jueves, 20 septiembre 2018, 16:03
Lunes, 14 Noviembre 2016 06:33

Instituto de Cardiología y Cirugía Cardiovascular: Cincuenta años salvando corazones

Escrito por  Paquita Armas Fonseca
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En un  acto imaginario enciendo cincuenta velas para los que estuvieron, estén aquí o en otra galaxia, en el medio siglo  del nacimiento de un lugar donde se salvan corazones.



Porque tal vez voy a padecer de sordera en el futuro o porque no presté la atención requerida, me hice la firme idea de que el Instituto de Cardiología y Cirugía Cardiovascular (ICCCV)  cumplía cincuenta años  el 3 de diciembre próximo y  fue un mes antes, aunque algunas personas sostienen que  el decreto del MINSAP fue del primero de diciembre. Así, no tengo una fecha fija, puede que  el cumple ya pasara,  o que está por venir, da igual porque  no siempre se arriba a medio siglo de vida salvando corazones.

La cirugía cardiovascular no empezó entonces y en la introducción de mi libro inédito A corazón abierto, escribí, gracias a la ayuda del Dr Humberto Sainz:

“Aunque existen  referencias de que durante el año 1941, en el Hospital Municipal de la Infancia de La Habana, el Dr. Manuel Carbonell Salazar, con el auxilio anestésico del Dr. Mesa Quiñones operó a dos  niños a los que le cerró la Persistencia de Ductus Arterioso, se considera que la cirugía cardiovascular dio sus primeros pasos en Cuba cuando en 1951 se fundó el Instituto de Cirugía Cardiovascular y Torácica en el Hospital Ortopédico de Avenida de los Presidentes y calle 29, en La Habana, (hoy Fructuoso Rodríguez).

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A partir de entonces comenzaron las operaciones cardiovasculares llamadas “cerradas” que se realizan sin necesidad de una máquina de corazón pulmón o de circulación extracorpórea (CEC),  equipo que sustituye las funciones del corazón y de los pulmones mientras dura el acto quirúrgico.

Para  esa fecha, todavía el mundo no contaba con tales equipos que ni siquiera Julio Verne imaginó.  En efecto, fue el 6 de mayo de 1953 que John Gibbon logró coronar con éxito el trabajo de toda su vida, al cerrar por primera vez, con una máquina corazón-pulmón de su invención, una comunicación interauricular en una joven mujer.

En el Instituto de Cirugía Cardiovascular y Torácica, fundado por los destacados cirujanos, doctores Antonio Rodríguez Díaz e Hilario Anido Fraguedo,  con la adquisición en 1956,  de una Máquina de CEC, conocida como “Bomba de Lillehei”, iniciaron la cirugía cardiaca a corazón abierto con el auxilio anestesiológico de los doctores Francisco Gutiérrez Peláez y Servando Fernández Rebull. Desde esa fecha y hasta 1960 realizaron más de seiscientas operaciones a corazón abierto y cerrado, convirtiendo a nuestro país en uno de los cuatro primeros en el mundo (Estados Unidos, Cuba, Suecia y Francia) que en esa época desarrollaron la cirugía de corazón y de grandes vasos.

Simultáneamente, en el Hospital Municipal de la Infancia (Pedro Borrás) el Dr. Angel Giralt operó más de 400 niños afectados de cardiopatías congénitas tributarias de correcciones quirúrgicas a corazón cerrado, o sea, sin necesidad de circulación extracorpórea que eran diagnosticado con el auxilio angio cardiográfico en la Fundación de Cardiología, que funcionaba bajo la égida de los doctores  Agustín Castellanos y Otto García Díaz, con los Drs Hernandez Cañero y Francisco Zerquera

A su vez, en el Hospital Infantil Arturo Aballí, el Dr. Rogelio Barata Rivero con la  ayuda anestésica del Dr. Pedro Jiménez, realizaron numerosas operaciones cerradas y a corazón abierto contando con la “Bomba de Lillehei”, operada por su sobrino al que todos llamaban “Baratica”.

Mientras, en el Hospital Universitario General Calixto García, el Dr. Roberto Guerra realizó algunas operaciones cerradas y el Dr. Antero Sánchez a corazón  abierto con la ayuda del Dr. Noel González que había hecho pasantía en Minneapolis con el Dr. Walton Lillehei.

La mayor parte de esas operaciones se realizaron gratuitamente por los equipos médicos pero con los recursos materiales que eran comprados por los pacientes y familiares a la usanza de la época; también se hicieron en algunas clínicas privadas. El Instituto de Cirugía Cardiovascular y Torácica era apoyado por un patronato de filántropos habaneros.

Entre los años 1960 y 1962 esos equipos quirúrgicos abandonaron el país y se interrumpió la cirugía cardiovascular hasta el año 1961, cuando el Ministerio de Salud Pública bajo la dirección del Dr. José Machado Ventura ante la necesidad creada, responsabiliza al Dr. Noel González Jiménez, que había trabajado con el Dr. Antero Sánchez, con la tarea de formar un equipo de cirugía cardiovascular en el Hospital Comandante Manuel Fajardo donde el Dr. Roberto Guerra era Jefe del Departamento de Cirugía General y hacia donde se llevaron las máquinas y demás equipamiento para la circulación extracorpórea del  futuro Instituto y de los demás hospitales.

El Dr. Noel González Jiménez comenzó en 1961 el entrenamiento del equipo realizando operaciones en animales con el concurso de jóvenes cirujanos. En ese grupo se participaron el Dr. Julio Tain Blázquez que le sucedería con el tiempo y Pedro Kilidjian Dejjian y los anestesiólogos Dr Samuel Yelín y Gilberto Gil Ramos que también operaban las máquinas de CEC.

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Con la colaboración del Dr. Castro Villagrana del Instituto de Cardiología de México, previamente adiestrado en Houston; en 1966  se reinició la cirugía a corazón abierto con circulación extracorpórea para el tratamiento de cardiopatías congénitas y malformaciones valvulares; hasta entonces algunas operaciones sobre defectos intracardiacos se operaron con técnicas de hipotermia de superficie.

Desde 1960 en varios centros hospitalarios de la capital se llevaron a cabo operaciones “cerradas” particularmente Comisurotomía Mitral por eminentes cirujanos y anestesiólogos de la época donde destacaron los Drs. Guillermo Hernández Amador y Díaz Arrastía con Samuel Yelín e Israel Pérez en el Hospital Pediátrico William Soler; Eugenio Torroella, Emilio Camayd Zogbe y Alberto Porro de Zayas en el Hospital Nacional y Dr. José Cambó Viñas con el Dr. Mario Miranda en el Hospital Clínico Quirúrgico Joaquín Albarrán.”

El ICCCV, entonces, nació en el Hospital Universitario Comandante Manuel Fajardo, donde se reunieron un grupo de especialistas en Cardiología y Cirugía Cardiovascular: Noel, Cañero, Tain, Ada Kouri, Gamio Capestany, Mireya Amoedo, Rodiles Aldana, Jacas Tornes, Arango, Gil Ramos, Cortina, Bueno, Sainz  y otros que fueron los que  posteriormente en 1969 se mudaron a la Clínica Antonetti, levantada en  1960 y premiada en ese año por el Colegio de Arquitectos con la medalla de oro  y que fue concebida por los  arquitectos Raúl Álvarez Rodríguez y Enrique Gutiérrez.

Juan de las Cuevas, historiador de la construcción,  en su libro 500 años de construcciones en Cuba dice de tal instalación  en su etapa original: “Cuenta con cuatro plantas más el sótano. En la planta baja se encuentra la amplia sala de espera para las consultas externas, la Dirección, la Administración, un amplio salón de conferencias, el laboratorio y el departamento de rayos X. En la segunda planta están los salones de operaciones, en el resto de los pisos las habitaciones para los enfermos (cada una con baño privado), cuarto de cura, local para las enfermeras, pantry y servicios generales. Tenía además sala de maternidad y salón para niños. En el sótano se encontraba de un lado el parqueo para las ambulancias y del otro cocina pantry y almacenes. La estructura de la clínica fue realizada toda en hormigón y estaba preparada para recibir hasta cuatro pisos adicionales. La entrada por la calle 17, con una moderna rampa y una gran marquesina volada, para proteger el acceso en los días de lluvia.”

En la primera década del actual siglo la ampliación de la antigua clínica, siguió de alguna manera el diseño original, por lo que el ICCCV continúa siendo en su conjunto un bello edificio. Es una lástima que en búsqueda  de un acceso limitado de personas, sólo  con  autorización, se haya cerrado el vestíbulo original que permitía entrar no a un hospital,  sino a un lugar acogedor.

Pero bueno, he hablado de fechas y nombres fundacionales (de esa historia se deben encargar ¡ya! quienes la vivieron) y no de la razón  de ser de esa institución médica, donde  se ofrece vida por el alto nivel de sus profesionales y la exigencia que se observa en todas las acciones terapéuticas desde un análisis, la realización de un ejercicio o abrir el corazón para realizarles puentes (bypass)  que garantizan la circulación sanguínea.

Se que se han realizado jornadas científicas y que el Dr Alberto Hernandez Cañero, recibió la condición de Héroe de la República de Cuba, en el contexto de este aniversario.

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Necesariamente  hablo desde mi experiencia: ahí se atendió mi padre a finales de los años setenta, a propósito, con el Dr Lorenzo Llerena, el actual director del ICCCV; en esa institución  primero con el Dr Porfirio Nordét  y luego con el Dr  Darío Barrera, mi hermana pudo disfrutar mejor de su existencia y yo con  este último de los galenos, me atiendo desde 1979. Las dos fuimos operadas por el Dr  Angel M. Paredes  Cordero, un  verdadero ángel de la guarda con el bisturí para sus pacientes,  y en  mi caso cómo olvidar a los doctores  Aida, Robert, Axel, Aníbal,  la Dorantes, Amaury, Lisbet, Fausto, Valiente,  Sheyla y también  a todo el equipo de rehabilitación con Rivas, Susana, Jose,  Cecilia; a mis amigas del laboratorio Jacqueline, Mayra, María del Carmen,  a mis cómplices Ileana y Juanita,  a todos los médicos, radiólogos, cirujanos, enfermeros, anestesiólogos, en fin a todos los que han tenido que ver conmigo, con algún  familiar o amigo que se ha atendido en ese hospital.

Sólo de manera excepcional  en más de treinta años de asistir al Instituto por mi o acompañando a otra persona, he recibido un  trato inadecuado.  Por eso en un  acto imaginario enciendo cincuenta velas para los que estuvieron, estén aquí o en otra galaxia, en el medio siglo  del nacimiento de un lugar donde se salvan corazones.

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