martes, 19 junio 2018, 18:21
Domingo, 29 Octubre 2017 17:48

CRÓNICA POR UNA CRISIS: El correo de la división

Escrito por  Víctor Joaquín Ortega/Especial para CubaSí
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Voy hacia la loma donde está el punto de observación más importante del campamento. Andan terminando los refugios. No llego: el comisario me llama.


Con estos relatos del periodista Víctor Joaquín Ortega, colaborador de Cubasí, nuestro sitio quiere homenajear la resistencia del pueblo cubano y la dimensión de estadista de nuestro Comandante en Jefe Fidel Castro en los días difíciles y estremecedores de la Crisis de Octubre, 55 años después de aquellos hechos que pusieron al mundo al borde de una confrontación nuclear. Pero no es una cronología de los acontecimientos, no es la Historia en mayúsculas, sino el día a día vivido desde adentro y contado, como dice el autor en su presentación, "como un soldado del pueblo". Durante esta semana, la misma de aquel 1962, CubaSí irá publicando esta Crónica por una crisis.


Voy hacia la loma donde está el punto de observación más importante del campamento. Andan terminando los refugios. No llego: el comisario me llama.

Pido permiso para entrar en su tienda. “Acaba de entrar”.Alguna tarea me caerá encima; mejor dicho, me van a tirar para arriba. Las miradas de él, de Igor y de Carlos, el Cabezón, lo confirman. La espero tranquilo. Estoy aprendiendo a esconder la impaciencia.

- Aquí llegan muchas cartas y paquetes, y la tropa escribe cantidad para afuera; hace falta alguien que se ocupe de repartir lo que llegue, los periódicos y los cigarros, además de revisar lo escrito por los combatientes para que no se vaya ningún dato que indique nuestra posición y otros secretos. Tú serás el hombre; y como no fumas y debes repartir cigarros, eres el ideal. Desde ya, empieza.

No añade más el comisario. Me muestra varios paquetes y me deja con ellos, mientras charlas con Igor y el Cabezón. En una mochila coloco las cartas que han llegado, las cajas de cigarro y los paquetes. Dejo las cartas escritas por los milicianos sobre el buró. “Después las reviso”, informo antes de irme.

Cojo por el sendero que lleva hacia la carretera. Me dirijo hacia el batallón uno. Algo más de un kilómetro debo recorrer. Las nubes amenazan. Apuro el paso; la lluvia me agarra a mitad de camino. Siento los fríos salivazos iniciales. Después, hiere más fuerte. Resguardo mejor los cigarros dentro de la mochila. Para darme ánimo, canto. Vencen a la garganta una ranchera, un bolero. Mas, por arriba de mi voz desafinada y ronca y la tormenta exterior, existe la tormenta de mi mente.

Ni los rayos podrán pararme tengo que cumplir con lo encomendado, soy el correo de la división, si hay que pasar un río a nado lo paso y ni una carta ni un cigarro se me van a mojar como si hay diez yanquis en el camino cumplo la orden…

Cuando llego al batallón uno, está cayendo señor aguacero. En la jefatura entrego la carga.

- Séquese, hombre, séquese; tal vez haya una camisa que le sirva por ahí. Mire que una gripe de esas puede fastidiarlo. Descanse un poco y no se vaya hasta que no escampe.

La mano sobre mi hombro.

- Miren a ver si encuentran una camisa para este muchacho.

Es el teniente González.

- No importa, teniente, no se moleste.

El pecho, los ojos, los pasos llenos de orgullo cuando salgo de la tienda.

Me guarezco bajo un árbol. Me quito la camisa, la exprimo, me la vuelvo a poner. El frío inicia su andar sobre el cuerpo. Tiemblo algo.

- ¿Cómo andas, mi hermano?

Es el negro Rivas, dirigente juvenil de Centro Habana. Enseguida el fuerte abrazo. Anda descalzo y en sus pies el fango va adquiriendo terreno, pero mi camarada no deja de abrir zanjas alrededor de la tienda con un machete viejo. Una ampolla cerca del tobillo izquierdo; la camisa, el pantalón(o lo que queda de él) sucios, mojados. Y continúa su labor, de tienda en tienda, mientras la lluvia lo sigue saludando. ¡Y de qué modo!
- ¿Cómo te va por la división? ¿Y Cáscara, Falconeris, Cabrera…?

Le respondo. Crece la conversación sin que el viejo machetín tenga descanso.

- Estoy muerto, figúrate. La gripe, de contra, me agarró; ayer tuve fiebre y me dolía el cuerpo completo. Oye, pero lo que tengo es tremenda s ganas de que termine todo para estar de nuevo con mi mulata y un par de cervas al lado. ¡Eso si es vida! Aunque si esto sigue así, los pies no van a querer entrar en los zapatos.
La boca grande se abre al sol de sus dientes y es la alegría gritándole en el rostro.

En cuanto regreso al campamento, antes de revisar las cartas, escribo en mi diario:

Gracias, Rivas, hermano, por demostrarme con tu sencillez que yo andaba hecho un idiota. Ya no los había dicho el viejo bolchevique Hermida en un círculo de estudios en el seccional: el héroe no es más que el ser humano que se traga el miedo, vence las dificultades y los deseos de escoger el camino fácil aunque no sea el justo, pero tiene vivas estas cosas adentro, pues se le mantiene vivo y peleador el antihéroe y debe derrotarlo a cada paso. Y la vanidad es magnífica aliada de ese antihéroe.

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