viernes, 20 julio 2018, 04:32
Miércoles, 27 Septiembre 2017 06:00

Huracanes estacionarios, silenciosos

Escrito por  Ernesto González
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El encuentro lo transmite una importante cadena de televisión a una hora de máxima audiencia.

No hay aquí periodistas en calles anegadas por una inundación, a riesgo de ser arrastrados por el agua. No hay casco de constructor en la cabeza del reportero de la desgracia de sus congéneres. No hay expresiones altisonantes ni caras espantadas.

No hay ráfagas de viento que arrastren al pescador de curiosidades y tenga que venir alguien del equipo en su auxilio. Ni historias individuales de cuatro o cinco horas acerca de súper héroes rescatistas. No hay imágenes drásticas, ni peligros inmediatos que roben la atención del televidente para que no cambie de canal. Por el contrario, es este, sentado frente a la pantalla, el sujeto mismo en peligro.

Cuando se trata de adolescentes y niños, los temas dolorosos lo son más. Vidas que no han llegado a madurar. Futuros esperados que jamás fraguaron. Sufrimiento como el que proyecta desde el televisor, ese recinto donde se desarrolla la entrevista.

El problema debe haber alcanzado categoría cinco, por la forma en que ha saltado a este medio de comunicación importante, luego de que fuera mencionado en las noticias, la televisión pública lo trajera a colación de forma más informativa y fuera reflejado por un semanario local.

El Congreso ha aprobado presupuestos millonarios contra la epidemia. Pero resulta que no se trata de un catarro ni de un virus mutante. Es algo que va más allá.

El moderador, sin gota de sensacionalismo, solo da la pauta para que los siete u ocho entrevistados relaten sus experiencias como padres afectados por la pérdida de hijos adolescentes. Ellos hablan sosegadamente, con esa paz final que acaba por sedimentar el sufrir intenso. Tienen la mira puesta en que otros padres descubran y eviten estas tragedias obliteradas.

“Lamento que alguien pueda sentirse incómodo porque hablemos de esto, pero es algo que debe salir a la superficie y discutirse”, dice una madre, “y hablaré cada vez que me llamen para hacerlo”.

“Soy enfermera”, dice otra. “El sistema de salud empezó a tratar los dolores de esta forma tan agresiva por los años ochenta, antes no era así. Los médicos tenían más cuidado al recetar calmantes. Nunca hubiera podido imaginar que un hijo mío fuera a morir por una adicción a los opiáceos”.

“No se puede continuar mirando hacia otro lado”, afirma un padre. “Esto es real, y está creando adicción en los niños y acabando con los jóvenes”.

Todos han relatado en pocas palabras sus historias de pérdida personal, bajo el denominador común del dolor y la incomprensión. ¿Por qué esas vidas jóvenes han quedado truncadas?

Las compañías productoras de estos medicamentos dicen haber advertido las consecuencias de su ingestión y haber suministrado consejería en casos de adicción.

Se citan las tremendas ganancias de una de ellas por la venta de uno solo de esos productos, al parecer el más popular entre los consumidores de opiáceos.

El gobernador de un estado norteño asegura que la epidemia está presente en muchachas y muchachos de cualquier condición social de su región: “En cualquier parqueo pueden adquirirse, y son mucho más baratos que la heroína. Yo no le veo solución a esto, y no sé qué puede hacerse. Es cierto que han asignado fondos para combatir esto, pero hay que ir más allá de eso”.

La expresión del hombre refleja consternación, incredulidad. Hasta miedo. ¿Qué significa ir más allá de eso?

El moderador exhorta a sus entrevistados a decir unas palabras finales a los padres que están frente al televisor. El mensaje de todos tiene el sabor a lección tardíamente aprendida: estar alerta, constatar la conducta de los jóvenes, ganarse su confianza, dedicarles más tiempo. Aunque se sabe cuán difícil esto último es.

La imperiosidad de dos trabajos (o tres) para llevar una vida mejor y ofrecerle a la descendencia lo que ellos no pudieron disfrutar, viene con un precio.

 “Todo no es diversión y risa”, dice uno de los padres con la voz cuarteada.

Quienes están del lado de acá de la pantalla plana se dan cuenta de lo poco que conocen el contexto donde viven. Algunos hablan de condicionamiento masivo.

Pero la vida virtual es demasiado vibrante. La tecnología cambiante y la competencia por poseer lo último son apremios. El mismo que acaba de hablar de sueño, ha saltado de éxtasis frente al precioso Galaxy Note recientemente salido del horno.

Parece que jamás se irá más allá de eso.

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