martes, 21 mayo 2019, 20:41
Viernes, 08 Febrero 2019 05:42

ARCHIVOS PARLANCHINES: ¡Yo quiero una boda del gran mundo!

Escrito por  Orlando Carrió / Especial para CubaSí
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Muchos habaneros evocan en estos días las antiguas bodas, verdaderos manjares sociales, hechos imperdibles que se estampan con gran multiplicidad en el anecdotario de esta gran capital.

Durante este mes del amor y la amistad existen muchas personas que recuerdan a San Valentín, un sacerdote que en el siglo III es ejecutado un 14 de febrero por casar en secreto a numerosas parejas en contra de los designios del emperador Claudio II, quien creía, y no sin cierta razón, que los jóvenes legionarios serían más aguerridos sin tener la carga de una familia.

Por supuesto, muchos habaneros evocan también en estos días las antiguas bodas, verdaderos manjares sociales, hechos imperdibles que se estampan con gran multiplicidad en el anecdotario de esta gran capital.

En principio, debemos reconocer que todos los habaneros entre los veinte y los treinta años sueñan con tener un enlace fastuoso y rimbombante, el cual en los años 40 y 50 debe efectuarse en una iglesia de moda, no en una del montón. Además de este requisito clave, hay otros dos para que la ceremonia sea grande y recordada: el postín previo en la crónica social no puede fallar y ser bien llamativo, y la selección de los padrinos y testigos tiene que ser rigurosa, e incluir, sobre todo, a voceros en la comunidad de buen talante en lo económico o político. Tampoco es de desdeñar la reseña posterior al acto a cargo de los especialistas en tales uniones, atrincherados en las páginas de los periódicos e hiperbólicos hasta la médula.

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Aun así, debemos advertir que no todos los compromisos son iguales; hay varias categorías impuestas por Enrique Fontanills, el máximo cronista social de todos los tiempos: boda del gran mundo, boda elegante, boda íntima y… boda a secas.

La primera es la máxima expresión de estos eventos y se celebrará en el templo de mayor preferencia ciudadana, decorado con placer por el jardín más carero, el que estrenará un adorno, lleno de flores y lazos, expresamente hecho para ese encuentro. La novia lucirá, de manera invariable, un espléndido vestido blanco y un velo catedral de por lo menos dos metros y medio, capaz de quitarle el aliento a cualquiera. Además, llegará al recinto sagrado en un lustroso Cadillac negro con su padre o padrino.

Entre sus testigos figurarán jefes de Estado, secretarios de despacho, senadores, banqueros, militares de alto rango, hacendados y magnates inmobiliarios, quienes aparecerán al otro día en una crónica social suntuosa, a página desplegada y a todo color, en la que los gacetilleros incluirán las fotos de los novios, damas de honor, padres y otros familiares.

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En dicho reportaje, cursi y repleto de floripondios, podremos asimismo admirar los muchos regalos recibidos y sorprendernos con la lista de asistentes, los que bien podrían reunirse allí mismo para tomar decisiones nacionales trascendentes, bien alejadas, claro, del mal latín del ilustre cura y de los histéricos casamenteros. ¡Ah…!, y es casi obligado que tras este himeneo cosmopolita los tortolitos vayan a pasar su luna de miel en el extranjero, de preferencia en algún edén turístico de Europa, donde estarán, al menos, una semana.

No debemos pasar por alto que tras la ceremonia religiosa se realizará una fiesta de gala en casa de la novia o en un salón glamoroso, donde los familiares y amigos harán múltiples regalos y se admirarán ante las dimensiones del cake o pastel de bodas, el cual debe ser muy alto, pues, según la sabiduría popular, mientras más pisos tenga, más durará el matrimonio.

La boda elegante, por su parte, no deja de ser, igualmente, bastante notable, pues se realiza en una iglesia de fama, bien decorada. Sin embargo, los testigos no pasarán de ser ministros venidos a menos, representantes jubilados, comerciantes pacotilleros, industriales de no muy cuantiosos capitales y comandantes o capitanes. Los plumíferos la mirarán con un toque menos mágico y le dedicarán solo media crónica. Los contrayentes tendrán una lujuriosa primera noche, pero esta tendrá como sede algún cercano balneario de la Florida o llenará de sensualidad a cierta hacienda colindante con la capital.

La boda íntima, para variar, es un acontecimiento anodino al que no va casi nadie. O sea, se trata de un tropezón de ermitaños. El fracaso social es trepidante. Los padres, tíos y abuelos de los afligidos jóvenes justifican el fracaso inventando cuentos sobre lutos recientes, viajes precipitados, compromisos de último momento u otra circunstancia en la que nadie cree.

Los frustrados cronistas tienen que limitarse, en estos casos, a dar una desnutrida relación de figuras presentes, a quienes solo conocen las comadres más chismosas. Y para no irse en blanco, pueden, a veces, dar el nombre del modisto que confeccionó el traje de la desposada y del jardín responsable del ramo nupcial. ¿El primer nido de amor? No es novedoso. Los novatos duermen tras el chasco en la casa de los padres maternos o en algún hotel cercano de no muchas estrellas cuyo nombre se oculta como un secreto de Estado.

Por último, la boda a secas, sin adjetivos calificadores, es la que se organiza en alguna parroquia fantasmagórica o en el registro civil. De ella prácticamente no sobrevive nada. En la página social se hará mención al hecho; no obstante, no podremos ver ninguna foto. Para el común de la gente, y según las vanidades de esos tiempos, los involucrados bien pudieron haberse quedado en concubinato antes de hacer semejante papelazo. Incluso, las malas lenguas juran que en dichos casos la novia puede usar el vestido y el velo de su madre, abuela o amiga íntima, pues, dado el valor sentimental de la prenda, esta le funcionará como una suerte de talismán.

De todas formas, no debemos confundirnos y dejar que nos pasen por bueno el café con chícharo. En particular, en las dos primeras bodas, los pretendientes pueden ser infelices bastante faltos de caldero, o sea, empleadillos de oficina, siervos del mostrador o secretarios personales de algún patricio, y la novia, una modesta muchacha de su casa.

Y es que el asunto no se reduce siempre a tener muchos billetes a mano. Los seres humanos tenemos un gran don: el arte de la adulación o, dicho en otras palabras, de la guataquería. El prometido desliza un poco su lengua por los zapatos del capataz o dignatario influyente de turno y, tras pasar el sombrero, estará listo para hacerse el prohombre. Asimismo, el estrenado filántropo invita a varios de sus amigos aristócratas con el fin de que sean partícipes del ceremonial, y estos no dejan de deslizar también en las manos de los novicios los correspondientes chequecitos.

Dos cosas son seguras: en todas las modalidades de bodas, cuando pasa el auto de los recién casados, no falta el que comente: «Ahí va otro que se ahorcó... el pobre», sin olvidar que, ya durante el festejo, quien desee danzar con la novia debe clavarle algún dinerito en su atuendo antes de disfrutar con ella de algún buen bolerón…

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