miércoles, 20 noviembre 2019, 16:38
Miércoles, 24 Mayo 2017 06:48

Filipinas: Pobreza y terrorismo en la mira

Escrito por  Arnaldo Musa/Especial para CubaSí
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Rodrigo Duterte promete no traicionar al pueblo, como hicieron otros mandatarios.

A menos de un año de asumir la presidencia de Filipinas, a la que accedió con un amplio porcentaje de votos, Rodrigo Duterte ya presenta dividendos positivos en la lucha contra el narcotráfico, la delincuencia, la desigualdad social y la pobreza, además de haber alarmado a los medios occidentales de todo tipo, cuando separó a su país del “paraguas protector” militar de Estados Unidos, y mostró su elogio por la República Popular China.

Además, Duterte visitó Vietnam, se acercó a Rusia y quizás algunos recuerden que la primera delegación que envió al exterior, a pocos días de asumir el poder, fue una de alto nivel del Ministerio de Salud del archipiélago a La Habana, a fin de estudiar los métodos de salud utilizados en Cuba.

Para un personaje como Rodrigo Duterte, al que la prensa burguesa calificó de loco y comparó con Hitler y hasta con Trump, pero más peligroso que este, ningún encasillamiento es exacto.

Es un hombre de armas tomar, que trata de cumplir lo que promete, equivocado o no, que mantuvo una popularidad del 80% durante las dos décadas que se mantuvo como alcalde de Davao, una ciudad de un millón de habitantes, donde se encargo personalmente de acabar con el tráfico y consumo de drogas y el delito en general, independientemente de que se le haya criticado por presuntos métodos violentos, así como exabruptos e  insultos a personajes de toda laya, incluyendo al hoy ex presidente Barack Obama.

En este contexto es bueno destacar que ha encerrado a políticos comprobadamente corruptos, y por este mal utiliza preferentemente al ejército y no a la policía para combatir el delito.

Asimismo, está armando a habitantes de la provincia de Bohol, con el fin de combatir a células del terrorista Estado Islámico, y ofrecido recompensas por la captura de siete cabecillas ya identificados.

Espejismo

Cuando uno observa el cuadro macroeconómico de Filipinas, el país parece tenerlo casi todo a favor para convertirse en otra historia de éxito en el sudeste asiático: un crecimiento económico alto y sólido, bajos niveles de deuda, una inflación controlada y una fuerza laboral amplia y joven.

El buen comportamiento de la economía, sin embargo, no ha repercutido en una reducción de la desigualdad o en la mejora de la calidad de vida de la mayoría de la población del país, una cuarta parte de la cual sigue por debajo del umbral de la pobreza.

Muy poco tiene que ver la Filipinas actual con aquel país que el dictador Ferdinand Marcos dejó prácticamente en la bancarrota en los años ochenta del siglo pasado. La economía del archipiélago se ha expandido en el último lustro a una tasa anual de entre el 6% y el 7%. El sector de servicios crece con fuerza y supone un 60% del total de la actividad económica.

Por el lado de la demanda, el consumo de los hogares está en máximos gracias a una inflación —por fin— bajo control, el aumento de los sueldos y el envío de remesas de los emigrantes filipinos que trabajan en otros países (unos 26 100 millones de euros en 2015, el equivalente a un 10% del PIB.

A pesar de todo lo anterior, el 26,3% de los filipinos viven en la extrema pobreza. Se trata de un porcentaje muy similar al de Myanmar —la antigua Birmania— y muy superior al de otros países de la región como Vietnam, Cambodia y Laos, cuyas economías ni son tan grandes ni han registrado un periodo de bonanza tan largo como el de Filipinas, pero hay mucha menos desigualdad.

Por ello Duterte tendrá que enfrentar a un sistema bancario que no llega a los pobres. Solamente las grandes empresas reciben financiación, mientras que las pequeñas y medianas y las familias tienen dificultades para obtener dinero.

Además, hace falta una reforma agraria que elimine los problemas con la propiedad de la tierra y más gasto en infraestructuras para reducir los costes de los alimentos o la electricidad.

Pero el problema no es solamente cómo el país invierte la riqueza, sino sobre todo cómo se reparte. Un pequeño grupo de familias —algunas cuyo estatus se remonta a la época colonial española— controlan industrias y sectores clave y cuentan con un poder político enorme en el país. Esta particular oligarquía ha recibido el trato a favor de los sucesivos gobiernos, lo que les ha permitido mantener sus negocios operando prácticamente bajo un régimen de monopolio. Según datos del 2014, la fortuna de las 50 personas más ricas de Filipinas era equivalente al 26% de su PIB.

La nueva administración del archipiélago ha prometido continuidad en las políticas macroeconómicas y ha propuesto una agenda cuyo objetivo es reducir la tasa de pobreza hasta el 17% en el 2022. Para ello se pretende reformar el sistema impositivo con especial énfasis en la progresividad, aumentar considerablemente el gasto social y la inversión en infraestructuras o llevar a cabo políticas que favorezcan la inversión extranjera y la competencia.

Una tarea dura en la que ha logrado el apoyo de China y una aparente receptividad del Banco Mundial, aunque Duterte ha expresado que la mayor garantía para triunfar es ganarse la confianza de la mayoría de los filipinos.

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