martes, 18 septiembre 2018, 13:34
Viernes, 08 Septiembre 2017 05:45

ARCHIVOS PARLANCHINES: El petardo de los Quiñones

Escrito por  Orlando Carrió/Especial para CubaSí
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Los hermanos Santiago y Arturo Quiñones hicieron estallar uno de los voladores más trepidantes que haya surcado los cielos capitalinos en siglos.

En los estertores de los ochocientos, aparecen en La Habana los hermanos Santiago y Arturo Quiñones, de procedencia desconocida por los biógrafos, quienes, para festejar el fin de la dominación colonial de España en Cuba y el traspaso del poder a los interventores norteamericanos, hacen estallar uno de los voladores más trepidantes que haya surcado los cielos capitalinos en siglos.

Álvaro de la Iglesia anticipa, en sus Tradiciones cubanas, que Santiago, pintor, y Arturo, músico, tienen un talento excepcional y elevadas aspiraciones; sin embargo, son como un globo sin gas; la voluntad no es equivalente al genio y nada les sale derecho. También es cierto que nunca tienen espectadores que les regalen el don del aplauso, ni manos amigas que los apoyen y aconsejen. Su mundillo empieza y termina con ellos: iguales afectos, comprensiones, afinidades, gustos. Tal es así, que mueren casi juntos.

Los Quiñones viven en dos cuartos espaciosos del último piso de una vieja casona de la calle O’Reilly, donde las fiestas bullangueras se alternan con brutales e interminables reyertas. En su escondrijo, los ocasionales visitantes pueden encontrar cualquier tareco: un cuadro a medio terminar, una guitarra sin cuerdas, escopetas, calaveras, bates y montones de folletos que no han encontrado nunca ávidos y buenos lectores. Arturo, en particular, posee, además, un gran archivo de música, víctima de la polilla, y varios violines, algunos de ellos caros y valiosos.

Lo único en pie y en orden en el sitio es un gran cofre, en el que estos jóvenes almacenan durante meses cantidades apreciables de pólvora, dinamita, fulminante y clorato de potasa. ¡Aquello era un infierno! Por hábito y descaro, los Quiñones preparan el cafecito mañanero sobre este descolorido baúl usando un tembloroso reverbero, capaz de provocar una catástrofe. ¡Ah!, y se sientan ritualmente en el suelo, porque en el lugar no hay una sola silla.

Durante los días previos a la salida de los españoles, estos artistas, hijos de la frustración, se pasan horas haciendo cálculos numéricos y evaluando varias recetas pirotécnicas hasta que, satisfechos con el plan, deciden pasar a la acción. En principio, preparan una especie de cohete pegando tres tubos de fonógrafo reforzados con zinc, cordel y algunas varas de alambre de cobre. Luego, le suman varios tipos de explosivos y, al final, lo anexan al mango del deshollinador que le roban al conserje del edificio donde habitan.

El 1ro. de enero de 1899, a las doce del día, luego de los veintiún cañonazos de salva, en homenaje a la bandera ibérica, disparados en La Cabaña, todo queda listo. El engendro, unido a la pared con dos cáncamos, puede, por sus dimensiones, tumbar un muro, volar una casa, romperle la cabeza a alguien o, como mínimo, provocar un escándalo mayúsculo, como en efecto sucede. Pero esto les importa un comino a sus creadores. Los hermanos, unos leones para amarse, deciden prender la mecha juntos, sin pérdida de tiempo. De repente, el Padre de los Voladores tiembla, rompe sus amarras y parte, como una bola apocalíptica que baila en los cielos y produce un ruido ensordecedor al estallar. Muchos ciudadanos creen que uno de los cañones de la escuadra estadounidense anclada en el puerto se ha convertido en manteca y otros, temblorosos, piensan en un rayo.

Tal fue el barullo que se armó, que hasta el Diario de la Marina, no dado a ocuparse de estas frivolidades, le dedica una breve nota al petardo de los Quiñones, quienes, con la broma, se convierten en tema de más de un folletín sensacionalista. Así, estos díscolos patriotas alcanzan una trascendencia que se ríe de sus fracasos bohemios y los acompañará hasta la ancianidad.

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