martes, 25 junio 2019, 23:41
Martes, 11 Octubre 2016 09:34

Mi carta al Che, a 49 años de distancia

Escrito por  Liz Martínez Vivero/Especial para CubaSí
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De las presentaciones se encargó mi mamá, que ha ejecutado con valentía la difícil misión de conducirme por la vida. En la imagen de la plaza, recuerdo que me impresionó su rostro Che.

 

Che Comandante, amigo: (que me perdone también Guillén)

 

De las presentaciones se encargó mi mamá, que ha ejecutado con valentía la difícil misión de conducirme por la vida. En la imagen de la plaza, recuerdo que me impresionó su rostro Che.

 

A una altura bastante considerable para una niña de 10 años pude advertir su brazo en cabestrillo y la boina que le tapaba la frente pero no la mirada. Allí estaba, hierático y firme, como mirando a su Santa Clara. Su aspecto se me antojó el de un hombre hecho, curtido en avatares y contiendas impuestas por el destino (aunque entonces no sabía explicarlo).

 

Mami me contó de su valor y el altruismo, de su interés por la libertad de los pueblos del mundo y del ritmo en su voz, típico de los argentinos. Porque argentino era, nacido en el cono sur aunque vivió como cubano y luchó cual uno más en las precarias condiciones impuestas en la lucha de la guerrilla sobre todo para el guerrillero asmático privado de lo indispensable para el tratamiento de su padecer. Primero aquí, después en el Congo, más tarde en Bolivia. A Bolivia no debió ir, si me permite el atrevimiento.

 

Acaso si Cuba hubiera sabido que allí encontraría a la muerte, de manos tomadas hubiéramos hecho un lazo humano que no le permitiera salir de nosotros, de este pueblo que le amó y lo sigue haciendo, como únicamente se sigue padeciendo eternamente por un hijo. Huérfanos del Che, pasan los días, pasan los años y el dolor se mantiene intacto como cuando Fidel notificó al pueblo de su despedida para siempre de este mundo, mal llamado el de los vivos.

 

¿Cómo puede ser esta la vida? A ciencia cierta no podría responderle porque, es mi criterio, sucede que la muerte se vuelve falacia cuando un ejemplo se multiplica y sigue haciéndolo sin freno durante tantos años.

 

Hasta hoy he intentado suponer el nudo en la garganta de aquel hombre que apretó el gatillo. Matar a otro siempre debe ser complicado, debe doler en las sienes, en el estómago y por supuesto, en el lado izquierdo de uno más que en del  otro, que muerto, ya no siente ni padece y por consiguiente se libra de cualquier pena o sentimiento de culpa.

 

Su nombre no trascendió y en todo caso, ultimándole, prendió una llama eterna. ¡Valiente ejecución! Sirvió de aliado a la parca para llevarse un cuerpo, no más un cuerpo.

 

Sepa Che, que a 49 años de su adiós, seguimos tratando de imitarle, de tatuar su impronta en cada uno de nosotros y eso aunque cada nueve de octubre los rostros se cubran por el dolor intacto.

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