos sexuales a detenidas

Escrito por  AP
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Graciela García Romero fue convertida en esclava sexual por un jefe militar de la última dictadura argentina. En una muestra inaugurada el jueves, su testimonio se suma al de otras mujeres que se convirtieron en botín de guerra para sus captores en uno de los mayores centros clandestinos de detención del país.

La exposición “Ser mujeres en la ESMA, testimonio para volver a mirar” exhibe las declaraciones que 28 secuestradas en la Escuela de Mecánica de la Armada han brindado ante la justicia dando cuenta de los ultrajes sufridos durante el régimen militar (1976-1983). Sus dichos cobran renovado interés en el marco del activo movimiento en contra de la violencia de género de este país.

García Romero, de 69 años, acudió a la inauguración de la muestra en el mismo edificio donde funcionó la ESMA, que ahora es museo para no olvidar las violaciones a los derechos humanos. La mujer explicó a The Associated Press que el excapitán de fragata Jorge Acosta --uno de los que decidía quién debía morir en ese centro-- fue quien abusó de ella entre 1976 y 1978.

Por aquel entonces ella tenía poco más de 20 años y era sacada de ese centro de detención ilegal y torturas y llevada a departamentos en la ciudad de Buenos Aires para ser sometida. “Me dejaban todo el fin de semana hasta que llegaba Acosta... luego me traían de vuelta acá, a los grilletes, las esposas y la capucha (en la cabeza)”, narró.

Acosta, exjefe de tareas del Grupo de Inteligencia 3.3.2 de la ESMA, fue condenado a fines de 2017 a prisión perpetua por múltiples violaciones a los derechos humanos durante el tercer juicio que abordó los crímenes de lesa humanidad cometidos en ese lugar.

La exposición que reúne los testimonios judiciales de García Romero y otras víctimas revisa el funcionamiento del centro por donde pasaron como prisioneros más de 5.000 hombres y mujeres a partir de la perspectiva de género, una dimensión que hasta ahora estaba ausente en la exhibición permanente del museo.

Alejandra Naftal, directora del Museo Sitio de Memoria ESMA, señaló a la AP que cuando este último abrió en 2015 “empezamos a ser interpelados por mujeres y jóvenes diciéndonos que habíamos olvidado la perspectiva de género para narrar los hechos que ocurrieron”.

Por esa razón, las autoridades del museo investigaron qué pasó con las mujeres en su condición de detenidas desparecidas. Se percataron de que, durante el cautiverio, la violencia no sólo se ejerció contra las secuestradas por su condición de militantes políticas o miembros de organizaciones revolucionarias, sino también y de forma específica porque eran mujeres.

Junto al testimonio de García Romero se puede leer el de otras secuestradas. “Nos ocurría ser manoseadas, ser torturadas con la picana en la vagina, en los pechos, que se hicieran observaciones sobre nuestro físico, si estábamos buenas o no... ser obligadas a bañarse desnudas frente a gente que te miraba”, declaró Miriam Lewin, una de las secuestradas, en un juicio celebrado en 2014.

Según Silvia Labayrú, “nuestros cuerpos fueron considerados su botín de guerra... hubo muchas variedades y hubo un tratamiento diferenciado entre secuestrados hombres y secuestrados mujeres”.

Labayrú tenía poco más de 20 años y estaba embarazada de cinco meses cuando a fines de 1976 fue privada ilegalmente de su libertad. Durante su cautiverio en la ESMA nació su hija, quien fue entregada a sus familiares. Otros muchos bebés nacidos de mujeres retenidas ilegalmente fueron apropiados por militares.

Un video proyectado muestra además los dramáticos testimonios vertidos en el histórico juicio a los exjerarcas militares en 1985, después del fin de la dictadura, y los que se han sucedido en los últimos años.

Para algunas víctimas, en aquel entonces las mujeres no tenían conciencia del maltrato femenino como hoy en día.

Las secuestradas se sienten hoy preparadas para revisar y compartir sus historias en el marco de un movimiento feminista en contra de la violencia de género que es pionero en la región.

Ana Testa, de 65 años y antigua detenida de la ESMA que sufrió picanas eléctricas en sus órganos sexuales, señaló que los militares la hacían sentir “como lo peor, culpable”, mientras que “estas generaciones nuevas nos hicieron correr de ese lugar y ubicarnos en el rol de las víctimas”.

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