sábado, 22 septiembre 2018, 18:34
Viernes, 23 Junio 2017 13:34

ARCHIVOS PARLANCHINES: ¿Cañonazo o trompetilla?

Escrito por  Orlando Carrió
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Durante años pensé que el Cañonazo de las Nueve había resistido con heroicidad todos los fenómenos naturales y otros entuertos para no faltar jamás a su cita de honor.

Durante años pensé que el Cañonazo de las Nueve, pieza clave del costumbrismo criollo, que empezó a ser disparado por el alto mando militar español del siglo XVI, había resistido con heroicidad todos los fenómenos naturales y otros entuertos para no faltar jamás a su cita de honor.

Sin embargo, con el tiempo me han llegado indicios de que este sambombazo ha tenido sus peligrosas ausencias e impuntualidades. Se cuenta, incluso, que en los últimos tiempos de la colonia, una noche, el retraso o la distracción en el cuerpo de guardia motivó que este se hiciera a las diez menos cuarto. ¡Y la que se armó! Durante los cuarenta y cinco minutos intermedios los vecinos se preguntaban alarmadísimos «¿qué habrá sucedido?». Y no llegó el sosiego y la tranquilidad a los ánimos hasta que retumbó, como un remedo de la puntualidad caribeña, el esperado flechazo.

En la República, nacida en 1902, el cañonazo nocturno capitalino no se libra tampoco de algunas decepciones, a pesar de exhibir un flamante un cronómetro eléctrico de la Cuban Telephone Company.

Al interventor militar norteamericano míster Magoon, por ejemplo, no le basta con cambiar la hora del fogonazo de las ocho a las nueve, como algunos imaginan, sino que autoriza con frecuencia su receso y hasta pide que el cañón lleve poca pólvora para evitar un ruido excesivo. Aunque esto no es lo peor: luego del arribo de la radio al pueblo pinareño de San Cristóbal, un empresario decide transmitir el cañonazo en vivo desde La Cabaña y, como la detonación no se oye por un desperfecto técnico,  el pobre hombre, víctima del desespero, suena un «buuummm» con la boca a las 9:10 p.m que por poco matar de risa a los sorprendidos oyentes.

Algo similar podemos decir del músico Luis Casas Romero, director de la Banda del Estado Mayor del ejército cubano hasta su muerte en 1950, quien siempre soñó con un cañonazo que se oyera más allá de los barrios de la vieja Habana fronterizos con el Malecón. Por esta razón, cuando funda la pequeña emisora 2LC, el 22 de agosto de 1922, inicia su programa diario con la transmisión del bombazo y, no satisfecho aún, amarra una estrafalaria bocina en un barrote de la ventana de su domicilio en la calle Ánimas número 99 para aumentar la cobertura del sonido y lograr, con muy poco éxito, que el estornudo de las nueve llegue a todos sus vecinos.

A finales de 1941 Cuba entra en la Segunda Guerra Mundial, junto a los Estados Unidos, y el 20 de junio del año siguiente el jefe del Ejército, general Manuel López Migoya, se aparece con una declaración que altera la paz de los cementerios:

¡Cero estampido de las nueve! -ordena. ¡Hay que ahorrar pólvora, señores, estamos en tiempo de guerra!

El gobierno de Fulgencio Batista argumenta, ante el estupor general, que si  continúan los cañonazos los submarinos hitlerianos podrían detectar con facilidad la posición geográfica de la capital cubana y hundir los barcos que entraran o salieran de su ancha bahía. Una semana después de propalada la risible noticia, el semanario Zig-Zag del 30 de junio de 1942 comenta:

«¡Ahora sí hay conciencia de guerra!, dicen que afirmó el presidente Batista una vez dictada dicha resolución (.). El cañonazo, por lo tanto, tenía que perecer. Y pereció. Pero no pereció sólo por eso. Su supresión obedece [.] a otras razones. Parece ser que los submarinos alemanes que navegan por los mares antillanos ponían en hora sus relojes guiándose por él. La supresión del mismo desconcertará en lo adelante a sus tripulaciones. Faltos de hora exacta, los capitanes de los submarinos creerán, a las doce del día, que son las nueve de la mañana y no ordenarán servir el almuerzo. De repente, a las cinco de la tarde, creerán que son las doce del día. Esto originará un trastorno en las comidas que dará lugar a que los tripulantes de los sumergibles se enfermen del estómago y sufran de diarrea. Surgirán las quejas y las indisciplinas y acabarán por declararse en huelga».

La misma tarde en que Migoya da a conocer la muerte súbita del ahora cuestionado estruendo, el ministro de Comunicaciones, Marino López Blanco, promete entrevistarse con el administrador de la Compañía Cubana de Electricidad para pedirle que use la sirena de la planta eléctrica de Tallapiedra en reemplazo del familiar cañonazo. Ello suscita, lógicamente, más de una bromita pesada. En la referida edición de Zig-Zag se advierte:

«.lo que nos parece un poco raro es que se pretenda sustituir el Cañonazo de las Nueve con el ruido ligero de un silbato. Este es, por así decirlo, un personaje de nuestra historia, una institución respetable, una imagen sonora de nuestra tradición [.]. Santo y bueno que para ahorrar gomas y gasolina se suprima. Pero no puede ser sustituido por un silbato. Ese ruido es peligroso. Se empieza por el silbato y se acaba por la trompetilla».

Los narradores callejeros, por su lado, siempre prestos a sacarles chispas a los embrollos cotidiana, lamentan el fallecimiento de Enrico Caruso, huésped en La Habana en 1920, porque, argumentan, Batista podría haber invitado a La Cabaña al Rey de los Tenores para que simulara el cañonazo con un do de pecho capaz de poner pequeñitos a los cañones de los Borbones.

Ante tamaña calamidad, el periodista E. Fernández Arrondo insiste en el Diario de la Marina del 22 de septiembre, 1944:

«¡Lo que puede, en efecto, la tradición! Lo que sí importaba era la ausencia del trueno habitual, era aquel cotidiano detenerse unos momentos ante el retumbo conocido y consultar el reloj, fijarlo en las nueve, darle cuerda, advertir si se adelanta o atrasa. Se trataba de un incidente bélico que nos habría de orientar de inmediato hacia la cita concertada, hacia el teatro, hacia el empleo o hacia el descanso».

Por fortuna, el nuevo presidente, Ramón Grau San Martín, oyendo reclamos celestiales, dispone la reanudación de la folclórica descarga a partir del 1ro. de diciembre de 1945 y llena de júbilo a la ciudadanía, pues, como murmuraba el tío Largio: «La Habana sin El Morro y sin el cañonazo, no era ni podía ser La Habana». Frase lapidaria y justa que ni los más  amargados se atreven a negar. ¡No faltaba más!

Visto 1152 veces Modificado por última vez en Viernes, 23 Junio 2017 22:45

Comentarios  

 
#6 la china 14-03-2018 13:43
estuve hace dos años en el cañonazo realmente me impacto, el vestuario, todo tan coordinado y tan bonito, una inmensidad de publico, todo muy muy lindo y ni decir d los extranjeros k tomaban fotos y videos aquello era todo un espectaculo precioso y tan colmado que habia personas hasta en el techo, habia que entremeterse para poder ver toda la ceremonia. lindo lindo
 
 
#5 REDISAN 29-06-2017 12:01
Gracias a Orlando por este artículo, he aprendido cosas que no sabía del cañonazo antes del triunfo de la revolución.... yo creo que es una tradición muy hermosa y que jamás puede morir.
 
 
#4 Mo 26-06-2017 10:49
En los años 80, el cañonazo lo tiraban los cadetes, no era público, todavia existía la prisión de La Cabaña. Participé innumerables veces. Al principio todos queríamos, después sabiendo las dificultades y el trabajo, nos escondíamos para no ir. A las 8 PM subíamos al polvorín para extraer la pólvora, después en otro local de la fortaleza nos daban sacos de yute usados y con un reloj y cronómetro, ambos sincronizados por Radio Reloj desde las 7:30 PM, nos dirigíamos al cañón, de nombre "Luperto". Se introducía la pólvora por el respiradero superior, se sobaba con un alambrito y después venía lo más difícil, comenzar a enrollar los sacos tan finos que debían introducirse en la pequeña boca del cañón. Para poder introducirlo debíamos darle baqueta con un tubo bastante grande y para ello, debíamos colocarnos al borde del muro, a medio paso del farallón, cualquier resbalón y haría peligrar la vida. Cuando el cañón tenía los sacos (mientras más introducía, más sonaría), se esperaban 15 segundos antes de las 9 PM y con un cigarro encendido generalmente, se prendía la pólvora y el estallido se oía en su horario con todos los sacos cayendo en la bahía. De reserva se preparaba además, un cañón antitanque 75 mm, con un proyectil de salva, por si no sonaba Luperto. Hubo casos, muy pocos, en que la pólvora se demoraba por la humedad, se ordenaba tirar con el 75 mm y segundos después sonaba Luperto, dos cañonazos de las 9 en menos de 10 segundos. No contará las consecuencias que traía. Disculpen si me extendí.
 
 
#3 Enrique Zárate 26-06-2017 10:29
Disfruto mucho los textos del autor, en particular en éste que nos cuenta hechos históricos con algo tan simpático como lo es un cañonazo que, en ocasiones, no cumple con su cometido; quizá más fallos de los que hubiesen querido los encargados.
 
 
#2 Adolfo 25-06-2017 11:26
Excelente artículo. Una clase magistral y sintética de historia, muy bien redactado y con el tono jocoso del cubano. Lo he disfrutado mucho.
 
 
#1 brmh 23-06-2017 18:50
hace poco menos que 10anos,estaba yo para asistir a esta ceremonia llovisnaba ,sin embargo exitia publico ,entre ellos varios extrangeros, llego la hora los ejecutantes saliron y al intentar el canonazo,este fallo,acto seguido se utilizo otro que tienen de emergencia y este tambien fallo,me llamo la atencion que los eejecutantes muchachos jovenes ni se inmutaron y continuron la ceremonia
 

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