jueves, 16 agosto 2018, 23:20
Lunes, 27 Marzo 2017 06:00

Una reina con el reloj roto

Escrito por  Vladia Rubio/CubaSí
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Avatares para arreglar una olla reina que hablan de faltantes, aunque no precisamente de piezas ausentes en los talleres.

Una vecina fue a arreglar su olla multipropósito, bautizada por los cubanos como reina, a un taller estatal que brinda ese y otros servicios similares.

A la reina no le andaba el reloj. Después de caminar más de un kilómetro bajo el sol y cargada, se encontró con que no había electricidad, así que debió regresar con su olla rota.

Era un sábado y retornó al siguiente lunes, cuando fue atendida por un técnico «que estuvo batido» con el electrodoméstico por un buen rato.

¡Había piezas, todas las piezas que necesitaba, incluyendo junta nueva! Luego de abonar un módico precio en moneda nacional —atendiendo a como van hoy los precios—, sonrió y partió oronda imaginando ya cómo compondría su potaje de chícharos en la olla recién reparada.

Mas la felicidad le duró poco. Al conectar el artefacto, comprobó que el reloj no avanzaba ni un minuto, aunque lo había visto caminar en el taller.

Al día siguiente, retornó, ya sin gota de sonrisa y por tercera vez, al mismo taller, donde pidió que le atendiera otro técnico, porque, evidentemente, el primero «no había dado pie con bola».

Después de ver al operario hurgando en las entrañas de la olla, revolviendo cables, ajustando tornillos y botones, escuchó el veredicto: «parece que es la pesa, porque esta olla no tiene nada».

Exhibiendo el nuevo taponcito, la cazuela volvió a ser probada por unos minutos y el reloj avanzó sin lío.

Insistió la señora sin sonrisa al técnico para que se tomara su tiempo, que ella prefería esperar lo que fuera necesario, pero llevarse el aparato funcionando, porque tenía que caminar mucho, porque el asunto pesaba bastante, y esa era la tercera vez.

Ya está al quilo, le aseguró el empleado, y la mujer, persuadida de que «por fin», salió del local.

Por gusto.

Luego de unos minutos de conectada la olla, el reloj dejó de funcionar. Como si el tiempo se hubiera detenido a modo de esas novelas de ciencia-ficción, o como si hubiese saltado a una dimensión otra, por aquello de la teoría de las cuerdas, el aparatico ignoraba el transcurrir de los minutos.

Pero no eran motivos precisamente literarios ni de ciencia avanzada por los que el relojito de la reina no caminaba.

Luego de un par de interjecciones impublicables, porque ya había echado los chícharos con toda la sustancia, incluido un pedacito de bacon, y ahora tendría que esperar horas para que ablandaran en un caldero tradicional, la señora sin sonrisa tomó una decisión.

No volvería por cuarta vez a aquel taller. Iría, «aunque me cueste la vida», al tallercito particular recién abierto a pocas cuadras de su vivienda.

Allí le trataron como si la reina fuera ella y no la olla, le brindaron asiento, le pusieron un ventilador de frente, y le cobraron hasta la vida —como había supuesto—, pero se llevó el cacharro en perfecto estado y ¡con un año de garantía!

Tenía roto un dispositivo, pequeñito, pero imprescindible. Y los dos técnicos anteriores que habían revisado la olla no lo habían descubierto o, simplemente, no se habían tomado el trabajo de averiguarlo.

No les faltaban piezas o herramientas, tampoco condiciones de trabajo, al menos las mínimas. ¿Qué les faltaba a aquellos trabajadores para hacer bien las cosas?

¿Sentido de pertenencia, ese amor propio que uno abona al saber que cumplió a conciencia con lo que le toca? ¿Les faltaría, quizás y también, ese respeto, ¿amor?, que cada quien ha de sentir por el prójimo, sobre todo cuando, como es el caso, se trataba de una señora mayor, sudorosa y atribulada, cargando con su pesada olla varias cuadras?

¿Faltaban allí exigencia, controles?

Percibirían exactamente el mismo salario si la olla funcionaba o no, si ella quedaba o no satisfecha, y si los recomendaba o no a potenciales nuevos clientes. Pero, señor mío, todo no puede estar en el dinero, aunque sea importante, importantísimo, razonó la mujer sin sonrisa y ahora con una casi mueca.

Cuando llamó a su hermana, también jubilada, para hacerle el cuento, del otro lado de la línea telefónica escuchó una reflexión que la dejó pensando: «Pero, mi'ja, ¿tú te crees que ellos viven del salario que les pagan?; ¿tú crees que de verdad les importa que tu cacharro quede bien? Cuidado y las piezas que tienen en el taller particular no sean las mismas que se llevan del estatal. Esa es su búsqueda. Además, posiblemente igual arreglen cosas por la izquierda, y en esas seguro que sí se esmeran».

La afirmación era inquietante y llevaba implícitas acusaciones imposibles de probar. Era también demasiado generalizadora; con certeza no todos los trabajadores se comportaban así, porque, de hacerlo, talleres como el mencionado ya no existirían por haber quedado sin clientes.

Sin embargo, en ese y otros semejantes seguían desembarcando ollas, ventiladores, batidoras, y el resto de los electrodomésticos inventados para hacer la vida un poco más fácil.

A ella no le tocaba llegar a conclusiones, para eso estaban los administradores, directores, inspectores, y todos los directivos que se ubicaban por encima, que igual recibían un salario por hacer bien las cosas, y para que a las personas no se les trastocara la sonrisa en mueca.

Quizás todo había sido una suma de malas casualidades, solo eso.

Pero lo cierto es que allí estaba su olla reina, ablandando rápida el potaje, a la par que el relojito le caminaba de modo perfecto, indetenible.

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Comentarios  

 
#12 Marlen 13-07-2017 11:15
El cometario está muy bonito pero si no re revela el nombre el mecánico y del Taller donde la compañera llevó la olla y se toman las medidas inmediatamente ante tamaña descaradez , parece ciencia ficción y seguiremos padeciendo de este tumor maligno que carcome a todas las mujeres que tenemos que cocicinar después de una larga y muchas veces agobiente jornada laboral, es el cuento de nunca acabar.
 
 
#11 EL valioso 28-03-2017 16:11
Para los cubanos ese es el pan nuestro de cada día, hace años hablamos y criticamos lo mismo con lo mismo, ya llueve sobre mojado...y todo eso y todo el desgaste del dia a dia es por gusto y para nada, ya no creo que cambie nada, y si cambia es para peor, al menos eso es lo que se vislumbra...
 
 
#10 Alba R. 28-03-2017 10:28
B.Días.
Estoy de acuerdo con JlLuis,solo comentamos,esta semana me presente de igual forma por la junta al Taller de Belascoin, el técnico de muy mal caracter para recibir al público, le pregunto por la junta de la olla me dice que si, sin levantar la cabeza ni mirar mi rostro, después le consulto si tiene los componente de la balbula de tres pintones, para cambiarcela, me dice que si que saque el vale, cuando le llevo el vale me trae dos valbula, le digo que no es eso lo que necesitaba, me contesta él eso fue que me pediste y yo no puedo regresarlo al almacen, con muy mal caracter, que tenía que llevarmela, le dije que NO, para concluir despues cuando llegue a casa la junta no ajustaba a la olla, osea que deje una tarde de trabajar dí un viaje de 12 cuadra bajo sol y al final quede igual, no desgastamos.
 
 
#9 dd 28-03-2017 09:34
el articulo esta buenisimo, pero tambien me gustaria que hablaran de la falta de pizas de respuesto, que existen en los talleres, o bueno al menos eso es lo que me dicen cada ves que llamo al taller central de Santa Clara , llevo desde octubre con mi hornilla de Indución rota, la lleve al taller y me dijeron que lo que se rompió es la tarjeta de inducción, llamo hasta dos veces a la semana desde entonces y hasta mas e ido personalmente y siempre me dicen llama la semana que viene ya yo no se que hacer.... por favor porque no profindizan en este tema Saludos
 
 
#8 Negro y Rojo 27-03-2017 16:21
Esta bueno el articulo pero me gustaria que profundizaran mas en el hecho ya que si solo nos limitamos a comentar el cambio que tanto abogamos nunca se dara. No podemos comformarnos, hasta cuando la impunidad...
 
 
#7 Dealer 27-03-2017 15:07
Cuando se quiere se puede, lo que pasa es que no hay sentido de la responsabilidad en la sociedad cubana actual y la indolencia esta a la orden del día. Donde esta el control? esa es la pregunta clave, porque Cuba ''dice'' mucho en el NTV, pero del dicho al hecho... El problema de los consolidados y las piezas ya es prehistórico y las soluciones son una utopía. El Estado debe involucrarse mas y poner manos a la obra.
 
 
#6 sachiel 27-03-2017 14:27
Y ahi se quedó la cosa, verdades de Perogrullo
 
 
#5 joelluis 27-03-2017 12:01
Tengo una duda, esto lo leeremos nosotros nada más?, porque nunca he visto en Cubasi una respuesta de los administrativos de estos lugares, ni de instituciones mencionadas de soslayo, en fin parece que a los humanos de a pie en Cuba son los que les interesa leer, lo que nosotros vivimos diariamente... estaría bueno que si algún buen directivo o administrador me lee, nos conteste a todos o al menos a Cubasí de las quejas de los infortunados cubanos que somos maltratados de diferentes formas y en disímiles lugares... nada es una dudita inofensiva na'má...
 
 
#4 carlosvaradero 27-03-2017 10:02
Muy buena historia... ademàs porque algo parecido vivimos en mi casa, cuando mi madre... ya mayor de edad... tuvo que llevar la olla reina, no sè cuantas veces al taller.... cuando llegaba a casa, la olla no funcionaba..
Creo es una falta de respeto... pero ya los cubanos estamos acostumbrado a estos desmanes... alguna vez las cosas cambiaran?
Me gustaria ser optimista de veras!!
 
 
#3 Máximo 27-03-2017 09:28
El relojito indetenible y la necesidad de cambiar todo lo que tiene que ser cambiado.
 

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