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Miércoles, 05 Julio 2017 05:00

¿Desde cuándo tú estás muerto?

Escrito por  Vladia Rubio/CubaSí
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Abuelos en el Hogar de Ancianos del municipio Manicaragua disfrutan de las comodidades que les ofrece la contribución del proyecto Hábitat 2 de la Universidad Central Marta Abreu de Las Villas (UCLV), provincia Villa Clara, Cuba, el 10 de marzo de 2017. Abuelos en el Hogar de Ancianos del municipio Manicaragua disfrutan de las comodidades que les ofrece la contribución del proyecto Hábitat 2 de la Universidad Central Marta Abreu de Las Villas (UCLV), provincia Villa Clara, Cuba, el 10 de marzo de 2017. ACN FOTO/Arelys María Echevarría Rodríguez

Hemos envejecido y por ese rumbo continuaremos, al menos así lo indican los últimos y más rigurosos análisis demográficos.

La vejez no tendría que ser vista como un problema ni los viejos, como una carga.

Como si se conocieran desde siempre, los dos ancianos a quienes el azar hizo compartir un mismo banco, habían iniciado una animada conversación:

—¿Y desde cuándo tú estás muerto?

—¿Cómo muerto, chico?

—¿No dices que estás jubilado?

—Sí, pero eso no es estar muerto.

—Que te crees tú. A ver, ¿para cuántas decisiones importantes te tienen en cuenta en tu casa? Además de sacar al perro, hacer los mandados, marcar para el periódico y el pollo, ¿qué otra cosa tú haces? ¿A dónde te invitan a pasear? ¿Cuánto tiempo conversan contigo?

—Bueno, yo…

—¿Viste? Tú estás muerto, viejo.

No es literatura. Fui testigo presencial de tal diálogo mientras esperaba mi turno para atender al perro en la clínica veterinaria de Carlos III.

Era triste escucharlos, y más, contemplarlos de reojo. Cada uno, con más de siete décadas en las costillas, cargaba a su perro sobre las rodillas. Pero si se observaba con cuidado, era fácil percibir que, más que proteger a sus mascotas, eran ellos quienes se abrazaban al animal como tabla de salvación en medio del océano.

Vaya usted a saber cuántas veces la compañía de sus perros les había salvado de la más densa e insoportable soledad, aun cuando en el núcleo familiar fueran seis compartiendo el mismo techo, aun cuando les sobraron amigos mientras permanecían laboralmente activos.

Uno de ellos tenía un perro sato grande, muy grande, y como le indicaron análisis, tuvo que cargar con el animal escaleras arriba. Apenas podía con tanto peso, jadeaba el hombre, se detenía cada tres o cuatro escalones, pero finalmente llegó arriba.

Acomodado en un banco de madera, dejó caer medio cuerpo, exhausto, sobre el lomo del perro, que parecía calibrar cuánto estaba haciendo por él su amo porque, agradecido, se mantenía inmóvil, firme, dándole sostén y reposo.

Si hubiera sido una escena aislada en medio de incontables cuadros que destilaban felicidad a raudales, no hubiera valido la pena escribir sobre ellos, quizás sí motivo para una pintura donde abundaran tonos grises, tierra y ocre.

Pero es que, regresando de la clínica, me tropecé en Boyeros con otra situación, aún más patética y también protagonizada por personas ancianas:

Eran, presumiblemente, un matrimonio, de esos que, con tantas décadas de andar juntos, dejan ya de ser marido y mujer, en el convencional sentido del término, para convertirse en algo así como siameses, fundidos no por la piel, sino por toda una vida compartida.

Tirando a la par, forcejeando, resoplando, intentaban subir al contén de la acera una silla de ruedas desde la que un hombre, medianamente joven, contemplaba beatífico el mundo a través del prisma de alguna discapacidad mental.

Por el amor traducido en la perseverancia con que tiraban de la silla, podía intuirse que era el hijo del anciano matrimonio. Tenían que amarlo mucho, porque casi estaban dejando la vida en el esfuerzo por trasladarlo.

Y era patético comprobar cómo nadie se acercaba a ayudarles, aún más patético constatar que, probablemente, el problema al que en ese momento se enfrentaban resultaba solo la punta del iceberg que era su vida toda: el enorme, gigantesco problema de criar y cuidar, sin ayuda de terceros, a un hijo discapacitado.

El alma se volvía una pasita por tan solo imaginar cómo ambos viejitos se las arreglaban para asear, alimentar, cuidar en general, a aquel hijo a quien nunca verían entrando a casa con un salario, con un nieto, o, al menos, con una sonrisa elocuente.

Por aquella zona no se veía en las calles un paso para facilitar la subida de la silla de ruedas a la acera, y tampoco para ayudar al tránsito de ancianos como aquellos, apenas posibilitados de flexionar las rodillas.

Mas eso, de seguro, no era lo más significativo: ¿por qué aquellos ancianos andaban solos por  la calle pasando tantos trabajos?, ¿cuál era su historia?, ¿a dónde llevaban al hijo discapacitado?, ¿por qué ellos asumían esa tarea y no otros más aptos físicamente?

De no haber sido tan ancianos, quizás no hubiera resultado así de impactante la escena, pero ellos lo eran, y a esa dirección apunta el almanaque de toda la población cubana.

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Hemos envejecido y por ese rumbo continuaremos, al menos así lo indican los últimos y más rigurosos análisis demográficos. Hoy, casi la cuarta parte de la población, el 21,08%, suma más de 60 años, y dentro de 18 años, será casi un tercio. El índice de envejecimiento poblacional es de 19.4 por ciento, equivale a que dos millones 176 657 habitantes de esta isla rebasan las seis décadas.

Y el panorama adquiere tintes aún más turbios, si se recuerda que solo ocurren alrededor de 11.2 nacimientos por cada mil cubanos, a la vez que aumenta de modo sustancial la cantidad de los llamados por los demógrafos «viejos más viejos», aquellos mayores de 80 años.

Cuando el zapato aprieta en cuestiones de longevidad, hay que pensar en bastones, andadores, cuñas, culeros, sillas de ruedas, camas fowler, balones de oxígeno… por no hablar ya de alimentación, pensiones.

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Pero el asunto está en que llegar a la ancianidad no tiene por qué ser sinónimo de ninguna de esas cosas.

Y como toda la población cubana va aceleradamente bajando esa pendiente, sería muy bueno idear y, sobre todo, concretar estrategias referidas a una vejez sana, digna y feliz.

En ese sentido, se ha ido abonando el camino, y en la actualidad el país cuenta con un total de 274 casas de abuelos que atienden a unos 9 mil 393 ancianos, además de disponer de otros 3 mil 310 espacios para la atención diurna a quienes se encuentran en hogares de ancianos. Solo restan cuatro municipios que aún no disponen de esa alternativa, a la cual se suma la existencia de un trabajador social por cada 600 núcleos familiares.

Asimismo, al empeño por hacer más plena la vida de los cubanos de la tercera edad se suman las Cátedras universitarias del adulto mayor, cuya primera experiencia comenzó hace 17 años en la Universidad de La Habana.

En general, el país dispone para atender a sus ancianos de la coordinación entre los ministerios de Salud Pública, Educación, Educación Superior, Cultura, y el Instituto Nacional de Deportes, Educación Física y Recreación, así como de los proyectos desplegados por gobiernos locales y de los tantos años de experiencia e investigación a cargo del Centro de Investigaciones sobre Longevidad, Envejecimiento y Salud (Cited) y de la Sociedad Cubana de Geriatría y Gerontología.

No por gusto, el pasado abril, el gerontólogo francés y presidente de la Federación Internacional de las Asociaciones de Personas Mayores (Fiapa), Alain Koskas, había declarado al periódico Granma: «Cuba nos ha enseñado hasta qué punto la educación y la salud son dos elementos importantes en la política cubana, que da sus frutos a las personas de avanzada edad, para que puedan envejecer con buena salud mental y física, pero también ciudadana».

Porque la ancianidad puede ser comprendida como una nueva e interesante etapa vital, tan valiosa como las anteriores, con el añadido de ser la única en que la persona se ve libre de las presiones que conlleva la vida laboral, y ya no le interesa tanto cubrir las expectativas que los demás tienen con respecto a ella.

Podría ser la coyuntura para abrir puertas a formas distintas de autorrealización, a cultivar amistades y pasatiempos. Claro, eso luego de que estén cumplidas varias premisas, y de que, a lo largo de la vida, se hayan ido consolidando los cimientos necesarios: los referidos a la salud, a la independencia económica, y también a los afectos.

Todo eso para que no repitan diálogos como el que inicia este trabajo y para que no se vean en la calle escenas como la descrita. Porque la vejez no tendría que ser vista como un problema ni los viejos, como una carga.

Visto 3314 veces Modificado por última vez en Jueves, 13 Julio 2017 07:16

Comentarios  

 
#11 Armando 06-07-2017 13:29
Hace unos días estaba en un turno para el cardiólogo, y resulta que estaba allí una señora de 99 años, con su hija de 70, esperando el turno. A nadie se le ocurrió dejar pasar a la señora.

Cuando salen para llamar a la cola de los electros, alguien dice que está allí una señora de 99 años.

Unas cuantas personas entonces fue que dijeron a la que tenía las historias clínicas que por favor, dejara que la persona pasara primero.

Y ella sabía que la mujer tenía 99 años, y no hizo nada. Es decir, que a nivel institucional, tampoco estamos preparados.
 
 
#10 pelotero 06-07-2017 12:40
hola, nada q la vejes q ya casi estamos en ella, y en cuanto nos jubilemos comenzamos a morir lentamente, unos ya otros aunque no esten jubilados ya estan muriendo, debido al cansancio, las necesidades, y el stres del grande, ya q solamente en pensar q es posible que no llegue a jubilarme porque es muy dificil llegar a los 65 como estoy, entonces? el primer crimen es subir la jubilacion a los 65 y 60, porque segun nos compararon con paises del primer mundo, con niveles de vida, etc etc, nada la realidad que TODOS sabemos como viven esas personas, NO el total de la poblacion envejecida, pero aunque no tengo la estadistica mis ojos no engañan, vemos cada cosas y NO en pocas personas, vaya al puente tirri, ahi los vera jugando domino y hablando de cuando tenian 40, vaya al parq central u otro parque de cualquier ciudad, vaya a cualquier barrio, en fin ahi estan, muriendo lentamente, con una chequerita de 200, q apenas alcanza para el picadillo de soya, la jamonadita, no pueden darse un gusto necesario, por eso hay muchos que no dejan el trabajo y mueren ahi, al pie del cañon, no por amor, sino por lo q sabemos y se ha dicho aqui por todos y el periodista.
 
 
#9 Silvia Núñez 06-07-2017 10:43
Tengo 68 años, he trabajado toda mi vida, sigo trabajando después de estar dos años jubilada cuidando a mi mamá, me siento bien y hasta el momento disfruto de levantarme cada día y de aportar algo a la formación de las jóvenes generaciones pero siempre pienso que la persona que está viejita y jubilada vive de milagro, una jubilación de 200 pesos, que es la mayoría de las jubilaciones en el país, no alcanza para nada, coincido con el compañero que plantea que no estamos preparados para el envejecimiento de la sociedad, hay que hacer inversiones y en lo posible hay que aumentar las jubilaciones más bajas, eso ayudaría un poco, de todas maneras pienso que la atención del estado es buena pero falta sensibilidad en algunos aspectos y para resolver algunas cuestiones, hay que pensar en eso y llevarlo a los lineamientos y a la política que se desee seguir.
 
 
#8 carlosvaradero 06-07-2017 10:00
Creo... y no sè si me equivoco.. pero Cuba no està preparada para el envejecimiento poblacional, muy a pesar de los spots publicitarios y todo lo que leemos al respecto en la prensa.
Todavia sigo viendo a viejitos de la tercera edad en los bancos para cobrar su salario durante horas y horas bajo el sol o sin tener un lugar donde sentarse mientras esperan su turno.
Hasta cuando va a suceder esto?.. y peor aùn... alguien se sencibiliza con esto?
Igual veo como instituciones administrativas no tienen en cuenta las veces que esos mismos viejitos van una y otra vez por una respuesta y tienen que regresarse a su casa sin una soluciòn a su problema... hasta cuando va a suceder eso?
Y si encima de eso se le suma los bajos salarios que reciben como retiro y que muchas veces tienen que comprar medicamentos y no los encuentran y deben adquirirlos en el mercado negro para llevar su tratamiento... hasta cuando?
Creo que cuando esas y otras cuestiones estèn resueltas entonces podremos hablar de trabajo serio para el envejecimiento poblacional... mientras tanto... es solo bla bla bla...
Saludos.!!
 
 
#7 Piro 06-07-2017 08:42
Antes leia estos articulos y los veia lejos. Pensaba que para mi jubilación las cosas mejorarian para los viejos. Después de 40 años de trabajo estoy embarcado, me falta poco para jubilarme y voy a caer en este saco, como muchos otros. Los problemas son mucho mas grandes que las soluciones. Hay que aumentar los programas que mejoren la vida en la tercera edad.
 
 
#6 Carlitín 05-07-2017 19:41
El otro problema que sufre nuestra generación es que ya estamos cansados, nuestros salarios son bajos y encima de eso con el aumento de los años de servicio que nos compararon para su aplicación con países del primer mundo cuando lleguemos, unido al trabajo que se pasa para trabajar ya sea porque no cuadras o porque no tienes los medios para trabajar, eso si llegamos a los 65 algunos lograran tomar la chequera otros quizás no alcancen a disfrutar, además no tendremos fuerzas para luego de la jubilación lograr algún trabajo para compensar lo poco que ganaremos con la chequera.
 
 
#5 Raquelita 05-07-2017 18:11
Eso se parece a un Panfilo, esta bueno para un programa... Pero es una realidad, y Cuba debe prepararse mucho más para poder atender a sus ancianos..
 
 
#4 Palax 05-07-2017 13:39
Esa es la cuestión como lograr hacer parir a las mujeres, uno mejorarles el sueldo, dos que haya mayores plazas de círculos infantiles, tres promover políticas públicas para que las mujeres que tengan más de dos hijos tengan acceso a una vivienda decorosa, y pan ya.
 
 
#3 Chelo 05-07-2017 10:43
Me pregunto por qué los textos de Vladia no se publican en Bohemia, Granma, hace falta este periodismo, multiplicar este periodismo que se hace en CubaSi
 
 
#2 edo 05-07-2017 08:59
Interesante artículo. Sin embargo a veces pienso como en otros países los horarios laborales dan mas soltura a las personas para atender las necesidades básicas de su familia y aparte de eso dedicar mas tiempo a sus familiares. Aunque ciertamente no es justificación "abandonarles a su suerte" aun cuando estén dentro de la casa.
 

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