¡Pollo a la barbacoa, arroz frito, maripositas chinas! Tal era el menú principal de un restaurante líder en La Habana: Polinesio, situado en un lugar privilegiado del Vedado, en la céntrica calle 23 y a un costado del Hotel Tryp Habana Libre.

Muchas familias habaneras acostumbraban visitarlo los fines de semana, aunque, para ser sinceros, era un sitio preferido y a cualquier hora estaba repleto de comensales.
Decorado con preciosos adornos típicos del estilo asiático, con faroles y otros atuendos coloridos y de fácil factura, el Polinesio tuvo durante muchos años una época de esplendor, que le hizo colocarse en la cima del gusto popular.
Al margen de los “buenos precios”, donde por 20 o 30 pesos cubanos podían comer perfectamente bien dos personas, este restaurante sobrecogedor se caracterizaba por un trato afable, exquisito y, realmente, cuando uno lo descubría ya se convertía en un cliente habitual.
No obstante, y desde hace unos años, observo su entrada vacía. ¿Habrá perdido su sello distintivo? Me pregunté alguna que otra vez. Las casualidades de la vida hicieron que a principios de año pasara justo por la acera donde está situado, por cierto un domingo de mucho frío.
Me acompañaba un compañero de trabajo, y mientras él degustaba un “perro caliente”, a mí me dio por entrar al lugar donde tantas y tantas veces fui de niña de la mano de una tía, para quien no había en La Habana un restaurante más fabuloso que este.
La sorpresa y la tristeza se adueñaron de mí en breves instantes. “No había un alma” —como dice el argot popular—. En tanto, en el área del bar tres dependientes sentados hablaban cómodamente.
Para ser sincera, al notar mi presencia se levantaron con rapidez, me preguntaron si deseaba algo. Pero la soledad del lugar no invitaba. Decía un amigo que en un restaurante vacío la “comida casi siempre es vieja”.
Recordé aquellas palabras y salí nostálgica, llena de recuerdos, de cuando había que hacer cola, de cuando adentro se percibían de inmediato los olores del carbón hecho —quizás— con mangle rojo, donde se cocinaba el famoso pollo a la barbacoa, una delicia que más nunca he podido disfrutar en otro lugar.
Sin lugar a dudas El Polinesio ha perdido el glamour de aquellos años. ¡Verdadera lástima!, pues un sitio como este en La Habana realzaba nuestro arte culinario.
Arroz y frijolitos chinos, pollo, y los demás ingredientes que allí se necesitarían no son difíciles de producir y obtener. Lo otro, es el buen gusto en la cocina, contar con chefs preparados y con deseos de trabajar que, quizás, puedan buscar en el pasado, y descubrir los “misterios” de un restaurante que durante muchos años cautivó a los nativos de esta parte de la Isla, y de otras regiones del país. Venir a la capital y no visitar el Polinesio era imperdonable.
Hoy, ya casi nadie se acuerda de lo que fue. No obstante, sus olores, sus luces y sus sombras yo los guardo en mi memoria, y me haría muy feliz saber que su “rescate” (en todo el significado que encierra este vocablo) no es una utopía.
Comentarios
El de mi provincia esta ubicado en el casco historico , en el piso 12 y se puede disfrutar toda la vista de la ciudad
Gustavo no desmayes en tu labor, continua con tu objetivo de hacer de este lugar un paraiso dentro del sistema gastronomico de Cuba FELICITACIONES! !!