Disculpe si el título de hoy le ha confundido. No pretendo hacer alusión a la película de Alejandro Amenábar, en la cual, con tanta maestría, defiende Nicole Kidman el rol de una madre desesperada y atormentada, en cierto punto, con la crianza de sus hijos, que no paran de hablarle de situaciones fantasmagóricas que la sacan de sus casillas, como diríamos en buen cubano.
Hay gente (como el personaje de Kidman) que puede más o menos con la realidad que le ha tocado. En medio de tanto corre corre, son fáciles de identificar los que bajan sus brazos, cansados en el fragor de la batalla, e incluso antes del pitazo inicial. No voy a culparlos ni a exhortarlos, ni siquiera es mi propósito que enmienden alguna actitud. Cada cual sabe lo suyo.
Cerca de mi casa una vecina canta sus penas. A viva voz, las canciones de Shakira, e incluso Benny Moré, le sirven de background a sus penas más sublimes. El barrio entero especula sobre su situación sentimental actual, de acuerdo al tema que matice la jornada.
Algunos, los otros, la llaman loca, sin tener una medida exacta de su dolor o su alegría, según sea el caso. Hace años vive sola, no le conozco ningún amante oficial, pero de todos modos, me sirve de pretexto este viernes, y todos los días del mundo a los que no tienen nada que hacer.
Los vecinos, yo incluida, se asombran cuando no canta. Su melodía es pan diario, les falta algo a las mañanas de todos cuando se acuesta tarde viendo su serie preferida y, por consiguiente, remolonea entre las sábanas y se demora su música.
Nadie se ha preguntado por qué vive sola. Tiene dos hijas que la visitan de vez en vez. Pero los que más tiempo llevan aseguran que alguna vez tuvo un gato y juntos paseaban en las tardes más calurosas sin que el sol se interpusiera en las ansias caminadoras. Repito, hay gente que la llama loca. Algunos la tildan de triste, aunque a mí me parece la persona más feliz sobre la faz de la tierra.
¿Triste? Ni un poco, y si después de todo, descubrió que las penas se van cantando, tampoco me parece la más loca. No es poesía barata; en todo caso, más locos serán los que censuran su alegría, o se manifiestan contrarios a su modo de vivir «desorganizado» por no seguir rutinas, porque come a las dos de la mañana y se levanta a las seis.
Ya quisieran muchos tener su aplomo y la entereza que, por ser mujer, lleva implícita, incorporada en su epidermis.
MIRAR(NOS): Los otros
Escrito por Liz Martínez Vivero/Especial para CubaSíCerca de mi casa una vecina canta sus penas. A viva voz, las canciones de Shakira, e incluso Benny Moré, le sirven de background...
En una visión próxima a la realidad, la novela de turno nos hace reír con la redención casi increíble de Félix y la ceguera también sentimental del doctor César, quien de engañador pasó a ser el más burdamente engañado.
Me autorizo a comenzar así, casi desacralizando el cuento infantil, porque de sobra sé que esta columna no la leen los niños.
Viejos verdes, príncipes azules, últimamente todo se circunscribe a colores. Parecen, como adjetivos también, al fin y al cabo, venir a reforzar alguna idea más o menos preconcebida desde la sentencia del sustantivo.
No pocas mujeres que conozco ponen en pausa sus proyectos de concepción.
En el mar la vida es más sabrosa, me cantaba mi abuela en una época tan remota, que ya no puedo precisar.
Hay una película cubana muy graciosa, protagonizada por Rosita Fornés, donde con algunos años de antelación su personaje se convierte en una gestora de permutas.
En algún momento indeterminado la gente siente que ha llegado al límite. No confundir con la culminación y/o materialización de un sueño.
Conozco a alguien que hace rato dejó de ser quien había sido. Es decir, se levantó una mañana después de darle vueltas toda la noche y le comunicó a su familia la decisión.
Ser madre es una de las cosas que más pavor causa sobre la faz de la tierra.
Basta que un soltero encuentre pareja para que le caiga encima un enjambre. No había reparado en semejante realidad...
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