viernes, 21 septiembre 2018, 04:49
Domingo, 15 Enero 2017 08:39

Argentina: Distraído con celular cayó a cataratas del Iguazú

Escrito por  ANSA
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Un turista se distrajo con su teléfono, mientras caminaba y cayó a las turbulentas aguas cercanas a las cataratas del Iguazú, sólo fue un gran susto pues lograron rescatarlo.


    El turista de 65 años cayó a las aguas del río Iguazú mientras realizaba junto a su familia un paseo bajo la luna llena por las pasarelas que llevan a la mítica Garganta del Diablo, en las imponentes cataratas de la provincia de Misiones, en el límite argentino-brasileño.

    El guarda-parques Rodrigo Castillo observó el accidente y se arrojó al caudaloso río rescatando al imprudente viajero, confirmaron hoy voceros de Iguazú Argentina, empresa concesionaria del Parque Nacional Iguazú.

    El accidentado fue identificado como Juan Flores, oriundo de Lanús, en la periferia de la capital argentina. El visitante, que estaba junto a su esposa y dos hijos, estaba caminando por la pasarela en el inicio del circuito con un celular en la mano.

    De pronto, distraído, chocó con las barandas de contención y cayó al agua. EL accidentado participaba de la actividad "Cataratas a la luz de la luna llena", que se realiza cinco noches al mes en coincidencia con la luna en el plenilunio.

    Tras ser rescatado, fue atendido en la unidad sanitaria que funciona dentro del Parque Nacional, donde se constató que no presentaba ninguna lesión de gravedad. Las cataratas del Iguazú, una de las "siete maravillas naturales del mundo, son un conjunto de cataratas que se localizan sobre el río Iguazú, en el límite entre la provincia argentina de Misiones y el estado brasileño de Paraná.

    Están formadas por 275 saltos, el 80% de ellos se ubican del lado argentino. Un espectáculo aparte es su salto de mayor caudal y, con 80m, también el más alto: la Garganta del Diablo, el cual se puede disfrutar en toda su majestuosidad desde solo 50 metros de distancia, recorriendo las pasarelas que parten desde Puerto Canoas, al que se llega utilizando un servicio de trenes ecológicos.

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Comentarios  

 
#1 arturo manuel 16-01-2017 12:51
El móvil o teléfono celular

Tenían razón los partidarios de Próculo, insigne jurisconsulto romano, al sostener que los infantes (esta palabreja significa “no habla”), al dejar oír su voz, luego del alumbramiento, probaban irrefutablement e su condición de nacidos vivos; con las centurias, Alexander Graham Bell y Thomas Alva Edison, y sus invenciones (también se atribuyen la paternidad del aparato un ruso y el italiano Meucci, menos conocidos), se encargaron de hacerlas escuchar en las distancias, mas no solo las de los recién nacidos sino, sobre todo, las de los adultos.

Así pues, desde entonces, el teléfono ha acercado, al menos en tiempo real, a los seres humanos, mucho más ahora con el celular (término acuñado por el inglés Roberto Hooke y arrebatado por esta industria) o móvil, portento tecnológico de la telefonía contemporánea.

¡Por Zeus! ¿Por qué Fidìpedes, otrora ganador de una corona olímpica de mirto, no contaba con uno de estos ingenios para exclamar ¡Regocijémonos, ganamos!, y no caer exánime al concluir su carrera desde la llanura de Maratón (hoy, entonces, no contaríamos con esta modalidad atlética) hasta la encumbrada Atenas, anunciando la victoria aquea sobre las huestes de Darío, el meda?

¡Por Júpiter! De igual manera, ¿por qué Julio César no tenía a mano un celular para informar al senado romano de su aplastante éxito militar sobre los contumaces rebeldes del distante Ponto Euxino, y hacer escuchar su célebre frase Veni, vidi, vici (vine, vi y vencí) para alegría y desconcierto, respectivamente , de amigos y adversarios senatoriales?

Y, ¡por Dios! ¿Por qué el Adelantado de la Mar Oceana no poseía este artefacto para comunicar a Sus Majestades Católicas el descubrimiento de tierras más allá del poniente ibérico, en el otoño americano, y honrar así las Capitulaciones de Santa Fe?

Entre nosotros, el dichoso aparato ha servido más para controlar que para comunicar noticias trascendentes como las arriba enunciadas.

Con él, los jefes controlan a sus subordinados (aunque estos, en cierta medida, también ganan control sobre aquellos); con su uso, los maridos controlan a sus esposas pero, estas, a su vez, controlan a sus consortes; los padres controlan a sus hijos, en cambio, con su empleo, los vástagos logran controlar a sus progenitores.

Así las cosas, tanto control recíproco ha provocado también situaciones inverosímiles pero reales, como las que más abajo se relatan.


I

Le trepidaba el vientre; los espasmos fluían y refluían como las mareas; las asas intestinales, en convulso peristaltismo, anticipaban un colapso del esfínter anal: se apresuró hacia el retrete.

Ya aligeraba la presión en torno a su cintura cuando vibraciones electromagnétic as y un agudo chillido le alertan de la ansiada llamada; no vaciló: ¡Dime!, pronunció trémulo.

Su pituitaria olfativa se impresionó con un fétido olor proveniente de su inferior plano corporal y un magma pestilente y cálido le corrió corvas abajo, en pos de los talones del héroe griego.

II

Los cuerpos desnudos yacían fundidos en uno solo; los amantes, en el paroxismo del sexo, con rítmicos movimientos pélvicos, los subían y bajaban, en perfecta cadencia sensual, entre quejidos y suspiros, dando riendas sueltas a los potros del deseo.

Cercanos a la meseta del placer carnal, boca con boca, pubis contra pubis, manos crispadas y entrelazadas, estas con aquellas; sendos zumbidos extracorpóreos se dejan escuchar, y los amantes son sustraídos del éxtasis de la íntima comunión: la mucosa endometrial se relaja, la sangre, hasta ahora impetuosa, se hiela en las cavernas; destrenzados los dedos, a tientas, buscan los artefactos: ¡Dime!, musitan a dúo.

III

Experta en lances perinatales, el derrame de líquido amniótico que descendía a raudales por sus piernas, inequívocamente , le aconsejaba seleccionar la indumentaria apropiada para su ingreso hospitalario en la institución gineco-obstétri ca; los dolores, reiterados y cada vez más intensos, avizoraban el alumbramiento en término.

Trasladada por su esposo al centro asistencial, ahí recibida por el personal médico y paramédico, y preparada convenientement e para el trabajo de parto, cuya insinuación arreciaba, arropó, bajo sus henchidas mamas, el prodigioso adminículo acompañante.

Ya en posición de parto, pujó una y otra vez; el dolor marginó su decencia, dando paso a groseras imprecaciones, salidas sinceramente de alma y cuerdas vocales, con tal profusión como los males de la caja de Pandora.

Con un pujo final, el vástago atravesó el canal del parto y se vino a la luz y a la vida extrauterina; entonces, la puérpera extrajo, mientras esto acontecía, el oculto celular, lo accionó y los primeros signos vitales del neonato quedaron apresados, en imagen y sonido, en el prodigioso aparato electromagnético.

El progenitor del recién nacido, con sonrisa dibujada en sus labios, apreció, gracias a aquel ingenio, las vívidas imágenes y sonidos procedentes del fruto de sus amores.

¡Feliz conjunción de ciencia e historia para constatar que su hijo vivía!

El sensato Próculo, una vez más, tenía razón: la voz emitida, escuchada por el padre en la distancia, gracias al celular, confirmaba la existencia de un nuevo ser.

IV

Hasta cerca de la medianoche la funeraria estuvo animada con la asistencia de numerosos condolientes del fallecido, los que, luego de rendir el fingido pésame a los familiares del occiso, se aglutinaron según sexos, hábitos y gustos, y se enzarzaron en sabrosas pláticas, hasta que comenzaron a despedirse con débiles excusas o a la francesa, tomando la ruta de las de villa diego; antes, de cuando en cuando, en medio del clamor conversacional, el zumbido o timbre de los celulares se erguía sobre el vocerío.

Al fin amaneció el nuevo día con sus anhelos y desesperanzas cotidianas; para las 8 de la mañana se había fijado la partida de la procesión fúnebre, y así fue.

Entre seis hombres fue levantado en vilo el pesado ataúd y conducido hacia la abierta portezuela del coche mortuorio; la escasa concurrencia se puso en pie, como postrer tributo al amigo desaparecido.

No bien los cargadores de los despojos mortales habían echado a andar unos pocos pasos en el silencioso salón, un celular repicó a vuelo una estruendosa música de la peor ralea; atónitos, unos y otros intentaron localizar su ubicación para acallarlo; algunos de los presentes palpaban en sus bolsillos o carteras pero los suyos observaban respetuoso silencio para la solemne ocasión; mas la horrísona melodía no cesaba.

Uno de los cargadores del féretro, más próximo a la cabeza del difunto, pudo percibir un ligero temblor que se expandía, casi insensiblemente , a lo largo del cristal que, a manera de aspillera, había permitido a los curiosos envalentonados apreciar el rostro amarillento de quien iniciaba su postrer viaje, trunco en la misma arrancada por el estrépito de un celular inoportuno.

Acercó su oído a las paredes de madera del traje a la medida, investido por el occiso, y con manifiesto asombro, exclamó: ¡Aquí está!

De nuevo el ataúd fue colocado sobre la plataforma que le sostuvo toda la noche y, convocado el funerario de guardia para destornillar su tapa, cubierta de basta tela gris, cuando la desagradable música resurgió con toda su fuerza, ahora libre de pantallas acústicas.

Con increíble sangre fría, el operario comunal de sarcófagos, introdujo su brazo por entre las malolientes mortajas y extrajo el nada pudoroso adminículo electromagnético.

Este incidente, tan singular, será recordado por mucho tiempo entre nosotros y con él, el difunto, amén de que aleccionará que, de ahora en adelante, el cadáver, antes de ser depositado en la caja funeraria, debe ser revisado integralmente, en busca de celulares, so pena de repetir esta escena, propia de lo real maravilloso americano.

Finalmente, el propietario del celular prefirió perderlo antes que revelar su identidad y le imputaran su desidia; el empleado de pompas fúnebres se quedó con él.

V

Las campanas doblaban por quien yacía a la espera de su entrada definitiva en la ciudad de los muertos.

Depositado el féretro, con su carga, en el interior del coche fúnebre, la corta caravana que lo seguía, se encaminó al cementerio.

En el campo santo, un improvisado orador, desafiando los impulsos electromagnétic os, sin recato, soltados a rebato por los celulares de los condolientes, exaltó las virtudes del fallecido y omitió sus defectos morales; concluido el discurso, los más allegados al difunto mostraron su agradecimiento al apologista; luego, a pie, la luctuosa procesión se dirigió hacia el panteón donde reposarían por toda la eternidad los despojos mortales del finado.

El ataúd descendió lentamente hasta descansar en la sima de la fosa cavada a propósito; a seguidas, varios concurrentes tomaron terrones en sus manos y los arrojaron delicadamente sobre el sarcófago; su golpeteo sobre la tapa funeraria, estremeció a los presentes, los que mascullaban una oración acompañada del persigno cristiano; luego, dos sepultureros, estimulados con la suma dineraria prometida por su ejecución, impetuosamente palearon la arcilla amontonada al borde de la zanja, y en pocos minutos, sobre el sarcófago se levantó un domo terrario cubierto con varias coronas tejidas sin gusto alguno.

Concluida la inhumación, unos pocos rezagados lanzaron de soslayo una mirada lastimera sobre el lote de terreno que semejaba un escaque de tablero de ajedrez, entre tantas opulentas criptas.

La noche otoñal sobrevino con su negro manto; la luna llena afloró de golpe y argénteas sombras iluminaron la soledad de las bóvedas graníticas; el aullido de un perro rompió el silencio del lugar, impregnándole un hálito sombrío y fantasmagórico.

De pronto, el gemido metálico de un celular se escuchó desde la profundidad de la tumba recién ocupada; espantado, el custodio de ronda en la necrópolis huyó, perseguido por el incesante y etéreo zumbido, que, cual ánima en pena, clamaba por un oyente.

¡Oh, celular! ¡Mimético y ubicuo ingenio, impronta de nuestros días; desde el nacimiento hasta la muerte nos acompañas, como la personalidad jurídica!

Amén.
 

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