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Domingo, 23 Septiembre 2018 08:46

Dario Grandinetti: Macri quiere "desaparecer cultura"

Escrito por  ANSA
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El actor argentino Darío Grandinetti (foto: ANSA) El actor argentino Darío Grandinetti (foto: ANSA)

El actor argentino Dario Grandinetti denunció hoy que el gobierno de su país "quiere desaparecer la cultura, la salud y la educación", según dijo en entrevista con ANSA en el festival de cine San Sebastián.


    Grandinetti participa en el festival con "Rojo", que muestra que el plan de la dictadura "no fue militar, sino que lo armaron los civiles". El objetivo del gobierno de Argentina, subraya Grandinetti, es "eliminar el Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales (INCAA)", y sus efectos se verán el próximo año y en 2020 "cuando no haya películas argentinas en los festivales como hay hoy".

    Esto "muestra lo poco inteligentes que son. Pero no conseguirán desaparecer la cultura, porque nuestro nivel cultural es muy alto. Pese a todo, en Argentina el teatro surge y se recicla".

    Pero, prosigue, "las condiciones están dadas para que nos sigan engañando. Nos distraen con corrupciones que ocultan sus políticas económicas. El neoliberalismo no es bueno para nadie; el FMI, menos".

    "Rojo", de Benjamín Naishtat, que tras participar en el Festival de cine de Toronto compite en San Sebastián por la Concha de Oro, está ambientada en una ciudad de provincia de Argentina de los años 70.

    Muestra, dice Grandinetti, que el plan de la dictadura "no fue militar, lo armaron los civiles. Los militares eran la mano de obra de la derecha neoliberal, como hoy los medios de comunicación son esa mano de obra".

    En la dictadura "más allá de las desapariciones, lo que querían llevar adelante era un plan económico de derechas que es muy parecido al que se ejecuta en Argentina y en otras partes del mundo".

    La dictadura "se cocinó sin que nos diéramos cuenta; los que lo cocinaban no lo mostraban", como el personaje que él interpreta, el abogado Claudio Morán. "Nunca termino de gustarme pero esta vez estoy conforme con lo que hice", apunta el actor, que confiesa que le gustan "los personajes que hablan poco, como este. La palabra -añade- tiene un valor tan grande que a veces sobra".

    Naishtat dijo que con su tercera película, después de "Historia del miedo" y "El movimiento", quiso contar "esta especie de pasividad activa", cómo "las clases medias y la sociedad civil se relacionaron con su contexto".

    Apunta que "hasta que no haya una aceptación de culpa, existe el riesgo de que vuelva a suceder".

    A su juicio "Argentina se encuentra muy al borde del fascismo, no en sentido de gobierno sino de sociedad".

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#1 gretter 23-09-2018 15:36
El argentino Benjamín Naishtat se llevó muchos aplausos al presentar este domingo en el Festival de cine de San Sebastián su filme "Rojo", una cinta sobre la complicidad civil que permitió la última dictadura militar (1976-1983) en su país.

El director de "Historia del miedo" (2014) y "El movimiento" (2015) se rodeó de un elenco de lujo: Darío Grandinetti como protagonista, Andrea Frigerio, y Alfredo Castro, el actor favorito del director chileno Pablo Larraín ("Fuga", "No,"El club", y otros títulos más).

El drama está ambientado en 1975 "en una provincia argentina", en los confines de la Patagonia, en la época de apogeo de la Triple A y pocos meses antes del golpe.

En medio de un clima de secretos e hipocresía pequeñoburguesa , describe el clima de ultranacionalis mo, ignorancia voluntaria y miedo difuso que precedió al advenimiento de la dictadura. Un poco a la manera de Michael Haneke con el nazismo en "La cinta blanca", Palma de Oro en Cannes en 2009.

"Nunca en el cine argentino se había puesto el acento en la complicidad civil", destacó Grandinetti (59 años), quien interpreta el papel de Claudio Morán, un respetable abogado que asiste petrificado a una serie de signos precursores inquietantes.

"Todos sabíamos que se estaba preparando algo feo, sin tener conciencia de la magnitud" de un régimen que dejó, entre otros crímenes, más de 30.000 desaparecidos y 500 bebés robados a sus padres.

Naishtat nació en 1986, pero en la década de 1970 su familia sufrió la violencia de la dictadura en la provincia de Córdoba: les quemaron la casa, en represalia a su activismo de izquierda y tuvieron que exiliarse.

- "Cómplices de los horrores" -

"Más allá de eso, no creo que uno tenga que haber vivido un momento para escribir" sobre ello, comentó Naishtat, también guionista del filme.

Andrea Frigerio, actriz y presentadora de televisión, comentó que se sintió fácilmente identificada con el personaje de esposa de Claudio.

"En el 75' yo tenía 14 años, así que viví un poco este clima de época", comentó tras la proyección.

"Vivíamos una situación de doble moral, donde había un condicionamient o de no querer preguntar, ni saber, porque podía ser peligroso". Tampoco convenía relacionarse con gente cuyo origen social se ignoraba, porque tu nombre podía acabar en una lista. "De eso me acuerdo perfectamente", asegura.

El chileno Alfredo Castro también disfrutó con su personaje: un impertinente periodista de investigación y expolicía, radicalmente católico y por encima de todo, ultraderechista convencido.

Según explicó, le pareció "interesantísim a" la "contradicción de ese hombre entre su religiosidad, su fe sincera, y el ser cómplice de los horrores" de una dictadura "tan espantosa" como la argentina.

"Rojo" es una de las 18 películas de la sección oficial del Festival, en liza por el máximo galardón, la Concha de Oro, que será otorgada en una ceremonia de cierre prevista el 29 de septiembre en esta ciudad del norte de España.

Otras películas que ya fueron presentadas en competición fue la también argentina "El amor menos pensado", protagonizada por Ricardo Darín y Mercedes Morán, la francesa "El hombre fiel", de Louis Garrel


No está del todo claro qué es lo que nos lleva a ponernos delante de un espejo: si la seguridad de ser uno mismo o solamente el miedo de no ser otro. Yuli, la película de Iciar Bollaín que el domingo se llevó los focos del Festival de San Sebastián (con permiso de Rojo, una auténtica revelación firmada por Benjamín Naishtat), tiene algo de espejo. A él se asoma el bailarín Carlos Acosta para contar su vida. Y lo hace sin precisar exactamente el lado desde el que mira, desde el que se mira. ¿Qué le empuja a contemplar su reflejo al protagonista: la certeza del éxito, la vanidad, o se trata sólo del simple pavor, o vértigo, de haber podido ser otro?

En efecto, y para situarnos, Yuli es como de niño en las calles de La Habana llamaban a Acosta. Y Yuli es como se llama la película en la que Acosta narra y baila, en primera y dolorosa persona, su propia vida. Acosta, no lo olvidemos, es una leyenda mundial de la danza que, desde la pobreza del barrio marginal de Los Pinos, alcanzó a convertirse en quien fue, y aún es: primer bailarín del Royal Ballet de Londres en 1998, donde desarrolló una carrera cerca del mito, y, con el tiempo, figura indiscutible en un mundo donde, por primera vez, Romeo aprendió a ser negro. Acosta, en efecto, es negro. Negro en un universo perfectamente blanco.

El artificio, llamémoslo así, de la directora consiste en dar al protagonista la posibilidad y privilegio de ser él mismo. Acosta hace de Acosta. La película, como decíamos, se desdobla en un virtuoso espejo donde lo que se refleja no es tanto la simple biografía del personaje como su misma vida. El matiz importa. Lo que se ve no es reflejo, sino, apurando, autorreflejo. Lo que sigue es una historia de superación y, por supuesto, lucha. Es una historia de construcción, o autoconstrucció n, pero por dentro. Es una historia que quiere ser modelo para todas las historias posibles: las contadas y las aún por contar. Yuli-Acosta, al que dan vida hasta cuatro actores (el niño, el joven, el adulto y el bailarín que en la coreografía interpreta a todos ellos), se desdobla, se deshace, se vuelve a recomponer. Y en ese proceso se cuenta, se baila, se imagina y se sueña. Decíamos que se trataba de un espejo y, en realidad, son varios. Infinitos quizás.

El resultado es una película apasionada y frontal. Nada se oculta, todo queda a la vista en un espejo tan perfectamente claro como vertiginoso. Pero también es una película imperfecta que oscila entre los tensos y luminosos momentos de danza y el tosco docudrama. Quizá es lo que toca. Las hagiografías, eso acaba siendo Yuli en su voluntad reivindicativa a machamartillo, se gradúan mal.

La cinta está basada en el texto escrito por el propio Acosta en su libro No way home. La narración transcurre en la actualidad, cuando el bailarín regresa a La Habana para montar una coreografía sobre su vida. Yuli progresa y retrocede siempre alrededor de una danza sobre la que se teje y desteje la vida santa de un ídolo pagano. El problema es la falta de foco. O de pudor. En su empeño de ofrecerlo todo, la cinta se entrega a un confuso rosario de duplicaciones. Por momentos, se cuenta a la vez lo que se baila, lo que se escenifica y, sorprendentemen te, lo que el propio guion pronuncia. Digamos que el brillante y arriesgado artificio de los espejos brilla cuando apenas luce como sugerencia y se emborrona en su repetitiva voluntad declarativa.

Sea como sea, y pese a imperfecciones, queda la transparencia de un reflejo que igual deja ver la más brillante de las carreras artísticas que el más turbio y enigmático de los vértigos. Lo dicho: ¿qué miramos cuando miramos un espejo? ¿La certeza de ser uno mismo o la posibilidad de haber sido cualquier otro? Y así.
 

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